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CAPÍTULO 7: NO ME LLAMES CLAUDIA

domingo, 2 de noviembre de 2008



“Hace unos días fuisteis testigos de cómo una persona aparentemente normal puede llegar a un nivel de destrucción enorme sin necesidad de untarse las manos, siempre y cuando emplee el cerebro. Hasta ahora habíamos hablado de diferentes métodos para cometer asesinatos siniestros, pero el jueves, con Rodrigo, descubristeis un factor clave que será fundamental en vuestro desarrollo criminal. Rodrigo es lo que es lo que en Génesis Psicópata llamamos “el mosquito del ámbar. ¿Alguien sabe de qué estoy hablando?”, preguntó Ariel Mendoza, instaurando un silencio de ignorancia en la sala.

“Darwin. La Evolución Natural. El último eslabón”, respondió Dimaggio con un tono de voz excesivamente dulce, casi vomitivo. “En mi Nápoles natal es muy famoso”.

“Exacto Dimaggio. El conocimiento de la Historia es muy importante para un psicópata. Veo que la mafia napolitana te ha entrenado bien.  El método de Rodrigo representa una parte importante de la evolución humana a lo largo de la Historia. Hace millones de años, sólo el más fuerte sobrevivía. Ahora, sólo el más listo sobrevivirá y Rodrigo, como un mosquito del ámbar, tiene muchas más posibilidades de esquivar a la policía y sobrevivir que alguien que se pone nervioso ante un delito”, comentó Mendoza.

“Si tu eres mafiosa, yo soy monje tibetano”, irrumpió tremendamente serio Morcillo. “Yo conozco a los mafiosos y no se parecen en nada a ti. Los he visto millones de veces en las películas. Llevan sombrero de copa y visten trajes elegantes con mocasines. Y miradla a ella. ¡Si ni siquiera habrá  acabado el instituto! Además, he investigado por ahí y me he enterado que te llamas realmente Claudia, y pequeña, Claudia no es nombre de mafioso”.

“No me llames Claudia, gordo estúpido. Nadie me llama Claudia. Lo odio. No suelo perdonar algo así, pero haré como que no lo he oído por respeto a los presentes. Sin embargo, como vuelvas a osar llamarme así, te juro que daré de comer a tus cerdos con tus asquerosas vísceras. Estás avisado”, comentó la joven italiana con una enorme sonrisa en los labios.

“Déjate de tonterías, Morcillo. Ya te dije cuando nos conocimos que ves demasiada televisión. Que la vida supera a la ficción no es simplemente una frase, es una realidad. Chicos, aquí donde la veis, Dimaggio es una de las personas más letales que he conocido en mi vida. ¿Queréis saber por qué?”, preguntó Mendoza.

“¿Por qué, señor Mendoza? ¿Envenena a sus víctimas con piruletas? Si vienes conmigo nena, en mi gimnasio tengo muchos caramelos especiales esperándote soooooolo a ti”, señaló Tony el Cachas babeando como un colegial mientras observaba, lascivamente y con un movimiento pendular, cómo Dimaggio se levantaba de la silla y se dirigía hacia él para susurrarle algo al oído.

“Guapo, te lo agradezco mucho pero no me van los gimnasios. Cuando te apetezca, te espero en la habitación 22 del Hostal Nápoles, el que está justo aquí al lado, a la vuelta de la esquina. Sólo llámame y jugamos a los médicos. Te aseguro que no volverás a necesitar a ninguno, nunca más”, susurró sensualmente Dimaggio a Tony el Cachas.

“No digas estupideces, Tony”, interrumpió Ariel Mendoza. “Ya veo que la jubilación le ha sentado muy mal a tu enorme cabeza. Ahora mismo pareces un viejo verde que solo dice tonterías. Dimaggio ejemplariza como nadie la regla número 5 del manual del psicópata: UN PSICÓPATA NUNCA DEBE APARENTAR SER UN PSICÓPATA. Eso le da ventaja. Bajo esa apariencia de simple universitaria, se esconde una de las asesinas mejor entrenadas por la mafia napolitana. Así que deja de babear Tony, que Dimaggio te había propuesto morir y habías aceptado encantado”, expuso Ariel Mendoza a Tony el Cachas mientras se acercaba a Dimaggio lentamente y le entregaba un sobre cerrado.

“Ya sabes que no quiero que utilices la habitación 22 con compañeros de clase... de momento no”, dijo Mendoza. “Sé que estás ansiosa por volver a esa habitación y dejar salir a tu psicópata interior. Aquí tienes un encargo que me ha llegado hace un rato, directamente desde Nápoles. Lo he abierto y en el sobre solamente viene una foto junto a un nombre y una breve explicación”.

- Detective Álex Freixa. 2 Noviembre 2008. 17:00 horas. Reunión Anual de Responsables Autonómicos de Narcotráfico. Hotel Hilton Palace. Habitación 455. Madrid. Es su cumpleaños. -

“¿Por qué abres mi correspondencia? Si no fueras inmortal, sabes que tu cabeza iba a tener un encuentro fortuito con mi instrumental quirúrgico, ¿verdad?”, dijo Dimaggio socarronamente.

“No es para tanto, mujer. Guarda tu ira y empléala el domingo con Freixa”, respondió Mendoza. “Hemos terminado por hoy, chicos. La semana que viene nos vemos. Sed malos”.

“¿Sed malos? ¿Se supone que eso era un chiste? Este tío cada vez me pone más de los nervios. Y encima, tengo que esperar hasta el domingo para volver a casa, a la habitación 22. Lo necesito, me siento huérfana. Es la única familia que tengo aquí y Mendoza no me deja visitarla antes del domingo. Tengo que idear la forma de acabar con él, pero ¿cómo? ¡Es inmortal! ¿Y si le corto la cabeza? Debo pensar…”, maduraba una y otra vez Dimaggio con claros síntomas de impaciencia debido a que la llegada del domingo aún la divisaba muy lejana.

Pero por suerte para ella, el tiempo cura todas las heridas y el domingo, “su Día D-Hora H”, había llegado casi sin darse cuenta. Acababa de comer en un bar cercano a su hostal, pero Dimaggio aún tenía hambre… hambre homicida. Entonces, entró en su habitación, dispuso todo para la llegada de su invitado, preparó un paquete que posteriormente se echó al bolso y dio un paseo hasta el Hotel Hilton Palace en el que un apuesto recepcionista le dio la bienvenida.

“Buenas tardes, señorita. Bienvenida al Hilton Palace. ¿En qué puedo ayudarla?”, preguntó el recepcionista del hotel. “Siento decirle que tenemos todas las habitaciones ocupadas porque hoy se celebra aquí una reunión de la policía, pero para mañana es posible que encuentre algún hueco para usted”.

“Buenas tardes. La verdad es que no necesito ninguna habitación. Ayer me enteré de que mi novio vendría a esta reunión y me gustaría darle una sorpresa. Es su cumpleaños, ¿sabe? Se llama Alejandro Freixa. ¿Me podría dejar una llave de su habitación? Es la 455”, preguntó Dimaggio mientras guiñaba un ojo al recepcionista.

“Lo siento señorita, pero no me está permitido entregarle una llave de una habitación de un cliente. Son norm…”

“Ya lo sé, son normas del hotel. No me la puede dar por su seguridad. ¿No podría hacer una excepción conmigo? No me diga que con esta carita que tengo puedo hacerle daño a un policía que está acompañado por decenas de policías, ¿verdad?”. 

“Está bien, ésta es la llave de la 455, pero yo no le he dado nada. Devuélvamela enseguida, ¿de acuerdo?”, comentó el recepcionista.

“Muchas gracias. Es usted muy amable… y muy guapo. Su novia es una chica afortunada”, manifestó Dimaggio. “Mi novio ni se imagina lo que le voy a preparar. No tardaré mucho. Se la devuelvo presto”.

“¿Quién hay ahí?”, gritó el detective Freixa al escuchar el movimiento de una llave dentro de la cerradura de su habitación. “Estoy en el baño y…”.

“No se preocupe, señor. Servicio de habitaciones. Un mensajero ha dejado un paquete urgente para usted en recepción y ha insistido en que se la entregara personalmente. Lo dejo encima de su mesa. Si necesita algo, avíseme”, dijo Dimaggio mientras abandonaba la habitación.

“¿Qué es esto? ¿Un tanga y un DVD? Vamos a ver de qué va la bromita esta vez”, se decía a sí mismo Freixa a la vez que introducía el DVD en su ordenador portátil. “¡Una tía en ropa interior!”, exclamó al ver a Dimaggio semidesnuda en una postura provocativa.

"Hola Álex. Me llamo Claudia y soy tu regalo de cumpleaños. Te espero a las 9 de la noche en el Hostal Nápoles, habitación 22. Esto no es una broma. Tus amigos, los que me han contratado, me han dicho que te llamas Álex Freixa, que eres detective y que querían que no olvidaras tu cumpleaños nunca. Te esperaré. Sería una pena que desaprovecharas este regalo. Cuando vengas a visitarme, trae contigo el tanga y el DVD. Hasta luego".

“¡No sabía que tenía amigos que me querían tanto! Ya tengo plan para esta noche. Qué suerte tengo!”, se decía a sí mismo el detective con una visible alegría en su rostro. “Si voy, ¿Qué tengo que perder?”. 

La reunión parecía eterna y la paciencia del temperamental detective Freixa cada vez era más limitada. Tenía entre manos una invitación que un hombre no recibe todos los días. Una chica joven, guapa y semidesnuda le esperaba en una habitación de un hostal cercano. En la habitación 22.

Por fortuna, el trayecto entre el Hotel Hilton Palace y el Hostal Nápoles era tan corto que sólo debía cruzar un par de calles, por lo que en un abrir y cerrar de ojos, Freixa se había plantado, tras cruzar un largo y angosto pasillo, frente a la cochambrosa puerta del hostal que le había indicado Dimaggio.

Habitación 22. Aquí es. La puerta está entreabierta… ¿Hay alguien aquí? Soy Álex Freixa y vengo a celebrar mi cumpleaños”, gritó el detective a la vez que cruzaba el umbral de la puerta y la cerraba de un portazo al descubrir que Dimaggio, que estaba disfrazada de algún tipo de doctora sexy, se había recostado sobre la cama.

“Ven, no tengas miedo, detective. Hoy se va a cometer un delito en esta habitación, pero no me vas a detener, ¿verdad? ¿Quieres que grabe en vídeo lo que va a pasar aquí esta noche? Normalmente, a los clientes les gusta tenerlo en casa grabado para verlo cuando les apetezca. Ahora préstame tus esposas y túmbate en la cama, que estoy deseando que comience tu fiesta.”, exclamó Dimaggio con voz sensual ante la atenta mirada de Freixa. “Voy a ponerte un pañuelo sobre los ojos y después te lo quitaré. Esto que va a ocurrir aquí hoy, lo recordarás el resto de tu vida”. 

En menos de dos minutos, el detective Freixa se encontraba atado de pies y manos contra la cama y con un pañuelo rojo de seda natural cubriéndole los ojos. Su respiración, rápida y constante, hacía indicar que su excitación crecía a cada instante hasta que Dimaggio decidió que había llegado la hora “de operar”.

“Detective, bienvenido a su última fiesta de cumpleaños”, comenzó a decir Dimaggio mientras quitaba el pañuelo de los ojos de un expectante Freixa y le colocaba cinta adhesiva alrededor de la boca para impedirle hablar. “Le voy a explicar lo que va a ocurrir aquí en los próximos minutos. Por favor, no me interrumpa si no quiere sufrir más de lo deseado. ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Si mi objetivo es hacerle sufrir! Discúlpeme, ha sido la emoción de volver a esta habitación. La habitación 22. Mírela bien, Freixa, porque será lo último que vea en su vida.

Se estará preguntando qué va a pasar ahora, ¿verdad? No se preocupe, que se lo explicaré ahora mismo. Seré franca: voy a hacerle una autopsia en vivo y quedará grabada con esa cámara de vídeo. Usted ha querido que fuera así, por lo que no me mire de esa forma. El vídeo lo enviaré editado a su comisaría para que sus jefes sepan qué les pasa a los que se meten con “la cosa”. Pero antes de comenzar, tengo que confesarle que se me ha acabado la anestesia. Tendremos que operarle estando despierto. Son cosas que pasan. Quizá le duela un poquito…

A continuación, voy a cortarle los dedos gordos de los pies y después, los restantes, uno a uno, para que en caso de que saliera de aquí con vida (cosa que dudo), nunca más volviera a caminar bien. Quedaría usted cojo para siempre. Después, comenzaré a cortarle extremidades, una a una también, con mis bisturís quirúrgicos que me regaló gustosamente un forense antes de quemarlo vivo. No se preocupe, he operado decenas de veces en esta habitación. Serán cortes limpios. Más tarde, pesaré sus extremidades en mi balanza, las mostraré a la cámara y las embalaré para enviarlas a los miembros de su familia. Uy, qué gracioso: “miembros”. ¿No lo entiende? “Miembros”… Bah, déjelo. Veo que no tiene sentido del humor.

Finalmente, le extraeré todos los órganos internos de su cuerpo y se los mostraré nuevamente a la cámara, comenzando por aquellos que no sean vitales, para prolongar su agonía. ¿Lo ha entendido todo?”, preguntó Dimaggio mientras quitaba de un tirón la cinta adhesiva de la boca del detective Freixa.

“¡Estás loca! Te van a pillar tarde o temprano y te van a encerrar de por vida en la cárcel. No tiene que ser así. Aún no has hecho nada… Desátame y déjame ir. Te prometo que no te pasará nada. Piénsalo bien, Claudia. Eres joven y tienes toda una vida por delante. Abandona la mafia. Te protegeré de ellos. Puedo ponerte protección policial. Piensa, Claudia, no eres una psicópata. Claudia, por favor, no lo hagas. Claud…”, rogaba el detective mientras la chica se acercaba hacia su boca con un bisturí en la mano.

“No me llames Claudia. Nadie me llama Claudia. Lo odio”, comentó Dimaggio. “Sin lengua, no volverás a llamarme así. Mi nombre es Dimaggio, así que no me llames Claudia”.

1 comentarios:

Mariajo Moreno dijo...

Sergio, tu imaginacion supera limites insospechados. Este capitulo me acaba de dejar en shock. Espero haberme recuperado para el proximo. Tu sabes que Claudia es mi mejor amiga, verdad? Como pretendes que ahora no me de miedo quedar a solas con ella? ...