“Maestro, ¿Qué es todo esto?”, comentó con sorpresa Luca Grossi al descubrir que, además de una alfombra y unas paredes aparentemente ensangrentadas, aquella sala escondía varios monitores que mostraban, desde diferentes ángulos, lo que parecía una habitación de hostal y un antiguo salón en el que estaban reunidas varias personas.
“Ésa es tu iniciación”, contestó Ariel Mendoza.
“No le entiendo, maestro. ¿Qué quiere decir?”, insistió el italiano.
“Esas personas que aparecen en los monitores están planeando asesinarme. Tu iniciación consistirá en adelantarte a sus planes y acabar con ellos. Si lo consigues, te prometo un futuro que jamás habrías imaginado ni en el mejor de tus sueños, pero si no eres capaz de serme útil, tu cabeza acabará junto a las de otros que como tú prometían mucho pero que al final no dieron la talla”, replicó Mendoza con rostro serio.
“Pero maestro, yo no soy un asesino. He violado muchas leyes, pero jamás he violado la ley natural que dice que no se debe matar a seres de mi misma especie sin motivo alguno”, reflexionó en voz alta Luca, aunque no sin aprietos.
“Me temo que no tienes muchas opciones, joven aprendiz. Has hecho lo indecible para llegar hasta mí, para conseguir mi tutela y ahora que estás a un paso de conseguirlo, vienes a mi casa y me insultas aludiendo a una ley natural que te impide asesinar a las personas que amenazan mi existencia. Pues te diré una cosa que no quiero que olvides en tu vida: ¡No son tus iguales, ni tus semejantes… son tus enemigos y esa misma ley natural de la que me hablas dice que tendrás que matarlos si no quieres morir!”, gritó Ariel Mendoza ante la acongojada mirada del italiano, que si hubiera sido una tortuga se hubiera escondido, sin duda, bajo su duro caparazón esperando a que escampara la tormenta.
“No quisiera parecer impertinente, señor, pero me gustaría saber algunas cosas. ¿Por qué quieren matarle, maestro? ¿Cómo es posible que haya alguien que se atreva a insinuar que lo matará y que conspire para acabar con usted?”, volvió a preguntar Luca, tremendamente intrigado aunque temeroso de conocer la respuesta que su maestro le fuera a dar.
“Estás haciéndome muchas preguntas y tú aún no has hecho nada por mí. Hace años, una décima parte de tu insolencia me habría obligado a cerrarte la boca para siempre, pero alguien muy importante para mí te ha cogido cariño y por respeto a esa persona, te lo voy a perdonar. Pero te aseguro que mi paciencia es muy corta y no me hago responsable de tu propia irresponsabilidad. Estás avisado”, comenzó a decir Ariel Mendoza mientras asía una copa de vino rosado y el sonido de alguien pulsando las teclas del control digital de la entrada se hacía cada vez más rotundo. “Aquí está. Espero que en Italia te hayan enseñado a ser agradecido, porque a la persona que va a entrar por la puerta le debes lo más importante que tienes: tu propia vida”.
“¿Ha llegado Marco, mi buen amigo? ¡Quién si no! Por supuesto que le estoy agradecido por todo lo que ha hecho por mí en los últimos tiempos. Es mi auténtica familia y lo adoro. No estaría aquí sin su gran ayuda”, dijo con orgullo el italiano eliminando el miedo de su rostro y convirtiéndolo en satisfacción.
“¡Hola papi!”, dijo desde la otra punta de la habitación lo que parecía una simple repartidora de paquetes. “Veo que has conocido al ragazzo y que aún sigue con vida. Me alegro. Así podré desayunar con él mañana, como le prometí. Por cierto, ya he entregado tu paquete”, confesó la chica que acababa de entrar en la sala a la vez que se acercaba sigilosamente hacia donde se encontraban Ariel Mendoza y Luca Grossi.
No podía ser. Estaba en un error. Una alucinación quizá. ¿Le estaría jugando una mala pasada el miedo? La conocía. Sin duda, aquella figura le resultaba familiar a Luca, aunque estaba claro que no se trataba de Marco Ramírez, su gran amigo y mentor. Sin embargo, no fue hasta que esta chica se colocó a unos veinte metros cuando, no sin dificultad, consiguió convencerse y dejar de hacer conjeturas. Aquella melena rubia que apenas podía contener una gorra de color naranja, aquellos ojos, aquella sonrisa… aquella voz, aquel ragazzo y aquella promesa sobre un desayuno. Estaba claro. Era ella. Pero, ¿Qué hacía allí? Luca, sin duda, no entendía nada.
“¿Vikki? ¿Lindsay Vikki Siver? ¿Qué haces aquí? ¿Me has seguido? ¿Por qué lo has hecho? ¿Qué quieres de mí?”, preguntó incesantemente Luca Grossi ante la atenta mirada de su vieja conocida.
“¿Lindsay? Tienes mala memoria, ragazzo. Odio que me llamen Lindsay y lo sabes. ¿Seguirte yo hasta aquí? ¡Por quién me has tomado! Aquí el paparazzi eres tú. Sólo quería saludarte e invitarte a desayunar mañana. Papi, quizá no debí pedirte un trato de favor con él. Por mí, puedes cortarle la cabeza aquí mismo… no me interpondré”, respondió sin pestañear la joven de cabellos dorados.
“Eh, eh, es… esp… ¡Espere maestro!”, se abalanzó a decir el joven italiano al observar con terror que Ariel Mendoza extraía de su cinto una espada japonesa de cuyo nombre no lograba acordarse. “Guarde esa espada. Ha sido todo un malentendido, señor, por favor. Deje que me explique. Vikki, por favor, perdóname. Lo siento. No quería ofenderte. Me ha sorprendido verte, eso es todo. Hablemos, por favor. ¿De acuerdo?”.
“Te has acojonado, italiano. Necesitas unos pantalones secos, ¿Verdad cariño?”, comentó risueñamente Vikki, a la vez que Ariel Mendoza asentía con gesto amable y distendido señalando con su katana la entrepierna de Luca Grossi, al que sin duda los nervios y el miedo le habían traicionado. “Era todo una broma. Con lo que nos ha costado traerte aquí, ¿Cómo íbamos a matarte así, sin más? Pero no vuelvas a llamarme Lindsay por si la próxima vez la amenaza de cortarte la cabeza se convierte en una realidad”.
“¿El maestro es tu padre, Vikki? Ahora lo entiendo todo. Tú y yo no nos conocimos casualmente en el aeropuerto. Viniste a probar mi valía y acreditar si merecía el honor de conocer a tu padre. Entonces, ¿Fue todo una gran mentira? Apuesto a que ni tu nombre es de verdad”, concluyó apenado el joven periodista italiano.
“Las cosas no debían salir así. Éste no era el plan.”, dijo en voz baja la chica ante la fija mirada de su padre y del joven italiano.
“¿Ah, no? ¿Y cuál era el plan? ¿Por qué ha salido mal?”, replicó Luca rápidamente, casi sin darle tiempo a Vikki Siver para pensar una respuesta.
“Porque no debía enamorarme de ti. Esto hace las cosas más difíciles”, confesó con sinceridad la joven rubia.
“Ya está bien… ¡Los dos! Dejaos de sentimentalismos. Nunca debéis subestimar al Destino, pero no estamos aquí para hablar de eso. Luca, tienes una misión que cumplir y ahora que sabes que soy el padre de Vikki, se ha convertido en algo personal. Quieren asesinar al que podría ser tu futuro suegro”, comenzó a decir Ariel Mendoza.
“Te diría que si las cosas salen bien, algún día todo esto será tuyo, pero te engañaría porque soy inmortal y nunca moriré, pero eso es otra historia que ya te contaré en otro momento. Ahora, acompañadme al sótano, que tenéis que conocer a algunas personas”.
“Ha dicho tu padre que es inmortal? ¿Estará de broma, no?”, susurró Luca a Vikki mientras descendían unas escaleras que los llevarían hasta el sótano.
“Cállate. Ya conocerás a papá. Él es así. Sigámosle para ver qué tiene que mostrarnos”, replicó Vikki silenciosamente mientras le daba un pellizco en el trasero al apuesto italiano. “Dios bendiga Italia”.
CAPÍTULO 24: DIOS BENDIGA ITALIA
viernes, 26 de junio de 2009Publicado por Sergio Gómez en 1:08 0 comentarios
Suscribirse a:
Entradas (Atom)