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CAPÍTULO 13: REINVÉNTATE… Y ANDA (2ª PARTE)

domingo, 14 de diciembre de 2008


“¿Y tú, Morcillo? ¿Por qué crees que es tan importante que un buen psicópata siempre trabaje solo?”, preguntó Ariel Mendoza una vez que Borchi se había acomodado en su asiento.

“Creo que la soledad es la gran aliada del psicópata, profesor”, respondió Morcillo dirigiendo una mirada de indiferencia hacia su compañero, pero no por ello amigo, Borchi. “Yo no creo en eso de reinvéntate y anda. Pienso que la mejor forma de pasar desapercibido es perfeccionar un estilo de ejecución hasta el punto de que nadie pueda acusarte de nada, ni siquiera de haber robado una gallina”.

“¿Y por qué crees que la soledad es la gran aliada del psicópata?”, cuestionó abiertamente Claudia Dimaggio. “En la mafia napolitana, lo más importante es la familia. Siempre aparece cuando se la necesita”.

“Yo no pongo en duda que la mafia napolitana acuda en ayuda de sus socios y allegados; es más, creo que es su obligación. No obstante, con esa solidaridad de la familia lo único que favorece es que, tarde o temprano, a alguien se le escape tu nombre en el lugar menos indicado y precipite que acabes con tus huesos en la cárcel. Recuerda que si nadie sabe qué has hecho, nadie puede probar que lo has hecho, que eres culpable. De ahí la importancia de la soledad para un psicópata”, concluyó Morcillo tremendamente satisfecho por la explicación que había dado a la joven italiana.

“Si no fuera por mí, serían tus huesos los que estarían enchironados”, interrumpió Mendoza. “¿Para qué quieres tanta soledad y tanto secretismo si a la hora de la verdad vas dejando huellas por doquier?”.

“Yo nunca dejo huellas. No digas cosas que no son verdad si no quieres que me enfade”, amenazó Morcillo al verse herido en su orgullo de asesino perfeccionista.

“Vamos a ver, Morcillo. ¿Qué consigues amenazando a un hombre que es inmortal y un psicópata legendario?”, replicó el profesor con ademán tranquilo, casi sin importarle la falta de respeto de su alumno.

“Perdona, Ariel. Lo que pasa es que no me gusta que se digan cosas sobre mí que nada tienen que ver con la realidad”, volvió a insistir Morcillo aunque esta vez con un tono de voz mucho más calmado.

“¿Te gusta la cerveza, Morcillo?”, preguntó directamente Mendoza.

“Sí, claro. Me encanta. ¿Pero eso qué tiene que ver aquí y ahora?”, preguntó bastante confundido el campesino toledano.

“Te gusta beberte la cerveza de las neveras de tus torturados, ¿verdad Morcillo?”, volvió a preguntar Ariel Mendoza.

“Sí, pero sigo sin entender a dónde quieres llegar con todo esto. ¿Me estás acusando de borracho?”, cuestionó Morcillo ante la desesperación de sus compañeros, que encontraban ese momento demasiado surrealista. “La cerveza de mis víctimas me sabe a gloria”.

“Coge esta bolsa, Morcillo. Es algo que la ciencia puede demostrar que te pertenece”, comentó el profesor acercando a Morcillo una bolsa de plástico de color negro que contenía siete botes de cerveza vacíos.

“¿Esto qué significa?”, dijo Morcillo enarcando la ceja derecha.

“Éstos son algunos de los botes de cerveza que tus víctimas tenían en sus neveras. Los mismos botes que te bebiste sin utilizar guantes y que después arrojaste sin pensar en sus cubos de basura. Si ahora mismo tuvieras aquí la luz adecuada y los productos necesarios, podrías descubrir decenas de huellas con tu nombre en esos botes. Si no te hubiera reclutado para este máster, estarías encerrado como un perro”, explicó Ariel Mendoza mientras un susurro recorría la sala en la que se estaba desarrollando la clase. “Ahora dime, Morcillo. ¿De qué te ha servido trabajar sin compañía si eres tan torpe que no tienes la cautela de ponerte unos simples guantes?”.

“Es que cuando secuestro personas para convertirlas en picadillo me sube la adrenalina tanto que no controlo los pequeños detalles”, contestó un poco avergonzado Morcillo. “Es un simple error, Ariel. Intento mejorar”.

“¿La adrenalina? No nos hagas reír, paleto”, gritó Rodrigo Suárez desde el fondo. “Conozco muchos jueces que se partirían el culo contigo”.

“Entonces, ¿Por qué dices que es esencial para un psicópata que trabaje solo?”, preguntó Tony el Cachas dirigiendo su mirada hacia Ariel.

“No voy a negar que Morcillo tuviera parte de razón en lo que le dijo a Dimaggio. Es cierto que si trabajas solo y con rigor, nadie puede probar que eres culpable de ningún delito, aunque la principal razón para que un psicópata actúe en solitario es que es la única manera de asegurar una huída exitosa, sin llevar a ningún compañero como lastre. Un buen psicópata debe controlar los tiempos, cuándo y cómo intervenir, pero siempre debe tener un plan de huída. No os engañéis, esto es lo más importante, chicos”, explicó Ariel Mendoza, dando un mordisco a una manzana verde.

“No estoy de acuerdo, Ariel. No siempre un compañero se convierte en un lastre. A lo mejor, se convierte en una pieza indispensable para llevar a cabo un crimen demasiado complejo para ser llevado por una sola persona”, expuso Laura Luengo mientras Dimaggio asentía con la cabeza.

“Es cierto. Hay ocasiones en las que entran en juego demasiadas variables pero Laura, te aseguro que no siempre cuatro ojos ven mejor que dos. Y por tu bien, espero que si alguna vez estás trabajando en equipo y la cosa se pone fea, tengas pensado un plan de huída para ti sin pensar en tu compañero”, contestó rápidamente Ariel Mendoza, mordisqueando una y otra vez su manzana hasta que acabó totalmente con ella.

“Yo siempre tengo preparado un plan de huída, Ariel”, comentó Morcillo raudamente. “Pensando en la posibilidad de que me pudiera atrapar la policía y viendo que me estaba quedando sin vecinos directos a los que matar, hace unos meses decidí construir un pasadizo secreto de un kilómetro y medio que comunica el granero en el que asesino a mis víctimas con un pequeño cobertizo al otro lado de Méntrida, el pueblo en el que vivo. Así, cada semana cruzo este pasadizo desde mi granero hasta el cobertizo, narcotizo y secuestro a alguien del otro lado del pueblo y lo arrastro por el pasadizo de vuelta al granero. Una vez dentro, subo a mi invitado hasta cuatro metros de altura con mi carretilla elevadora y lo acerco hasta la picadora industrial. Enciendo mi ipod, selecciono la canción de Histories de Luv de K-Maro, apago las luces centrales y espero a que despierte para encender la picadora”.

“¿Creaste un pasadizo como vía de huida y ahora lo aprovechas para conseguir carne fresca? Parece que este paleto es más listo de lo que aparenta”, indicó Rodrigo Suárez dejando entrever una tímida sonrisa. “Me gusta la gente previsora y valiente y parece que tú tienes lo que hay que tener, compañero”.

            “La ecuación era fácil, abogado. Si no me quedaban vecinos porque ya había acabado con los únicos dos que vivían fuera del pueblo, junto a mi granja, tenía que salir a buscarlos. Necesitaba personas a las que invitar a mi granja y la mejor manera que encontré fue aprovechar la oscuridad de la noche y el pasadizo que había construido en mi afán de salvaguardar mi integridad ante posibles visitas de la policía. Si lo piensas, es sencillo. Necesito sangre, busco sangre. No sólo de pan vive el hombre… a veces también necesita sangre”, explicó Morcillo al que se le estaba subiendo el éxito a la cabeza y se mostraba más creído de lo normal.

            “Y cuándo enciendes la picadora, ¿qué haces? ¿Los dejas caer directamente?”, preguntó ansioso Borchi, casi oliendo la sangre.

“Cuando despiertan, todos empiezan a gritar al verse maniatados y con una picadora industrial debajo de ellos. Entonces, les explico que son mis invitados y forman parte de mi experimento personal con el que pretendo descubrir cuánto tiempo tardaré en acabar con toda la población de Méntrida y de este modo, quedarme como único habitante del pueblo”, dijo Morcillo ante la atenta mirada de todos sus compañeros.

“¿Y para qué quieres ser el único habitante del pueblo?”, preguntó Ariel Mendoza poniendo una mirada de desconfianza en su rostro.

“Una vez que el pueblo sea mío, construiré un poblado de casas rurales para extranjeros en las que continuaré asesinando a todos los visitantes, familia a familia.

“¿Hasta cuándo durará esta aventura sin sentido?”, cuestionó Dimaggio tras levantar la mano para pedir la palabra.

“¿Qué pensarías si te dijera que durará hasta que me aburra?”, contestó haciéndose valer un crecido Morcillo.

“Pensaría que estás como una jodida cabra”, indicó Claudia Dimaggio, haciendo un claro gesto de mofa dirigido hacia el campesino,

“Morcillo, ¿Ves como sin saberlo también crees en lo de reinvéntate… y anda? Pero no te aconsejo que intentes asesinar a Dimaggio, bajo ningún concepto”, comentó Ariel Mendoza entre carcajadas.

CAPÍTULO 12: REINVÉNTATE... Y ANDA (1ª PARTE)

domingo, 7 de diciembre de 2008


“Me gustaría comenzar la clase de hoy agradeciéndoos la implicación que estáis demostrando cada día en esta primera fase del curso. Sin vuestra entrega y esfuerzo, este Máster no tendría sentido”, empezó a decir Ariel Mendoza ante la atenta mirada de sus alumnos. “También quiero deciros que he recopilado un CD con las canciones que me habéis entregado y he creado el disco de música que utilizaréis a partir de la próxima semana, en la asignatura con la que comenzará la segunda parte de vuestro aprendizaje: Teatro Psicópata”.

“Pero antes de pasar a la segunda fase, debéis conocer aún dos reglas que os ayudarán a no perder el Norte psicópata”, prosiguió el profesor. “Regla número 9: UN PSICÓPATA SIEMPRE SE REINVENTA y Regla número 10: UN BUEN PSICÓPATA SIEMPRE TRABAJA SÓLO”, concluyó Mendoza mientras extraía de su cartera de piel un sobre cerrado y lo colocaba sutilmente sobre su mesa.

“¿Qué tienes en ese sobre?”, preguntó curiosamente Chus Fado.

“Eso, de momento, no te importa. ¿No sabes que la curiosidad mató al gato?”, respondió fríamente el profesor.

“No, no lo mató la curiosidad, jefe. Fui yo, que lo trituré en mi querida picadora industrial de la que estoy hablando tooooodo el tiempo”, interrumpió jocosamente Borchi, imitando a su compañero Morcillo, que lo tomó como una afrenta personal.

“Cállate de una vez, Papá Pitufo”, respondió Morcillo. “Ningún enano se ríe de mí”.

“Dejad a un lado vuestros problemas personales si no queréis conocer personalmente el filo de mi katana”, interrumpió bruscamente y con tono intimidador, casi paternal, Ariel Mendoza. “Chicos, ahora Borchi y Morcillo, esos dos hombres que tanto saben y que osan interrumpir mi clase y mi tiempo con peleas de patio de colegio, os iluminarán y explicarán por qué las reglas nueve y diez son tan importantes para un psicópata. Empezará Borchi con la regla número nueve y finalizará Morcillo con la diez. Debéis empezar ya. Tenéis diez minutos cada uno”.

“Pero…”, tartamudeó Borchi sin saber muy bien cómo seguir.

“Vamos Borchi. Tú eres un buen ejemplo de por qué un psicópata debe reinventarse. Cuéntanos tu historia”, insistió el profesor.

“Está bien. Como algunos sabéis, mi historia como psicópata comienza en 1992. ¿Os acordáis de Curro, la mascota de la Expo de Sevilla? Pues no quiero risas, pero el que se metía dentro de ese angustioso disfraz era yo. En esos tiempos, necesitaba trabajo y lo único que conseguí fue un empleo como mascota. Después, le acabé cogiendo cariño a ese trabajo y ahora me gano la vida como mascota profesional”, comenzó Borchi, imponiendo un tono solemne a su discurso.

“¿Y cuál es el problema? De acuerdo, eres mascota profesional, pero eso no les explica por qué eres un ejemplo de psicópata que se reinventa”, anotó incisivamente el profesor.

“¿El problema? Pues el problema es que yo siempre quise tener un reconocimiento y en la profesión de mascota profesional de eventos hay mucha competencia, demasiada competencia… y yo odio la competencia. Cada día hay más y más eventos que necesitan un reclamo simpático con el que el público se identifique y la masificación de mascotas impedía que mi trabajo adquiriera una proyección internacional. Por ello, decidí que la única manera de conseguir el hueco que merecía dentro de la profesión era acabando con la todos los competidores”, explicó Borchi.

“Con lo que has dicho, aún no has demostrado cómo te reinventas”, volvió a criticar el profesor, esta vez con un rostro de claro enfado.

“Yo soy como una versión moderna de Lázaro, al que Jesucristo le dijo que se levantara y caminara. En mi momento de máxima frustración, algo en mi interior me dijo que después de cada asesinato, debía reinventarme, cambiar mi modus operandi para no ser descubierto jamás. Por eso, nunca repito en la forma de ejecución e intento no dejar nada a la improvisación”, finalizó Borchi.

“Entonces eres algo así como un psicópata cuya máxima en la vida es la de reinvéntate… y anda, ¿no es así?”, preguntó pausado Ariel Mendoza, encandilado por la forma en la que Borchi se había definido a sí mismo, así como a su manera de actuar.

“Sí, así es. Hasta el momento, doce mascotas han pasado por mis manos desde que comencé en el negocio en 1992. Y con ellas, doce formas diferentes de acabar con sus vidas que, gracias a mi buena memoria, recuerdo perfectamente”, sonrió Borchi.

“Te quedan aún cinco minutos. Cuéntales a tus compañeros tu primer y tu último asesinato, para que puedan contrastar tu evolución psicópata y puedan decidir por ellos mismos si realmente te reinventas en cada crimen”, interpeló Ariel Mendoza.

“Está bien. Pues mi primera víctima fue a nivel provincial. Acababa de finalizar la Expo de Sevilla y la popularidad de Curro primero y mi ego después, hicieron que mi autoestima se encumbrara hasta el Olimpo de las mascotas profesionales. Sin embargo Rizinho, (la mascota creada en una agencia de publicidad sevillana para la inauguración de una nueva peluquería brasileña en Triana) intentó hacerme la competencia, apareciendo en un anuncio de la televisión local comparándose conmigo. ¿Dónde se ha visto que unas simples tijeras pudieran hacerle sombra a la mejor mascota española de la Historia?

Así que decidí actuar e ir a por Rizinho. Lo atosigué, lo acosé y lo traumaticé con anónimos hasta que llegó el día en el que decidí que debía morir. Lo seguí hasta su casa, lo abordé en el portal y lo obligué a entrar en su vivienda sin levantar la voz, colocándole una pistola en el centro de su columna vertebral. Una vez dentro lo amordacé, abrí mi maletín y le clavé 619 tijeras por todo el cuerpo mientras le decía que nadie le hacía sombra a Borchi, y mucho menos un payaso disfrazado de Eduardo Manostijeras”, dijo Borchi, bebiendo un vaso de agua y cogiendo aire para continuar con su exposición. “Después, me lo comí entero”.

“¿619 tijeras? ¿Y después te lo comiste?”, preguntó con curiosidad Laura Luengo mientras miraba con recelo al pequeño hombrecillo.

“¿Desde cuándo un psicópata necesita explicar por qué utiliza cualquier artilugio para matar? Me gusta ese número, tenía hambre y me apetecía acabar con su vida con tijeras. Creo que era un final romántico para su situación, ¿no crees, Laurita?”, rió Borchi. “Continúo, que aún me quedan 2 minutos”, dijo llevándose la mano a su antiguo reloj marca Casio.

“Resumiendo… que Rizinho pasó a la Historia, como también pasó hace unos meses mi última víctima, Fluvi la mascota de la Expo 2008 de Zaragoza”, continuó Borchi, dando un toque de misterio a su narración.

“¿Mataste a la mascota de la Expo de Zaragoza? ¿Cómo lo hiciste y qué te había hecho?”, volvió a preguntar Laura Luengo con un disimulado gesto de escepticismo.

“No me había hecho nada diferente a lo que me hicieron las otras mascotas a las que asesiné. De hecho, ni la conocía personalmente hasta que acabé con ella. Simplemente, estaba en el lugar equivocado en el momento menos indicado y por eso, debía morir. Odio la competencia”, volvió a incidir Borchi.

“¿La mataste sin motivos?”, preguntó esta vez Marco Ramírez.

“Estáis muy pesaditos con el tema, eh. ¡Un psicópata no necesita un motivo para matar! Se supone que es nuestro trabajo, para lo que hemos nacido, ¿No es así, maestro?”, preguntó Borchi airadamente al profesor que se había sentado en la antigua silla de Javi Altorreal (ahora forzosamente vacía) para sentirse como uno más del grupo.

“Así es, Borchi. Es nuestro Destino y a eso no hay que buscarle explicaciones. Si nacen carpinteros, periodistas o panaderos, ¿Por qué no iban a nacer psicópatas? Sigue con tu explicación, por favor”, concluyó Ariel.

“Gracias maestro. Pues decía que maté a Fluvi ahogándolo con su propia sangre. Descubrí dónde vivía, lo seguí durante dos semanas y lo secuestré a la salida de su otro trabajo, ya que la mayoría del tiempo ejercía como administrativo en una empresa agrícola de Zaragoza.

Después, lo subí amordazado al maletero de un coche de alquiler y nos trasladamos hasta una cabaña abandonada situada a unos cien kilómetros de Toledo. Durante tres días fui extrayéndole la sangre, muy poco a poco, hasta que al tercer día estaba tan débil que creí que moriría en menos de una hora. Y fue en ese momento en el que decidí taponarle la nariz y administrarle por la boca su propia sangre mezclada con una droga llamada LSD. Al cabo de veinte minutos, Fluvi ya había muerto”.

“¿Y te lo comiste?”, cuestionó con gran interés Dimaggio.

“Nunca me como a los que he envenenado antes. A Fluvi lo enterré en una fosa profunda que hay cerca de la cabaña. Allí nadie lo descubrirá”, finalizó Borchi. “Y me han sobrado treinta segundos”, rió satisfecho.