Bienvenido

CAPÍTULO 19: PARAÍSO GROSSI (2a PARTE)

lunes, 23 de febrero de 2009

“Última llamada para los señores pasajeros del vuelo A-842 con destino Madrid, Lindsay Vikki Siver y Luca Grossi. Diríjanse a la puerta de embarque 14”.

“Creo que nos llaman a nosotros, Lindsay”, sonrió Luca a su compañera mientras se desperezaba y la instaba a levantarse y salir corriendo para conseguir embarcar a tiempo.

“¡Nos hemos dormido! ¡Corre! ¡Y no me llames Lindsay!”, contestó Siver a la vez que asía con fuerza su pequeño equipaje de mano.

“Espere, somos nosotros. ¡No cierre, por favor!”, gritó Luca a una azafata que estaba a punto de cerrar la puerta de embarque al fondo de la estancia. “Espereeeee”.

“Os hemos llamado cuatro veces. ¿En qué estabais pensando?”, comentó la azafata. “Estos jóvenes… dejando todo para el último momento, como siempre”.

“Lo sentimos, señora. No volverá a pasar”, le aseguró Luca con una sonrisa forzada.

Apenas había 30 metros desde la puerta de embarque hasta la escalerilla del avión, pero a Vikki le pareció la mayor distancia que había recorrido a pie en su vida. “Estoy adormilada, Luca. No me funcionan las piernas”, murmuró. 

“¿No tendrás miedo a volar? ¿Has intentado burlarte de mí diciéndome que el avión era totalmente seguro cuando tú misma tienes miedo a subirte a este avión? Fíjate bien, Vikki. El avión parece bastante viejo. ¿Y si se cae en medio del Mediterráneo y nadie nos encuentra? O peor, ¿Y si somos pasto de los tiburones?”, sonrió el apuesto italiano.

“No es eso, bobo. Es que me he tomado un relajante muscular y creo que está empezando a hacerme efecto. Me encuentro muy cansada pero tú puedes seguir diciendo tonterías de periodista”, dijo Vikki Siver con una voz extremadamente dulce.

“Me alegro de que no te asusten los aviones, porque como hemos llegado los últimos, me temo que nos tocarán asientos en la cola del avión y allí…”, exclamó Luca.

“Allí, ¿qué?”, preguntó Vikki.

“Allí se notan muchísimo más las turbulencias y además, los asientos son más estrechos. Así por lo menos, podremos sentarnos juntos y conocernos mejor. Acuérdate que el roce hace el cariño”, rió Luca mientras el rostro de Vikki se ponía más blanco por momentos.

“Campeón, me parece a mí que tú eres un experto jugador de parchís”, espetó Vikki.

“¿Por qué dices eso, Vikki? Yo no sé jugar al parchís. En Italia sólo jugamos al Calcio”.

“Porque por tu forma de hablar, creo que eres de esos tíos que se comen una y cuentan veinte. Y para colmo, eres periodista y con los periodistas ya se sabe…”, dijo Vikki Siver a la vez que soltaba una carcajada.

“Touché, rubia”, asintió cortésmente Luca Grossi, impresionado por el comentario de su nueva amiga. “Creo que tú y yo nos vamos a llevar bien”, concluyó mientras ambos subían los últimos peldaños de la escalerilla que daba acceso al avión.

Una vez dentro, el reducido espacio por el que pasajeros y tripulación podían desplazarse inundó a Luca en una profunda angustia, quizá producida por su fobia a los espacios comprimidos. Y como era de esperar, el precio de los billetes de la compañía aérea de bajo coste hizo que ese vuelo en particular, se llenara casi por completo.

“Mira Luca. Ahí hay dos sitios. Ven”, comentó Vikki.

“En la cola, como suponía. En fin, no nos queda otra”, se resignó Luca como lo hace alguien que sabe que la vida, a veces, puede parecer injusta para las buenas personas.

Minutos después y tras colocarse los cinturones de seguridad, se hizo un segundo el silencio y el avión despegó súbitamente, alzándose como un cohete.

Mientras Vikki Siver sacaba un mp3 de su pequeña bolsa de mano, Luca se encomendaba a todos los santos que le pasaban por la cabeza. Sin duda alguna ese día, San Marcos, Santa Rita, San Nicolás, San Antonio y el resto de santos del Vaticano tendrían trabajo extra con el italiano.

“¿Decías que era yo la que tenía miedo a este avión? ¿Y si nos caemos de verdad en medio del Mediterráneo…?”, susurro Vikki al tembloroso oído de Luca a la vez que el avión alcanzaba los 6000 pies.

“Está bien. Lo reconozco. Tengo miedo a volar, pero siempre que tengo miedo a algo, me sale el vacilón que llevo dentro. Si te soy sincero, estoy aterrorizado”, contestó Luca Grossi.

“No te preocupes ragazzo, yo estoy aquí contigo. No va a pasar nada. El viaje apenas dura un par de horas. Intenta descansar, si es que estos minúsculos asientos te permiten coger acomodo. Si necesitas algo, dímelo, ¿de acuerdo?”, dijo Vikki.

“Sí, mamá…”, comentó jocosamente Luca. “En serio, muchas gracias. No sé qué hubiera sido de mí si no te hubiera conocido hoy”.

“Te habrías aburrido mucho. Y mírame a los ojos, que están un poco más arriba”, respondió locuazmente Vikki Siver a la vez que le guiñaba un ojo al descarado italiano.

Los rayos del sol entraban como puñales afilados por las pequeñas ventanillas del avión, lo que provocó que más de un pasajero bajara la minúscula tela dispuesta en la parte superior del cristal, que hacía las veces de cortina. Había pasado algo más de una hora cuando, de repente, el avión comenzó a desplazarse bruscamente, arriba y abajo, arriba y abajo, al entrar en una zona de turbulencias.

“No puede ser. Ahora turbulencias. Nos vamos a caer. Nos la vamos a pegar contra el suelo. ¿Cómo ha dicho la azafata que se colocan los chalecos salvavidas? No entiendo porqué las azafatas de una compañía aérea que viaja a España desde Italia, solamente hablan en inglés. No quiero morir, Vikki. Soy… Somos muy jóvenes para dejar este mundo. Tenemos muchas cosas que hacer aún. Tenemos que…”, espetó Luca.

“¡Cállate de una vez, Grossi!”, le interrumpió Vikki, cogiéndole del brazo. “Es sólo una zona de turbulencias. Es normal. No te preocupes y quita las manos del chaleco salvavidas, que estás asustando al resto de pasajeros. Te he dicho que no pasará nada”.

Media hora después, todo en el avión volvía a la calma. “¿Ves? Todo ha vuelto a la normalidad. Las turbulencias han pasado. Eres un cenizo”, le increpó Vikki. 

“Lo siento, rubia. Ha sido un ataque de pánico. Perdóname. Te estoy dando el vuelo…”, dijo cabizbajo Luca Grossi.

“Estate tranquilo, Luca. No pasa nada. Relájate. Imagina que estás en algún lugar en el que siempre te hayas encontrado muy cómodo. Además, quedan unos minutos para llegar. Antes de que te des cuenta, estarás hablando de tus cosas con la gente del trabajo”, dijo Vikki.

“Antes has dicho que si necesitaba algo te lo dijera, ¿verdad?”.

“Sí. Claro. ¿Qué necesitas?”, preguntó Vikki Siver.

“Te necesito a ti”, dijo Luca a la vez que un silencio embarazoso se apropió de las vidas de Luca y Vikki. “Perdona, me he expresado mal”, rectificó rápidamente el italiano ante el incómodo momento. “Quiero decir que necesito tu teléfono porque siento que te debo una invitación por todo lo que has tenido que aguantar en este vuelo. Yo me conozco y sé que puedo resultar muy pesado.”

“Pues me parece que no va a poder ser, Luca. No creo que …”

“Ahh… vale. No tienes que… perdóname otra vez”, balbuceó un avergonzado Luca Grossi. “Seguramente tengas novio y yo aquí, que tonto… ¿Cómo una chica así no iba a tener…?”

“No, no… para. Ahora eres tú el que me has entendido mal”, dijo raudamente Vikki.

“Nunca te he dicho que tenga novio. Quiero decir que no te voy a dar el teléfono porque me lo vas a dar tú a mí. Los tiempos han cambiado, italiano. No te pongas como un tomate”, dijo Vikki mientras guiñaba coquetamente un ojo a Luca. “Por cierto, ¿no te molestará que te llame así?”

“Qué vergüenza. Normalmente no actúo así, pero es que me has impresionado tanto que no podía dejar de pensar cómo pedirte el teléfono”, se volvió a sincerar Luca. “Tú puedes llamarme como quieras, pero prométeme que lo harás para cenar por Madrid. Apunta: 682 556…”.

“Es extraño, pero me has caído bien. Quién sabe… A lo mejor quedamos para desayunar”, le susurró Vikki Siver a un Luca Grossi totalmente entregado, mientras una azafata les instaba a descender del avión porque, de nuevo, eran los últimos que quedaban (esta vez, por bajar).

“Yo también te quiero, rubia. Quien sabe… A lo mejor éste es el comienzo de una bonita historia”, comentó Luca. “Llámame cuando quieras. Y si te apetece visitarme, estaré un par de días en el Hotel Mirasierra, cerca del centro de Madrid”.

“Es posible que me deje caer por tu hotel. Incluso es posible que te enseñe a jugar al parchís, periodista”, dijo Vikki mientras se despedía y subía a un taxi en la puerta del aeropuerto.

CAPÍTULO 18: PARAÍSO GROSSI (1a PARTE)

lunes, 16 de febrero de 2009

Hacía tiempo que no estaba en Ciampino y a Luca le pareció que desde la última vez, todo allí había dado un brusco y largo giro hacia delante. Sin embargo, no tuvo problemas para encontrar la ventanilla número doce, la misma en la que su amigo Marco Ramírez había dejado un billete reservado a su nombre con destino Madrid.

“Buenos días. Tengo un billete reservado a nombre de Luca Grossi”, dijo Luca en un español bastante bueno, ya que quería ir practicando para su futura llegada a España.

Aquí está el billete. ¿Sería tan amable de mostrarme su identificación? Es pura rutina”, respondió con amabilidad la chica encargada de esa ventanilla del aeropuerto romano de Ciampino.

“Por supuesto. Aquí tiene. Perdóneme, pero es que los aviones me ponen de los nervios”, comentó Luca Grossi a la vez que extendía su mano para entregarle su documentación.

“De acuerdo. Le entrego su billete. Que tenga usted un buen vuelo. Puede facturar sus maletas cuando quiera. Diríjase a la salida catorce. Muchas gracias”, dijo la chica mientras le devolvía su identificación, señalando una calle a la derecha de su mostrador.

Una vez facturada su enorme maleta, aún quedaba más de una hora y media para que el vuelo despegara, por lo que decidió dejar pasar el tiempo sentado en una silla roja colocada en una sala casi vacía, muy cerca de la zona de embarque.

El panorama que desde ahí podía divisar era bastante desolador. Apenas había 10 personas adormiladas en sus sillas, dentro de una sala con capacidad para unas doscientas almas.

“Siempre me pasa lo mismo. No voy a aprender en la vida. ¿Por qué siempre tengo que hacer las cosas con tanta antelación?”, se dijo para sí mismo Luca, sin duda, maldiciendo su exceso de responsabilidad y de puntualidad ante la desalentadora ausencia de movimiento.

Las personas allí reunidas no eran nada del otro mundo. Mientras que una mitad dormía y roncaba con tal potencia que Luca dudaba si despertarían ante una batalla nuclear, la otra mitad leía o jugaba a algún videojuego para pasar el rato. De hecho, la situación continuó sin novedades hasta que unos minutos después, la puerta de la sala se abrió lentamente permitiendo la entrada a una bella y jovencísima mujer que parecía educada a simple vista y tremendamente presumida. La señorita, de estatura media y que portaba un precioso abrigo de piel blanco sobre sus aparentemente gélidos hombros, fue directamente a sentarse a la silla que había a la derecha de Luca Grossi.

“Perdona, ¿Puedo sentarme aquí? Es que aún queda más de una hora para que salga mi vuelo y no me gusta estar sola en estos lugares”, dijo la desconocida.

“¿Sola? ¡Si llevas medio Arca de Noé encima de tus hombros! Pero bueno, como quieras. La mayoría está durmiendo o leyendo. La gente no sabe qué hacer para que el tiempo vaya más rápido. Es que no se puede facturar con tanta antelación. Si no, pasa lo que pasa”, dijo Luca mientras esbozaba una coqueta sonrisa italiana en su boca al tiempo que su nueva vecina hacía un gesto de aprobación.

“Es piel sintética. Nunca he hecho daño ni a una mosca. Veo que tú te has decidido por jugar con tu portátil para salvar al mundo, ¿no?”, dijo la desconocida con tono jocoso.

“No, qué va. Lo llevo conmigo para una reunión de trabajo. No te enfades, era sólo una broma”, contestó firmemente Luca Grossi.

“¿Una reunión de trabajo? Yo he asistido a cientos de reuniones en mi vida. Me encantan. Dicen que en el país de mi madre hay una reunión de trabajo por cada 60 habitantes”, espetó divertidamente la recién llegada. “¿Sobre qué va tu reunión?”.

“Sí, bueno, es algo complicado de explicar. Perdona mi curiosidad, pero me has dejado intrigado: ¿De dónde eres? Hablas muy bien español y tus rasgos me hacen pensar que no eres española. ¿Eres rusa?”.

“¿Y tú eres español? ¿Es que tengo cara de rusa? Soy española, no rusa, y sí, soy culpable de ser rubia natural”, se apresuró a decir la joven. “Mi nombre es Lindsay Victoria Siver, pero todos me llaman Vikki ó Siver porque odio el nombre de Lindsay. Mi madre es sueca, pero yo nací y he pasado en Mallorca toda mi vida”, dijo la elegante compañera de silla de Luca.

“No, yo soy italiano pero me defiendo en español. Y tranquila, no pienso denunciarte por ser rubia”, le susurró Luca. “¿Y qué fue de tu padre? Lo siento, es que me inunda la curiosidad y ya se sabe que los periodistas…”

“¿Eres periodista? Ahora entiendo lo del Arca de Noé”, sonrió Vikki. “La verdad es que no conozco a mi padre personalmente. Mamá dice que cuando descubrió que estaba embarazada, él la abandonó. Pero de eso hace ya 22 años y lo cierto es que desde hace unos meses, me manda cartas para que no conozcamos. ¿Y qué hija no quiere conocer a su padre? Y lo que es la vida… Él ahora vive en Madrid y me ha pagado este billete para que nos encontremos allí”, comentó la vecina de silla de Luca. “Por cierto, ¿Tú cómo te llamas?”, exclamó Siver.

“Perdóname. Vayamos por partes, como Jack el Destripador”, sonrió el joven, consciente de que ese chiste dejó de hacer gracia a la gente hace miles de años. “Me llamo Luca Grossi, soy periodista y actualmente trabajo sobre un, digamos, curso de iniciación. Además, me gusta tu abrigo y quiero conocer a tu estilista”, dijo proyectando una mueca casi imperceptible para Vikki Siver. “Parece que vamos a ser compañeros de vuelo. Nunca está de más conocer a alguien en estos casos. Si nos estrellamos, siempre es bueno morir junto a una chica tan guapa porque dicen que así a San Pedro se le ablanda el corazón”, aseveró un galán italiano, sorprendiéndose incluso a sí mismo ante tal descaro. 

“Vaya, nos ha salido donjuán el ragazzo. Bueno, si es por eso, no te preocupes. Este avión es totalmente seguro y puntual. Creo que se construyó en Irak”, bromeó Siver.

“Ah, me dejas mucho más tranquilo. Un avión construido en Irak, potencia mundial en ingeniería aeronáutica. Gracias por destrozarme la vida. ¡Yo sólo quería ir a una reunión de trabajo, nada más!”, dijo Luca mientras se acomodaba en una silla que, de conocerla, habría sido empleada en las torturas chinas de hace cuatro siglos.

“La vida es riesgo, Luca. Como me dijo mi padre en su última carta, la vida y la muerte sólo las separa el filo de una espada”, espetó Vikki Siver casi sin inmutarse.

CAPÍTULO 17: NAI DANTE

martes, 10 de febrero de 2009

“¿Sí? ¿Dígame? ¿Quién es?”, preguntó Rodrigo nada más descolgar su teléfono móvil de última generación.

“¿Ya no te acuerdas de mí? Han pasado unos años, pero no pensaba que te habías olvidado tan pronto. A lo mejor desayuno contigo para refrescarte la memoria. Nos vemos”, respondió una dulce voz femenina al otro lado del teléfono justo antes de colgar y apagar el móvil para que Rodrigo no pudiera intentar una rellamada.

Rodrigo no recordaba aquella sensual voz, pero sospechaba que esa amnesia temporal que parecía padecer en aquel momento se debía a que la cena de la noche anterior había resultado excelente pero copiosa. Nunca le había pasado nada igual. De hecho, durante unos instantes llegó incluso a perder el conocimiento.

Aquella fue una de las peores noches que había pasado el abogado en sus 26 años de vida. Desde pequeño, Rodrigo había tenido problemas intestinales cada vez que debía enfrentarse a un reto personal que lo aterraba. Era lo que los médicos llamaban miedo ante lo desconocido. Por eso, cada examen desde el instituto, cada visita al médico y hasta cada declaración amorosa que había hecho Rodrigo Suárez en su vida suponía sin excepción la venida de unos síntomas nerviosos que conducían al joven hacia una enfermedad más psicológica que física que normalmente podía durar hasta tres días. Pero había madurado… y como le dijo en una ocasión Ariel Mendoza, se había convertido en un psicópata de alta escuela.

“Otra vez esta sensación… Necesito una ducha”, se dijo a sí mismo Rodrigo, intentando recordar a quién pertenecía aquella voz cuya dueña quería desayunar con él.

El agua de la ducha estaba demasiado fría pero fue el propio abogado el que así lo decidió. Necesitaba imperiosamente despejar sus ideas y ahuyentar a los malos espíritus que lo habían atacado la noche anterior antes de dirigirse con el resto de sus compañeros de grupo a su lugar de reunión: el Hostal Nápoles y la habitación 22. Y para conseguirlo, una ducha fría a las diez de la mañana, si conseguía algo, era reparar cuerpo y mente.

            Cuidadosamente, Rodrigo había preparado sobre la mesilla de su habitación todo lo que debía llevarse a la reunión, con la antelación que lo hace el que sabe que no puede dejar nada para la misma mañana. Y por eso, gracias a su responsabilidad, pudo gozar de una ducha relajada y un apurado afeitado antes de bajar al bar de la esquina con el tiempo suficiente para desayunar con tranquilidad. De hecho, gracias a su previsión, aún le quedaba una hora de espera hasta que llegara su compañera.

            Rodrigo había acordado con Dimaggio, (sin duda, su mejor amiga dentro del grupo psicópata) que lo pasara a buscar sobre las once de la mañana en la puerta de su hotel para acompañarlo al Hostal Nápoles, que se encontraba a escasos ciento cincuenta metros de allí.

Sin embargo, tras saborear rápidamente un café con leche y unas tostadas con mermelada de fresa, (de esas que le encantan al asesino del paintball) descubrió que si bien no había llegado aún Dimaggio, sí que estaba apostada a la pared de su hotel, como si de un ornamento más de la fachada se tratara, una chica de unos treinta y pocos años, de pelo castaño, ojos de un verde tan intenso como las hojas de los robles y una piel tan morena que, sin duda, había estado bronceándose bajo el sol en alguna playa durante todo el verano.

“Buenos días, Rodri. Te dije que a lo mejor desayunábamos juntos, ¿recuerdas? Soy Nai, Nai Dante. No te acuerdas de mí, ¿verdad? Iba con tu hermano Fran al instituto cuando tú apenas levantabas un palmo del suelo”, respondió la chica con una bella sonrisa, naturalmente acrecentada por el blancor excelso de la dentadura más perfecta que había visto Rodrigo en su intensa vida.

“Ya he desayunado, gracias. No suelo desayunar con las amigas de mi hermano, por muy guapas que sean. Tengo vida propia”, replicó Rodrigo.

“Yo tampoco suelo desayunar con chicos bordes que no me recuerdan, pero me apetecía romper mis propias reglas, ¿sabes?”, respondió Nai. “De todas formas, quiero que tengas en cuenta que si tú eres un borde, yo ahora soy una mafiosa muy peligrosa”.

“Ya, claro. Eso me pareció a simple vista. Yo ahora he crecido y soy Marine de los EEUU y psicópata en mi tiempo libre. ¿No te lo había dicho? Quizá debería atarte mucho más de cerca, por la seguridad del mundo, ¿no crees?”, dijo Rodrigo medio en broma medio en serio.

“Aún no existe el hombre que me ate muy de cerca. Soy yo quién decide cuándo y dónde ato a un hombre... literalmente. La verdad es que yo no tengo mucha hambre, pero, ¿Desayunamos ya o subimos a que te des una ducha fría, Marine?”, preguntó Nai a la vez que le proyectaba un guiño a Rodrigo. “Subamos a tu habitación. Quiero enseñarte algo”.

            “Nai, no me malinterpretes, pero, ¿Qué haces aquí? Te encuentro muy cambiada desde la última vez. Me has encontrado por los pelos, porque he quedado con… he quedado con… una amiga para… para tomar un aperitivo…”, balbuceó Rodrigo.

            “¿Has quedado con tu novia Dimaggio?”, preguntó sin pensarlo Nai.

            “No… no. No tengo novia. Pero, ¿Cómo sabes que he quedado con Dimaggio? Es solamente una amiga… bueno, una compañera de trabajo más bien”, se justificó Rodrigo.

            “No me importa que tengas una novia secreta, Rodri. Menuda es Dimaggio para esas cosas. Al último lo abrió en canal…”, confesó Nai.

Nai había sido el primer amor de Rodrigo cuando éste apenas tenía doce años. De hecho, Nai fue la primera chica a la que aquel niño vio y palpó parcialmente desnuda. La chica, acostumbrada a llevar camisetas tres tallas más grandes que la que ella lucía normalmente, (sin duda siguiendo algún tipo de moda impuesta desde Estados Unidos) apareció una tarde con una camisa blanca, tremendamente ajustada y con tan sólo tres botones abrochados, lo que le proporcionaba a la joven un escote cuanto menos atractivo para un niño que comenzaba a descubrir la sexualidad.

A la joven siempre le había gustado jugar con Rodrigo, insinuándosele desde que éste tenía diez años. Sin embargo, Rodrigo de niño siempre fue muy ingenuo y nunca se dio por enterado de las artimañas que Nai utilizaba con él para conseguir sus objetivos. Pese a todo, una tarde de hace más de diez años, Nai fue un paso más allá aprovechando que los padres de Rodrigo y Fran no estaban en casa.

“Rodrigo, ¿Has visto alguna vez a una chica desnuda?”, preguntó descaradamente Nai, ante la mirada inocente del niño.

“Pues, creo que no. Bueno, una vez vi a unas mujeres tumbadas en la playa sin la parte de arriba del bañador, pero me dijo mi padre que estaban tomando el sol en troles”, respondió el pequeño Rodri.

“En topless, Rodri. Yo lo hago en la playa desde hace unos veranos. Es muy divertido. El sol me hace cosquillas pero se me pone el pecho muy bronceado. Mira”, dijo Nai mientras se desabrochaba los botones de su camisa con sus penetrantes ojos puestos en Rodrigo, dejando en unos segundos sus morenos pechos totalmente al descubierto.

“¿A que no te esperabas que estuvieran tan morenos?, sonrió Nai.

“Pues los que yo vi en la playa eran más grandes y estaban más negros, pero los tuyos parecen más duros que los de aquellas mujeres. Tenían por lo menos cuarenta años”.

“¿Quieres tocarlos? Ven…”, dijo mientras cogías las temblorosas manos de Rodrigo y las colocaba directamente sobre ella. “¿Te gusta?”.

En un instante, la puerta se abrió y una voz suave atravesó todos y cada uno de los rincones de la casa. “Chicos, ya estoy en casa”, dijo la madre de los Suárez.

Rápidamente, Nai cogió su camisa y se metió en el baño del piso de abajo, con la fortuna de que la madre de Rodrigo no se percató de nada, ya que se entretuvo leyendo el correo que el cartero había llevado esa misma mañana.

Pero ya de vuelta a la realidad, por un momento, Rodrigo creyó estar aún soñando. Se le estaba insinuando la chica más guapa que había conocido en su vida y eso le ponía nervioso. Y por si fuera poco, esa chica conocía a Dimaggio y parecía que ambas compartían profesión.

“Eres casi una desconocida, pero tienes algo que me atrae y no sé que es. Tengo muchas preguntas y apenas una hora libre hasta que llegue Dimaggio. Pediré que nos suban el desayuno en media hora. Vamos a mi habitación y me cuentas”.

“Soy una chica normal, como el resto de chicas que puedas conocer. Lo único diferente es que sabes que soy una mafiosa, como Dimaggio. Pero tranquilo, no me han mandado aquí para matarte… más bien al contrario. Subamos, que tengo que mostrarte algo que creo que te va a interesar”.

“Me tienes intrigado. Vale. Subamos”, dijo Rodrigo mientras llamaba al ascensor para subir a su habitación, ya que no le apetecía nada gastar la energía de una forma tan poco provechosa. “Dame un segundo, que me están llamando. Es de la oficina. Ahora te acompaño. Ve entrando tú”.

La habitación estaba completamente ordenada, impoluta, seguramente debido a la obsesión por el orden y la limpieza que la madre de Rodrigo había inculcado a su hijo. Tanto, que incluso se había hecho la cama esa mañana antes de bajar. La ventana de la habitación, la misma que daba a un parque con unos columpios bastante abandonados, había estado medio abierta toda la noche para dejar entrar el aire capitalino que tanto gustaba respirar a Rodrigo.

“Veo que la has encontrado tú solita. Estás en tu casa”, dijo Rodrigo mientras se dirigía a cerrar la ventana. “Parece que hoy va a hacer frío”.

“Rodri, he hablado con Dimaggio sobre ti y tengo una propuesta que hacerte, ¿Qué prefieres, negocios o placer?, susurró Nai colocándose detrás de Rodrigo y agarrándole de la mano, obligando a éste a girarse.

“Prefiero atarte”, comentó rápidamente y sin dudar Rodrigo, besando efusivamente a Nai y empujándola contra la pared. “Si te desatas, luego hablamos de negocios”.

“Me parece que aún no lo has entendido, Rodri. No puedes atarme… nadie puede”, contestó sonriente Nai.

“Yo sí puedo. ¿Te valen estas cuerdas?”, dijo Rodrigo enseñando a Nai unas de cuerdas que había cogido de la cortina de la habitación mientras cerraba la ventana, maniataba de pies y manos a Nai contra la cama y le desabrochaba la camisa hasta dejar sus pechos al descubierto. “Tienes el pecho más moreno que la última vez que lo vi. ¡Y te ha crecido!”.

“Eres una caja de sorpresas, Rodri. Veo que tienes memoria para lo que te interesa. Parece que el niño ha crecido…”, dijo Nai pícaramente.

“Tengo que confesarte algo, Nai. Te he mentido. Yo…”.

“¿Tú qué? ¿No me digas que no eres Rodrigo?”.

“Sí, sí lo soy, pero te mentí cuando dije que soy Marine de los EEUU. En realidad soy abogado. Sólo lo dije para llevarte a la cama”, rió Rodrigo.

“Yo también te he mentido, Rodri. Lo siento. Supongo que no lo he podido evitar”.

“¿Ah, sí? ¿En qué me has mentido, vamos a ver?”, preguntó Rodrigo mientras lanzaba los zapatos a la otra punta de la habitación.

“Pues… Te he dicho que no tengo mucha hambre pero la verdad es que yo sí tenía mucha hambre. Ahora me apetece desayunarme un abogado… ¿te vale?”.

“Prometo no entregarme a la policía después de asesinarte dentro de un rato. ¿Eso te vale a ti?”, replicó Rodrigo, amordazando violentamente la boca de Nai Dante para que no pudiera gritar.

“Detente. ¡No me gusta esto!”, consiguió decir Nai desplazando hacia la derecha su mordaza justo antes de que Rodrigo la abofeteara, le apretara aún más y cambiara su habitual rostro pacífico por otro más sádico.

“El Destino es muy caprichoso, ¿no crees? Siempre fui un niño inocente, sin maldad… hasta que te conocí. Desde ese momento, el lado más oscuro de mi ser ha aparecido, se ha adueñado de mí y me ha convertido en lo que soy. Sólo he pensado en el día en el que te cruzaras de nuevo en mi camino para hacértelo pagar. No sé lo que te habrá contado Dimaggio sobre mí, pero te aseguro que se habrá quedado corta. Por tu culpa, ahora soy un psicópata despiadado que busca venganza”.

“Y a ti, que estás al borde de la muerte, sólo se te ocurre decirme que pare. Nai, tengo unas preguntas para ti”, dijo Rodrigo mientras se ponía aún más cómodo, quitándose el resto de la ropa y colocándose rápidamente sobre su invitada.

 “¿Por qué quisiste arrebatarme mi niñez? ¿Qué ganabas pervirtiendo a un inocente niño de doce años? ¿Por qué rompiste mi familia, acostándote con mi padre mientras que mi madre no estaba? ¿Creías que no lo sabía? Era pequeño, no estúpido jodida guarra”, prosiguió Rodrigo.

Además, ¿Cómo llegaste a confiar en Dimaggio? Antes, cuando te dije que me llamaban de la oficina, te mentí: era Dimaggio. Me ha contado tus planes y tu propuesta de asesinar al Embajador de Israel en España. Pues bien, Dimaggio y yo hemos hablado y tenemos dos noticias que darte: una buena y otra mala. La mala noticia es que creemos que asesinar al Embajador de Israel en España es una operación demasiado arriesgada en estos momentos, pero la buena noticia es que sí va a haber un asesinato. Te vamos a asesinar a ti. ¿Qué te parece? Yo necesito verte muerta y Dimaggio no olvida que la traicionaste en Nápoles hace un año y medio.

No voy a negar que te deseo ni que te he deseado desde que te vi. Deseo tu cuerpo, tu boca, tus piernas, deseo tus preciosos pechos, deseo tu culo… pero deseo aún mucho más verte sufrir y suplicar por tu vida. Pagarás lo que me has hecho a mí y a mi familia. Lástima que me vaya a quedar con las ganas de saber las respuestas a todas esas preguntas porque no podrás responderme: para empezar, voy a arrancarte todos los dientes, uno a uno, y te voy a partir la mandíbula con este martillo tan bonito que tengo aquí. Espero que reconozcas que únicamente podrás reconfortarme entregándome tu vida”.

Diez minutos después, Dimaggio apareció con su maletín personal en la habitación de Rodrigo y se acercó hacia la cama.

“Hola Nai. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Se lo has explicado ya, Rodrigo? ¿Lo ha entendido todo?”, comentó Dimaggio a Rodrigo mientras colocaba su habitual cámara de vídeo para grabar toda la escena y extendía todos sus artilugios de la muerte sobre la mesilla de la derecha.

“Sí. Ya  sabe que va a morir en unos minutos”, contestó Rodrigo.

“¿De verdad que no quieres forzarla? Por mí no hay problema. Si quieres, esperamos unos minutos más mientras te resarces. No hay prisa”, replicó Dimaggio mientras guiñaba un ojo a Rodrigo.

“Ya la violarán en el infierno. Ahora, divirtámonos”, finalizó Rodrigo.

CAPÍTULO 16: PURO MARKETING

martes, 3 de febrero de 2009

Una vez que todos tenían en su poder su dossier correspondiente, un silencio sepulcral sobrevoló la sala al descubrir quiénes serían las víctimas del recién iniciado Teatro Psicópata y qué deberían hacer para superar la prueba. Ciertamente, nadie quedó indiferente.

 

BANDO CREATIVO

 

OBJETIVO Y PROFESIÓN: Carlos Martí Pérez, Psicólogo

RESIDENCIA: C/ Cava Baja, Nº 12. Madrid

FECHA DE ENTREGA: 30 de enero de 2009 / 22:00 horas

DATOS IMPORTANTES: Varón español blanco, 37 años, 1,93 cm. de altura y 97 kilos de peso, casado y padre de una niña de seis años. Actualmente, trabaja como coordinador de un grupo de ayuda recién creado por el Ministerio de Justicia y dependiente de Administraciones Penitenciarias.

HOBBIES: Partidos de baloncesto con amigos cada viernes a las 20.30 horas en un pabellón deportivo de la Universidad Carlos III.

MODUS OPERANDI: Planteamiento de la situación y preparación del escenario, seguimiento silencioso, secuestro coordinado y ejecución lo más dolorosa posible en el aula de torturas bajo mi supervisión.

 

BANDO METÓDICO

 

OBJETIVO: Filipe Santos, Ex-militar jubilado y exiliado en España

RESIDENCIA: C/ Pío Baroja, Nº 2. Madrid

FECHA DE ENTREGA: 30 de enero de 2009 / 22:00 horas

DATOS IMPORTANTES: Varón portugués blanco, 70 años, 1,72 cm. de altura y 77 kilos de peso, viudo desde hace diecisiete años. Actualmente, pasa la mayoría del tiempo sentado en un banco del Parque del Retiro dando de comer a las palomas.

HOBBIES: Partida de ajedrez cada anochecer con un vagabundo compatriota llamado Alfredo Pinto en su banco de siempre.

MODUS OPERANDI: Planteamiento de la situación y preparación del escenario, operación desalojo del acompañante, secuestro coordinado y autopsia en vivo en el aula de torturas bajo mi supervisión.


“¿Alguna pregunta ahora que habéis visto qué debéis hacer?”, preguntó Ariel Mendoza.

“¿Podemos secuestrarlos en cualquier momento?”, cuestionó Borchi, sin duda impaciente por comenzar con la operación.

“Lo importante es el resultado y como ya os dije, el fin justifica los medios. No obstante, os recomiendo que aprovechéis sus momentos de relax, mientras ejecutan sus hobbies, para llevar a cabo la operación”, respondió el profesor. “¿No tienes nada que decir, Said?”.

“Aún lo estoy asimilando. He estado buscando el paradero de Filipe Santos desde hace años, pero nunca supe que se había exiliado en España. Me alegra pensar en el sufrimiento que le voy… vamos a aplicar a este asesino sin escrúpulos que participó en el exterminio de mis padres. Te agradezco que me lo hayas puesto a tiro. Esto pone las cosas mucho más interesantes para mí”, finalizó Said Asecas.

“Sabía que te iba a gustar. Te lo debo por haber participado en la muerte de tus padres y qué mejor manera de resarcirte de tu dolor que cruzar tu camino con el de Filipe, pero recuerda que es un trabajo de equipo y que no puedes actuar en solitario ni dejarte llevar por tus rebosantes instintos de odio y venganza”, replicó Mendoza con una amplia sonrisa en la boca mientras daba una palmadita amistosa en la espalda a Said Asecas.

“Y tú recuerda que si no fueras inmortal, ya estarías descuartizado y todas tus extremidades estarían esparcidas por Marimba. No pierdo la esperanza de librarme del dolor, pero para ello debo averiguar cómo acabar contigo. Sigues en mi lista”, expresó firmemente el angoleño con otra espléndida sonrisa, apartando la mano de Ariel Mendoza de su hombro.

“Valiente gilipollas”, gritó Ariel Mendoza ante las miradas de incredulidad del resto de psicópatas, que sin duda temían que la katana del profesor volviera a volar sobre sus cabezas. “¿Me estás amenazando? ¿Es que quieres morir, porque si es lo que quieres…?”.

“No tienes razón para temerme. Nada puede acabar contigo, ¿verdad? Pues entonces no te sientas amenazado. Sólo quiero que sepas que agradezco el gesto de entregarme a Filipe, pero ten muy claro que eso no cambia la historia y que tú,  tarde o temprano, deberás pagar. Y si eres realmente el hombre al que tanto respetan mis compañeros, me dejarás vivir porque sabes que tengo motivos para querer verte exterminado”, replicó Said Asecas en un alarde de serenidad.

“Quizá tengas razón Said, pero no tientes otra vez a la suerte porque seguramente, la moneda la próxima vez te dé la espalda y tu cabeza acabe en el estante de las cabezas como acabaron las de Martillo y Javi Altorreal”, dijo Ariel Mendoza, señalando con su dedo índice la tabla que había colocado al fondo de la sala en la que, realmente, había colocado las cabezas sin vida de los alumnos más problemáticos, como si de ciervos se tratara. “Ni una insolencia más. Vuestras cabezas dependen de ello”.

“La verdad es que la cabeza del negro daría un toque más internacional a la estantería, pero por favor, dejemos las disputas personales y vayamos a lo que realmente importa: nuestras verdaderas víctimas, el loquero y el viejo”, interrumpió Morcillo, intentando quitar hierro al asunto con su característico, y en ocasiones, extraño sentido del humor. “Además, tendrías que ampliar el grosor de la estantería para colocar la cabeza de Said, porque más que cabeza, parece que tiene un planeta encima de sus hombros”.

“¿Quieres un billete de ida a Marimba, campesino imbécil?”, recriminó Said, fulminando con la mirada a Morcillo. “Es muy bonita”.

Siempre es interesante observar hasta qué punto el sistema capitalista está inmerso en la sociedad del siglo XXI y en este caso, hasta dónde es capaz de llegar una persona para dar rienda suelta a sus más oscuros, siniestros y escondidos pensamientos destructivos. No en vano, Ariel Mendoza siempre repite que sólo existen dos palabras que pueden realmente mostrar lo que diferencia a los seres humanos de los psicópatas, ya que ambos grupos se complementan: NECESIDAD y SATISFACCIÓN.

Una NECESIDAD que unos centran en la búsqueda de la felicidad y que los otros, como buenos comerciantes, SATISFACEN acabando con su búsqueda de la manera más fácil posible: en la mayoría de los casos, una caja de pino. Y es que generalmente, como asegura Mendoza, las relaciones humanas son puro marketing.