“Última llamada para los señores pasajeros del vuelo A-842 con destino Madrid, Lindsay Vikki Siver y Luca Grossi. Diríjanse a la puerta de embarque
“Creo que nos llaman a nosotros, Lindsay”, sonrió Luca a su compañera mientras se desperezaba y la instaba a levantarse y salir corriendo para conseguir embarcar a tiempo.
“¡Nos hemos dormido! ¡Corre! ¡Y no me llames Lindsay!”, contestó Siver a la vez que asía con fuerza su pequeño equipaje de mano.
“Espere, somos nosotros. ¡No cierre, por favor!”, gritó Luca a una azafata que estaba a punto de cerrar la puerta de embarque al fondo de la estancia. “Espereeeee”.
“Os hemos llamado cuatro veces. ¿En qué estabais pensando?”, comentó la azafata. “Estos jóvenes… dejando todo para el último momento, como siempre”.
“Lo sentimos, señora. No volverá a pasar”, le aseguró Luca con una sonrisa forzada.
Apenas había
“¿No tendrás miedo a volar? ¿Has intentado burlarte de mí diciéndome que el avión era totalmente seguro cuando tú misma tienes miedo a subirte a este avión? Fíjate bien, Vikki. El avión parece bastante viejo. ¿Y si se cae en medio del Mediterráneo y nadie nos encuentra? O peor, ¿Y si somos pasto de los tiburones?”, sonrió el apuesto italiano.
“No es eso, bobo. Es que me he tomado un relajante muscular y creo que está empezando a hacerme efecto. Me encuentro muy cansada pero tú puedes seguir diciendo tonterías de periodista”, dijo Vikki Siver con una voz extremadamente dulce.
“Me alegro de que no te asusten los aviones, porque como hemos llegado los últimos, me temo que nos tocarán asientos en la cola del avión y allí…”, exclamó Luca.
“Allí, ¿qué?”, preguntó Vikki.
“Allí se notan muchísimo más las turbulencias y además, los asientos son más estrechos. Así por lo menos, podremos sentarnos juntos y conocernos mejor. Acuérdate que el roce hace el cariño”, rió Luca mientras el rostro de Vikki se ponía más blanco por momentos.
“Campeón, me parece a mí que tú eres un experto jugador de parchís”, espetó Vikki.
“¿Por qué dices eso, Vikki? Yo no sé jugar al parchís. En Italia sólo jugamos al Calcio”.
“Porque por tu forma de hablar, creo que eres de esos tíos que se comen una y cuentan veinte. Y para colmo, eres periodista y con los periodistas ya se sabe…”, dijo Vikki Siver a la vez que soltaba una carcajada.
“Touché, rubia”, asintió cortésmente Luca Grossi, impresionado por el comentario de su nueva amiga. “Creo que tú y yo nos vamos a llevar bien”, concluyó mientras ambos subían los últimos peldaños de la escalerilla que daba acceso al avión.
Una vez dentro, el reducido espacio por el que pasajeros y tripulación podían desplazarse inundó a Luca en una profunda angustia, quizá producida por su fobia a los espacios comprimidos. Y como era de esperar, el precio de los billetes de la compañía aérea de bajo coste hizo que ese vuelo en particular, se llenara casi por completo.
“Mira Luca. Ahí hay dos sitios. Ven”, comentó Vikki.
“En la cola, como suponía. En fin, no nos queda otra”, se resignó Luca como lo hace alguien que sabe que la vida, a veces, puede parecer injusta para las buenas personas.
Minutos después y tras colocarse los cinturones de seguridad, se hizo un segundo el silencio y el avión despegó súbitamente, alzándose como un cohete.
Mientras Vikki Siver sacaba un mp3 de su pequeña bolsa de mano, Luca se encomendaba a todos los santos que le pasaban por la cabeza. Sin duda alguna ese día, San Marcos, Santa Rita, San Nicolás, San Antonio y el resto de santos del Vaticano tendrían trabajo extra con el italiano.
“¿Decías que era yo la que tenía miedo a este avión? ¿Y si nos caemos de verdad en medio del Mediterráneo…?”, susurro Vikki al tembloroso oído de Luca a la vez que el avión alcanzaba los
“Está bien. Lo reconozco. Tengo miedo a volar, pero siempre que tengo miedo a algo, me sale el vacilón que llevo dentro. Si te soy sincero, estoy aterrorizado”, contestó Luca Grossi.
“No te preocupes ragazzo, yo estoy aquí contigo. No va a pasar nada. El viaje apenas dura un par de horas. Intenta descansar, si es que estos minúsculos asientos te permiten coger acomodo. Si necesitas algo, dímelo, ¿de acuerdo?”, dijo Vikki.
“Sí, mamá…”, comentó jocosamente Luca. “En serio, muchas gracias. No sé qué hubiera sido de mí si no te hubiera conocido hoy”.
“Te habrías aburrido mucho. Y mírame a los ojos, que están un poco más arriba”, respondió locuazmente Vikki Siver a la vez que le guiñaba un ojo al descarado italiano.
Los rayos del sol entraban como puñales afilados por las pequeñas ventanillas del avión, lo que provocó que más de un pasajero bajara la minúscula tela dispuesta en la parte superior del cristal, que hacía las veces de cortina. Había pasado algo más de una hora cuando, de repente, el avión comenzó a desplazarse bruscamente, arriba y abajo, arriba y abajo, al entrar en una zona de turbulencias.
“No puede ser. Ahora turbulencias. Nos vamos a caer. Nos la vamos a pegar contra el suelo. ¿Cómo ha dicho la azafata que se colocan los chalecos salvavidas? No entiendo porqué las azafatas de una compañía aérea que viaja a España desde Italia, solamente hablan en inglés. No quiero morir, Vikki. Soy… Somos muy jóvenes para dejar este mundo. Tenemos muchas cosas que hacer aún. Tenemos que…”, espetó Luca.
“¡Cállate de una vez, Grossi!”, le interrumpió Vikki, cogiéndole del brazo. “Es sólo una zona de turbulencias. Es normal. No te preocupes y quita las manos del chaleco salvavidas, que estás asustando al resto de pasajeros. Te he dicho que no pasará nada”.
Media hora después, todo en el avión volvía a la calma. “¿Ves? Todo ha vuelto a la normalidad. Las turbulencias han pasado. Eres un cenizo”, le increpó Vikki.
“Lo siento, rubia. Ha sido un ataque de pánico. Perdóname. Te estoy dando el vuelo…”, dijo cabizbajo Luca Grossi.
“Estate tranquilo, Luca. No pasa nada. Relájate. Imagina que estás en algún lugar en el que siempre te hayas encontrado muy cómodo. Además, quedan unos minutos para llegar. Antes de que te des cuenta, estarás hablando de tus cosas con la gente del trabajo”, dijo Vikki.
“Antes has dicho que si necesitaba algo te lo dijera, ¿verdad?”.
“Sí. Claro. ¿Qué necesitas?”, preguntó Vikki Siver.
“Te necesito a ti”, dijo Luca a la vez que un silencio embarazoso se apropió de las vidas de Luca y Vikki. “Perdona, me he expresado mal”, rectificó rápidamente el italiano ante el incómodo momento. “Quiero decir que necesito tu teléfono porque siento que te debo una invitación por todo lo que has tenido que aguantar en este vuelo. Yo me conozco y sé que puedo resultar muy pesado.”
“Pues me parece que no va a poder ser, Luca. No creo que …”
“Ahh… vale. No tienes que… perdóname otra vez”, balbuceó un avergonzado Luca Grossi. “Seguramente tengas novio y yo aquí, que tonto… ¿Cómo una chica así no iba a tener…?”
“No, no… para. Ahora eres tú el que me has entendido mal”, dijo raudamente Vikki.
“Nunca te he dicho que tenga novio. Quiero decir que no te voy a dar el teléfono porque me lo vas a dar tú a mí. Los tiempos han cambiado, italiano. No te pongas como un tomate”, dijo Vikki mientras guiñaba coquetamente un ojo a Luca. “Por cierto, ¿no te molestará que te llame así?”
“Qué vergüenza. Normalmente no actúo así, pero es que me has impresionado tanto que no podía dejar de pensar cómo pedirte el teléfono”, se volvió a sincerar Luca. “Tú puedes llamarme como quieras, pero prométeme que lo harás para cenar por Madrid. Apunta: 682 556…”.
“Es extraño, pero me has caído bien. Quién sabe… A lo mejor quedamos para desayunar”, le susurró Vikki Siver a un Luca Grossi totalmente entregado, mientras una azafata les instaba a descender del avión porque, de nuevo, eran los últimos que quedaban (esta vez, por bajar).
“Yo también te quiero, rubia. Quien sabe… A lo mejor éste es el comienzo de una bonita historia”, comentó Luca. “Llámame cuando quieras. Y si te apetece visitarme, estaré un par de días en el Hotel Mirasierra, cerca del centro de Madrid”.
“Es posible que me deje caer por tu hotel. Incluso es posible que te enseñe a jugar al parchís, periodista”, dijo Vikki mientras se despedía y subía a un taxi en la puerta del aeropuerto.