“¿Sí? ¿Dígame? ¿Quién es?”, preguntó Rodrigo nada más descolgar su teléfono móvil de última generación.
“¿Ya no te acuerdas de mí? Han pasado unos años, pero no pensaba que te habías olvidado tan pronto. A lo mejor desayuno contigo para refrescarte la memoria. Nos vemos”, respondió una dulce voz femenina al otro lado del teléfono justo antes de colgar y apagar el móvil para que Rodrigo no pudiera intentar una rellamada.
Rodrigo no recordaba aquella sensual voz, pero sospechaba que esa amnesia temporal que parecía padecer en aquel momento se debía a que la cena de la noche anterior había resultado excelente pero copiosa. Nunca le había pasado nada igual. De hecho, durante unos instantes llegó incluso a perder el conocimiento.
Aquella fue una de las peores noches que había pasado el abogado en sus 26 años de vida. Desde pequeño, Rodrigo había tenido problemas intestinales cada vez que debía enfrentarse a un reto personal que lo aterraba. Era lo que los médicos llamaban miedo ante lo desconocido. Por eso, cada examen desde el instituto, cada visita al médico y hasta cada declaración amorosa que había hecho Rodrigo Suárez en su vida suponía sin excepción la venida de unos síntomas nerviosos que conducían al joven hacia una enfermedad más psicológica que física que normalmente podía durar hasta tres días. Pero había madurado… y como le dijo en una ocasión Ariel Mendoza, se había convertido en un psicópata de alta escuela.
“Otra vez esta sensación… Necesito una ducha”, se dijo a sí mismo Rodrigo, intentando recordar a quién pertenecía aquella voz cuya dueña quería desayunar con él.
El agua de la ducha estaba demasiado fría pero fue el propio abogado el que así lo decidió. Necesitaba imperiosamente despejar sus ideas y ahuyentar a los malos espíritus que lo habían atacado la noche anterior antes de dirigirse con el resto de sus compañeros de grupo a su lugar de reunión: el Hostal Nápoles y la habitación 22. Y para conseguirlo, una ducha fría a las diez de la mañana, si conseguía algo, era reparar cuerpo y mente.
Cuidadosamente, Rodrigo había preparado sobre la mesilla de su habitación todo lo que debía llevarse a la reunión, con la antelación que lo hace el que sabe que no puede dejar nada para la misma mañana. Y por eso, gracias a su responsabilidad, pudo gozar de una ducha relajada y un apurado afeitado antes de bajar al bar de la esquina con el tiempo suficiente para desayunar con tranquilidad. De hecho, gracias a su previsión, aún le quedaba una hora de espera hasta que llegara su compañera.
Rodrigo había acordado con Dimaggio, (sin duda, su mejor amiga dentro del grupo psicópata) que lo pasara a buscar sobre las once de la mañana en la puerta de su hotel para acompañarlo al Hostal Nápoles, que se encontraba a escasos ciento cincuenta metros de allí.
Sin embargo, tras saborear rápidamente un café con leche y unas tostadas con mermelada de fresa, (de esas que le encantan al asesino del paintball) descubrió que si bien no había llegado aún Dimaggio, sí que estaba apostada a la pared de su hotel, como si de un ornamento más de la fachada se tratara, una chica de unos treinta y pocos años, de pelo castaño, ojos de un verde tan intenso como las hojas de los robles y una piel tan morena que, sin duda, había estado bronceándose bajo el sol en alguna playa durante todo el verano.
“Buenos días, Rodri. Te dije que a lo mejor desayunábamos juntos, ¿recuerdas? Soy Nai, Nai Dante. No te acuerdas de mí, ¿verdad? Iba con tu hermano Fran al instituto cuando tú apenas levantabas un palmo del suelo”, respondió la chica con una bella sonrisa, naturalmente acrecentada por el blancor excelso de la dentadura más perfecta que había visto Rodrigo en su intensa vida.
“Ya he desayunado, gracias. No suelo desayunar con las amigas de mi hermano, por muy guapas que sean. Tengo vida propia”, replicó Rodrigo.
“Yo tampoco suelo desayunar con chicos bordes que no me recuerdan, pero me apetecía romper mis propias reglas, ¿sabes?”, respondió Nai. “De todas formas, quiero que tengas en cuenta que si tú eres un borde, yo ahora soy una mafiosa muy peligrosa”.
“Ya, claro. Eso me pareció a simple vista. Yo ahora he crecido y soy Marine de los EEUU y psicópata en mi tiempo libre. ¿No te lo había dicho? Quizá debería atarte mucho más de cerca, por la seguridad del mundo, ¿no crees?”, dijo Rodrigo medio en broma medio en serio.
“Aún no existe el hombre que me ate muy de cerca. Soy yo quién decide cuándo y dónde ato a un hombre... literalmente. La verdad es que yo no tengo mucha hambre, pero, ¿Desayunamos ya o subimos a que te des una ducha fría, Marine?”, preguntó Nai a la vez que le proyectaba un guiño a Rodrigo. “Subamos a tu habitación. Quiero enseñarte algo”.
“Nai, no me malinterpretes, pero, ¿Qué haces aquí? Te encuentro muy cambiada desde la última vez. Me has encontrado por los pelos, porque he quedado con… he quedado con… una amiga para… para tomar un aperitivo…”, balbuceó Rodrigo.
“¿Has quedado con tu novia Dimaggio?”, preguntó sin pensarlo Nai.
“No… no. No tengo novia. Pero, ¿Cómo sabes que he quedado con Dimaggio? Es solamente una amiga… bueno, una compañera de trabajo más bien”, se justificó Rodrigo.
“No me importa que tengas una novia secreta, Rodri. Menuda es Dimaggio para esas cosas. Al último lo abrió en canal…”, confesó Nai.
Nai había sido el primer amor de Rodrigo cuando éste apenas tenía doce años. De hecho, Nai fue la primera chica a la que aquel niño vio y palpó parcialmente desnuda. La chica, acostumbrada a llevar camisetas tres tallas más grandes que la que ella lucía normalmente, (sin duda siguiendo algún tipo de moda impuesta desde Estados Unidos) apareció una tarde con una camisa blanca, tremendamente ajustada y con tan sólo tres botones abrochados, lo que le proporcionaba a la joven un escote cuanto menos atractivo para un niño que comenzaba a descubrir la sexualidad.
A la joven siempre le había gustado jugar con Rodrigo, insinuándosele desde que éste tenía diez años. Sin embargo, Rodrigo de niño siempre fue muy ingenuo y nunca se dio por enterado de las artimañas que Nai utilizaba con él para conseguir sus objetivos. Pese a todo, una tarde de hace más de diez años, Nai fue un paso más allá aprovechando que los padres de Rodrigo y Fran no estaban en casa.
“Rodrigo, ¿Has visto alguna vez a una chica desnuda?”, preguntó descaradamente Nai, ante la mirada inocente del niño.
“Pues, creo que no. Bueno, una vez vi a unas mujeres tumbadas en la playa sin la parte de arriba del bañador, pero me dijo mi padre que estaban tomando el sol en troles”, respondió el pequeño Rodri.
“En topless, Rodri. Yo lo hago en la playa desde hace unos veranos. Es muy divertido. El sol me hace cosquillas pero se me pone el pecho muy bronceado. Mira”, dijo Nai mientras se desabrochaba los botones de su camisa con sus penetrantes ojos puestos en Rodrigo, dejando en unos segundos sus morenos pechos totalmente al descubierto.
“¿A que no te esperabas que estuvieran tan morenos?, sonrió Nai.
“Pues los que yo vi en la playa eran más grandes y estaban más negros, pero los tuyos parecen más duros que los de aquellas mujeres. Tenían por lo menos cuarenta años”.
“¿Quieres tocarlos? Ven…”, dijo mientras cogías las temblorosas manos de Rodrigo y las colocaba directamente sobre ella. “¿Te gusta?”.
En un instante, la puerta se abrió y una voz suave atravesó todos y cada uno de los rincones de la casa. “Chicos, ya estoy en casa”, dijo la madre de los Suárez.
Rápidamente, Nai cogió su camisa y se metió en el baño del piso de abajo, con la fortuna de que la madre de Rodrigo no se percató de nada, ya que se entretuvo leyendo el correo que el cartero había llevado esa misma mañana.
Pero ya de vuelta a la realidad, por un momento, Rodrigo creyó estar aún soñando. Se le estaba insinuando la chica más guapa que había conocido en su vida y eso le ponía nervioso. Y por si fuera poco, esa chica conocía a Dimaggio y parecía que ambas compartían profesión.
“Eres casi una desconocida, pero tienes algo que me atrae y no sé que es. Tengo muchas preguntas y apenas una hora libre hasta que llegue Dimaggio. Pediré que nos suban el desayuno en media hora. Vamos a mi habitación y me cuentas”.
“Soy una chica normal, como el resto de chicas que puedas conocer. Lo único diferente es que sabes que soy una mafiosa, como Dimaggio. Pero tranquilo, no me han mandado aquí para matarte… más bien al contrario. Subamos, que tengo que mostrarte algo que creo que te va a interesar”.
“Me tienes intrigado. Vale. Subamos”, dijo Rodrigo mientras llamaba al ascensor para subir a su habitación, ya que no le apetecía nada gastar la energía de una forma tan poco provechosa. “Dame un segundo, que me están llamando. Es de la oficina. Ahora te acompaño. Ve entrando tú”.
La habitación estaba completamente ordenada, impoluta, seguramente debido a la obsesión por el orden y la limpieza que la madre de Rodrigo había inculcado a su hijo. Tanto, que incluso se había hecho la cama esa mañana antes de bajar. La ventana de la habitación, la misma que daba a un parque con unos columpios bastante abandonados, había estado medio abierta toda la noche para dejar entrar el aire capitalino que tanto gustaba respirar a Rodrigo.
“Veo que la has encontrado tú solita. Estás en tu casa”, dijo Rodrigo mientras se dirigía a cerrar la ventana. “Parece que hoy va a hacer frío”.
“Rodri, he hablado con Dimaggio sobre ti y tengo una propuesta que hacerte, ¿Qué prefieres, negocios o placer?, susurró Nai colocándose detrás de Rodrigo y agarrándole de la mano, obligando a éste a girarse.
“Prefiero atarte”, comentó rápidamente y sin dudar Rodrigo, besando efusivamente a Nai y empujándola contra la pared. “Si te desatas, luego hablamos de negocios”.
“Me parece que aún no lo has entendido, Rodri. No puedes atarme… nadie puede”, contestó sonriente Nai.
“Yo sí puedo. ¿Te valen estas cuerdas?”, dijo Rodrigo enseñando a Nai unas de cuerdas que había cogido de la cortina de la habitación mientras cerraba la ventana, maniataba de pies y manos a Nai contra la cama y le desabrochaba la camisa hasta dejar sus pechos al descubierto. “Tienes el pecho más moreno que la última vez que lo vi. ¡Y te ha crecido!”.
“Eres una caja de sorpresas, Rodri. Veo que tienes memoria para lo que te interesa. Parece que el niño ha crecido…”, dijo Nai pícaramente.
“Tengo que confesarte algo, Nai. Te he mentido. Yo…”.
“¿Tú qué? ¿No me digas que no eres Rodrigo?”.
“Sí, sí lo soy, pero te mentí cuando dije que soy Marine de los EEUU. En realidad soy abogado. Sólo lo dije para llevarte a la cama”, rió Rodrigo.
“Yo también te he mentido, Rodri. Lo siento. Supongo que no lo he podido evitar”.
“¿Ah, sí? ¿En qué me has mentido, vamos a ver?”, preguntó Rodrigo mientras lanzaba los zapatos a la otra punta de la habitación.
“Pues… Te he dicho que no tengo mucha hambre pero la verdad es que yo sí tenía mucha hambre. Ahora me apetece desayunarme un abogado… ¿te vale?”.
“Prometo no entregarme a la policía después de asesinarte dentro de un rato. ¿Eso te vale a ti?”, replicó Rodrigo, amordazando violentamente la boca de Nai Dante para que no pudiera gritar.
“Detente. ¡No me gusta esto!”, consiguió decir Nai desplazando hacia la derecha su mordaza justo antes de que Rodrigo la abofeteara, le apretara aún más y cambiara su habitual rostro pacífico por otro más sádico.
“El Destino es muy caprichoso, ¿no crees? Siempre fui un niño inocente, sin maldad… hasta que te conocí. Desde ese momento, el lado más oscuro de mi ser ha aparecido, se ha adueñado de mí y me ha convertido en lo que soy. Sólo he pensado en el día en el que te cruzaras de nuevo en mi camino para hacértelo pagar. No sé lo que te habrá contado Dimaggio sobre mí, pero te aseguro que se habrá quedado corta. Por tu culpa, ahora soy un psicópata despiadado que busca venganza”.
“Y a ti, que estás al borde de la muerte, sólo se te ocurre decirme que pare. Nai, tengo unas preguntas para ti”, dijo Rodrigo mientras se ponía aún más cómodo, quitándose el resto de la ropa y colocándose rápidamente sobre su invitada.
“¿Por qué quisiste arrebatarme mi niñez? ¿Qué ganabas pervirtiendo a un inocente niño de doce años? ¿Por qué rompiste mi familia, acostándote con mi padre mientras que mi madre no estaba? ¿Creías que no lo sabía? Era pequeño, no estúpido jodida guarra”, prosiguió Rodrigo.
Además, ¿Cómo llegaste a confiar en Dimaggio? Antes, cuando te dije que me llamaban de la oficina, te mentí: era Dimaggio. Me ha contado tus planes y tu propuesta de asesinar al Embajador de Israel en España. Pues bien, Dimaggio y yo hemos hablado y tenemos dos noticias que darte: una buena y otra mala. La mala noticia es que creemos que asesinar al Embajador de Israel en España es una operación demasiado arriesgada en estos momentos, pero la buena noticia es que sí va a haber un asesinato. Te vamos a asesinar a ti. ¿Qué te parece? Yo necesito verte muerta y Dimaggio no olvida que la traicionaste en Nápoles hace un año y medio.
No voy a negar que te deseo ni que te he deseado desde que te vi. Deseo tu cuerpo, tu boca, tus piernas, deseo tus preciosos pechos, deseo tu culo… pero deseo aún mucho más verte sufrir y suplicar por tu vida. Pagarás lo que me has hecho a mí y a mi familia. Lástima que me vaya a quedar con las ganas de saber las respuestas a todas esas preguntas porque no podrás responderme: para empezar, voy a arrancarte todos los dientes, uno a uno, y te voy a partir la mandíbula con este martillo tan bonito que tengo aquí. Espero que reconozcas que únicamente podrás reconfortarme entregándome tu vida”.
Diez minutos después, Dimaggio apareció con su maletín personal en la habitación de Rodrigo y se acercó hacia la cama.
“Hola Nai. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Se lo has explicado ya, Rodrigo? ¿Lo ha entendido todo?”, comentó Dimaggio a Rodrigo mientras colocaba su habitual cámara de vídeo para grabar toda la escena y extendía todos sus artilugios de la muerte sobre la mesilla de la derecha.
“Sí. Ya sabe que va a morir en unos minutos”, contestó Rodrigo.
“¿De verdad que no quieres forzarla? Por mí no hay problema. Si quieres, esperamos unos minutos más mientras te resarces. No hay prisa”, replicó Dimaggio mientras guiñaba un ojo a Rodrigo.
“Ya la violarán en el infierno. Ahora, divirtámonos”, finalizó Rodrigo.
0 comentarios:
Publicar un comentario