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CAPÍTULO 24: DIOS BENDIGA ITALIA

viernes, 26 de junio de 2009

“Maestro, ¿Qué es todo esto?”, comentó con sorpresa Luca Grossi al descubrir que, además de una alfombra y unas paredes aparentemente ensangrentadas, aquella sala escondía varios monitores que mostraban, desde diferentes ángulos, lo que parecía una habitación de hostal y un antiguo salón en el que estaban reunidas varias personas.

“Ésa es tu iniciación”, contestó Ariel Mendoza.

“No le entiendo, maestro. ¿Qué quiere decir?”, insistió el italiano.

“Esas personas que aparecen en los monitores están planeando asesinarme. Tu iniciación consistirá en adelantarte a sus planes y acabar con ellos. Si lo consigues, te prometo un futuro que jamás habrías imaginado ni en el mejor de tus sueños, pero si no eres capaz de serme útil, tu cabeza acabará junto a las de otros que como tú prometían mucho pero que al final no dieron la talla”, replicó Mendoza con rostro serio.

“Pero maestro, yo no soy un asesino. He violado muchas leyes, pero jamás he violado la ley natural que dice que no se debe matar a seres de mi misma especie sin motivo alguno”, reflexionó en voz alta Luca, aunque no sin aprietos.

“Me temo que no tienes muchas opciones, joven aprendiz. Has hecho lo indecible para llegar hasta mí, para conseguir mi tutela y ahora que estás a un paso de conseguirlo, vienes a mi casa y me insultas aludiendo a una ley natural que te impide asesinar a las personas que amenazan mi existencia. Pues te diré una cosa que no quiero que olvides en tu vida: ¡No son tus iguales, ni tus semejantes… son tus enemigos y esa misma ley natural de la que me hablas dice que tendrás que matarlos si no quieres morir!”, gritó Ariel Mendoza ante la acongojada mirada del italiano, que si hubiera sido una tortuga se hubiera escondido, sin duda, bajo su duro caparazón esperando a que escampara la tormenta.

“No quisiera parecer impertinente, señor, pero me gustaría saber algunas cosas. ¿Por qué quieren matarle, maestro? ¿Cómo es posible que haya alguien que se atreva a insinuar que lo matará y que conspire para acabar con usted?”, volvió a preguntar Luca, tremendamente intrigado aunque temeroso de conocer la respuesta que su maestro le fuera a dar.

“Estás haciéndome muchas preguntas y tú aún no has hecho nada por mí. Hace años, una décima parte de tu insolencia me habría obligado a cerrarte la boca para siempre, pero alguien muy importante para mí te ha cogido cariño y por respeto a esa persona, te lo voy a perdonar. Pero te aseguro que mi paciencia es muy corta y no me hago responsable de tu propia irresponsabilidad. Estás avisado”, comenzó a decir Ariel Mendoza mientras asía una copa de vino rosado y el sonido de alguien pulsando las teclas del control digital de la entrada se hacía cada vez más rotundo. “Aquí está. Espero que en Italia te hayan enseñado a ser agradecido, porque a la persona que va a entrar por la puerta le debes lo más importante que tienes: tu propia vida”.

“¿Ha llegado Marco, mi buen amigo? ¡Quién si no! Por supuesto que le estoy agradecido por todo lo que ha hecho por mí en los últimos tiempos. Es mi auténtica familia y lo adoro. No estaría aquí sin su gran ayuda”, dijo con orgullo el italiano eliminando el miedo de su rostro y convirtiéndolo en satisfacción.

“¡Hola papi!”, dijo desde la otra punta de la habitación lo que parecía una simple repartidora de paquetes. “Veo que has conocido al ragazzo y que aún sigue con vida. Me alegro. Así podré desayunar con él mañana, como le prometí. Por cierto, ya he entregado tu paquete”, confesó la chica que acababa de entrar en la sala a la vez que se acercaba sigilosamente hacia donde se encontraban Ariel Mendoza y Luca Grossi.

No podía ser. Estaba en un error. Una alucinación quizá. ¿Le estaría jugando una mala pasada el miedo? La conocía. Sin duda, aquella figura le resultaba familiar a Luca, aunque estaba claro que no se trataba de Marco Ramírez, su gran amigo y mentor. Sin embargo, no fue hasta que esta chica se colocó a unos veinte metros cuando, no sin dificultad, consiguió convencerse y dejar de hacer conjeturas. Aquella melena rubia que apenas podía contener una gorra de color naranja, aquellos ojos, aquella sonrisa… aquella voz, aquel ragazzo y aquella promesa sobre un desayuno. Estaba claro. Era ella. Pero, ¿Qué hacía allí? Luca, sin duda, no entendía nada.

“¿Vikki? ¿Lindsay Vikki Siver? ¿Qué haces aquí? ¿Me has seguido? ¿Por qué lo has hecho? ¿Qué quieres de mí?”, preguntó incesantemente Luca Grossi ante la atenta mirada de su vieja conocida.

“¿Lindsay? Tienes mala memoria, ragazzo. Odio que me llamen Lindsay y lo sabes. ¿Seguirte yo hasta aquí? ¡Por quién me has tomado! Aquí el paparazzi eres tú. Sólo quería saludarte e invitarte a desayunar mañana. Papi, quizá no debí pedirte un trato de favor con él. Por mí, puedes cortarle la cabeza aquí mismo… no me interpondré”, respondió sin pestañear la joven de cabellos dorados.

“Eh, eh, es… esp… ¡Espere maestro!”, se abalanzó a decir el joven italiano al observar con terror que Ariel Mendoza extraía de su cinto una espada japonesa de cuyo nombre no lograba acordarse. “Guarde esa espada. Ha sido todo un malentendido, señor, por favor. Deje que me explique. Vikki, por favor, perdóname. Lo siento. No quería ofenderte. Me ha sorprendido verte, eso es todo. Hablemos, por favor. ¿De acuerdo?”.

“Te has acojonado, italiano. Necesitas unos pantalones secos, ¿Verdad cariño?”, comentó risueñamente Vikki, a la vez que Ariel Mendoza asentía con gesto amable y distendido señalando con su katana la entrepierna de Luca Grossi, al que sin duda los nervios y el miedo le habían traicionado. “Era todo una broma. Con lo que nos ha costado traerte aquí, ¿Cómo íbamos a matarte así, sin más? Pero no vuelvas a llamarme Lindsay por si la próxima vez la amenaza de cortarte la cabeza se convierte en una realidad”.

“¿El maestro es tu padre, Vikki? Ahora lo entiendo todo. Tú y yo no nos conocimos casualmente en el aeropuerto. Viniste a probar mi valía y acreditar si merecía el honor de conocer a tu padre. Entonces, ¿Fue todo una gran mentira? Apuesto a que ni tu nombre es de verdad”, concluyó apenado el joven periodista italiano.

“Las cosas no debían salir así. Éste no era el plan.”, dijo en voz baja la chica ante la fija mirada de su padre y del joven italiano.

“¿Ah, no? ¿Y cuál era el plan? ¿Por qué ha salido mal?”, replicó Luca rápidamente, casi sin darle tiempo a Vikki Siver para pensar una respuesta.

“Porque no debía enamorarme de ti. Esto hace las cosas más difíciles”, confesó con sinceridad la joven rubia.

“Ya está bien… ¡Los dos! Dejaos de sentimentalismos. Nunca debéis subestimar al Destino, pero no estamos aquí para hablar de eso. Luca, tienes una misión que cumplir y ahora que sabes que soy el padre de Vikki, se ha convertido en algo personal. Quieren asesinar al que podría ser tu futuro suegro”, comenzó a decir Ariel Mendoza.

“Te diría que si las cosas salen bien, algún día todo esto será tuyo, pero te engañaría porque soy inmortal y nunca moriré, pero eso es otra historia que ya te contaré en otro momento. Ahora, acompañadme al sótano, que tenéis que conocer a algunas personas”.

“Ha dicho tu padre que es inmortal? ¿Estará de broma, no?”, susurró Luca a Vikki mientras descendían unas escaleras que los llevarían hasta el sótano.

“Cállate. Ya conocerás a papá. Él es así. Sigámosle para ver qué tiene que mostrarnos”, replicó Vikki silenciosamente mientras le daba un pellizco en el trasero al apuesto italiano. “Dios bendiga Italia”.

CAPÍTULO 23: KÉTCHUP

lunes, 18 de mayo de 2009

“¡Qué casualidad! Esa misma frase me la dijo Vikki antes de subir al avión que nos traía a Madrid”, comentó Luca a Marco Ramírez mientras se dejaba caer sobre una silla de madera junto a una puerta fabricada con algún tipo de metal extraño. “¿Qué hay ahí dentro?”, preguntó Luca, al descubrir un control digital de seguridad situado a la derecha del pasador. Fuera lo que fuese, esa puerta protegía algo muy importante al otro lado.

“Al maestro le encanta esa frase porque fue lo primero que aprendió de su amado mentor, el gran Ichi Zusuchi. Lo que no suele añadir es que muchas veces, es el filo de su espada el que separa la vida y la muerte, así que no metas la pata si no quieres acabar con tu cabeza sobre su particular estante. Conocerás el otro lado cuando él lo estime oportuno”, amenazó Marco, instándole a esperar sentado hasta que alguien saliera a buscarle.

El amplio pasillo que había recorrido junto a Marco (el mismo que le había conducido hasta la silla de madera en la que llevaba sentado algo más de treinta minutos) hizo sentir a Luca que, en otro tiempo, algún marqués o conde adinerado habría residido en esa estancia. Sin embargo, el aburrimiento, la impaciencia y el descaro propio de su juventud se aliaron para que Luca se levantara en más de una ocasión e intentara dar con una clave que le proporcionara acceso al interior de aquella habitación misteriosa. Pero por desgracia para él, ninguna combinación que había probado había dado los frutos esperados y debía seguir esperando una señal del interior que no se produjo hasta una hora y cuarto después de su último intento frustrado.

“El maestro te permite la entrada. Por favor, no lo hagas esperar”, espetó con claridad una voz masculina a través de unos altavoces instalados en lo alto de la sala. “Pulsa HAB22 y presiona ACEPTAR”.

“¡Qué curioso! ¿Por qué habrán elegido HAB22 como clave de acceso? No habría podido dar con ella ni aunque hubiera estado intentándolo durante mil años”, pensó instintivamente el joven italiano. “Supongo que las costumbres de las sectas satánicas varían en función del país. En Italia habrían puesto claves más lógicas como satanás o bercebú”.

Pese a todo, Luca sintió la necesidad de agradecer aquella señal proveniente de los altavoces. Le habían despertado de su aburrimiento y le proporcionaron la clave que necesitaba, pero como nunca le había gustado hablar con las máquinas, se limitó a guiñar un ojo en un tono cómplice dirigido a la cámara de seguridad que había apostada junto al altavoz de la izquierda, ignorando completamente lo que le aguardaba al otro lado.

“Siento haberle hecho esperar, Sr. Grossi”, pronunció una voz desde el fondo de la sala. “Es un placer tenerle aquí con nosotros. Perdone el desorden, pero ya sabe lo que ocurre con los chicos. No se les puede dejar que jueguen dentro de casa si uno quiere que todo esté en su sitio”.

“Por favor, llámeme Luca, señor”, respondió rápidamente el joven, sin duda aún impresionado ante la majestuosa e inquietante estancia que se había abierto ante él. “¿Es usted el maestro?”.

La alfombra repleta de manchas resecas de quién sabe qué y las paredes rojizas a simple vista, (y que al acercarse a la que tenía a su derecha descubrió que eran de color melocotón) no paraban de revolotear alrededor del cerebro de Luca, entremezclándose con otros pensamientos y preguntas que intentaban salir al exterior pero que no lo hacían por miedo y respeto ante aquella figura imponente.

¿Esto es la sala de la iniciación, la habitación que tanto he deseado ver? ¿Conseguiré contactar con el otro lado como me ha prometido Marco? ¿Todo eso es sangre? ¿Volveré a ver pronto la melena dorada de Siver? ¿Qué pensaría ella de esta habitación? ¿Estoy empezando a sudar? ¿Todo eso es sangre, de la de verdad? ¡Son salpicaduras de sangre, no hay duda! ¿Qué esperabas? ¡Ahora juegas en primera división! Tranquilo. Es normal, Luca. Ya no te dedicas a sacarle el dinero a pobres desgraciados que están deseando que alguien les dé una señal para dejarlo todo, hasta su vida si es preciso, para conseguir ser felices. Vas a entrar a formar parte de la mayor secta satánica de Europa. Aquí es normal ver sangre. No te alteres. Aparenta tranquilidad, que ahí viene el maestro. No sudes. ¿Por qué sudas? Estás nervioso y no puedes dejar que te vea intranquilo. Concéntrate. Respira hondo. Aquí viene… ¡Respira!

“Es kétchup”, dijo el hombre que se acercaba parsimoniosamente con una sonrisa en los labios, como si hubiera leído la mente de Luca.

“¿Cómo dice?”, replicó el italiano, secándose el sudor con unos pañuelos de papel que había comprado al llegar al aeropuerto.

“Que es kétchup. Lo de las paredes y lo de la alfombra… es kétchup. Tomate. Empezó como una fiesta de pijamas, los chicos comenzaron a experimentar con algo nuevo y se les fue de las manos. Pareces nervioso y no tienes motivos… aún (susurró). Soy Ariel Mendoza”.

“No estoy nervioso. Tengo un poco de calor”, respondió Luca. “Encantado de conocerle finalmente, maestro. Le quiero agradecer esta oportunidad que me ha concedido. Espero no decepcionarle y prometo seguirle hasta el final, pase lo que pase”.

“Habrá tiempo para todo. No tengas prisa. Primero deberás superar tu iniciación. Como italiano debes saber que el Imperio Romano no se fundó en un día y que para que llegara a su apogeo y máximo esplendor, tuvo que pasar algún tiempo. Piensa que tú eres un bebé romano y que aún te queda mucho camino por recorrer hasta que te conviertas en Imperio, pero no dudes que si me eres fiel, allá por dónde pises, te temerán y caerán rendidos o muertos a tus pies”.

CAPÍTULO 22: TAMBORES DE VENGANZA

domingo, 29 de marzo de 2009

El rancio reloj del salón marcaba, perezoso, las seis menos diez de la mañana. Era en realidad un regalo de la abuela Marina, suiza de nacimiento y argentina de corazón, que le dejó en herencia al fallecer por una larga y por momentos, dolorosa enfermedad degenerativa que la mantuvo al borde de la locura y de la muerte los últimos 16 años de su vida.

“Cinco minutos más, mamá”, gruñó Marco Ramírez al escuchar lo que le pareció una alarma, sin saber muy bien dónde estaba.

“¿Mamá? ¿A quién llamas tú mamá, gordo estúpido? Ese reloj está parado porque son las cuatro y cuarto de la tarde ¡Te has quedado dormido en medio de la reunión! Tu madre está en el curso de ganchillo al que la has llevado tú hace dos horas. ¡Despierta de una vez, que tenemos que planear cómo vamos a sacar la basura!”, dijo Said Asecas con claro gesto de desaprobación. “Y ese sonido no es ningún despertador. Están llamando a la puerta. Debe ser Tony, que ha bajado a por unas cervezas. Ve a abrir”.

Al dirigirse hacia la puerta con claros síntomas de desorientación y adormilamiento, el picaporte le pareció tan difícil de girar que por un instante se le pasó por la cabeza que se encontraba ante Excalibur, la espada incrustada en la piedra del Rey Arturo que sólo el verdadero rey podría alzar hacia el sol. “¿Quién es?”, preguntó justo antes de escuchar una voz suave, sugerente y sensual que le instaba a abrir la puerta y que parecía la de una mujer que tenía las cosas muy claras.

Transcurrió solamente un segundo, pero Marco juraría ante cualquier juez que se trató de un año entero. Casi superada la sensación de somnolencia y ante la insistencia de esa voz provocativa, Marco consiguió girar el picaporte de la puerta principal del piso de su madre, en el que se había reunido junto al resto de compañeros de grupo. Casi sin enterarse, se encontraba cara a cara con ella y sin tiempo para salir de su asombro, Marco vio que el rostro de una vieja conocida se encontraba al otro lado.

“¿Qué haces tú aquí, Vikki?”, preguntó Marco a la chica que se encontraba al otro lado del umbral de la puerta.

“Yo también me alegro de verte, Marco”, contestó la joven rubia mientras se acercaba al informático y le plantaba un beso en la mejilla. “Me envía mi padre para controlar la misión. Sígueme la corriente. Desde ahora mismo, no me conoces de nada”.

Al entrar al salón, junto a cuatro tapices del joven artista saudí Johnny Meca, de escaso valor histórico y económico pero de un enorme valor sentimental para Marco y para su madre, una enorme mesa imperial, (que había pertenecido a Lord Farning, un antepasado inglés del siglo XII que había servido fielmente a Ricardo I, mundialmente conocido como Ricardo Corazón de León en su periplo como rey de Inglaterra) presidía con autoridad la, por otro lado, diminuta sala.

“Tú no eres Tony, pero te prefiero mil veces antes que a él”, indicó Morcillo, dirigiendo su mirada más obscena hacia la recién llegada. “¿Quién eres tú?”.

“Buenas tardes. Soy de RapidXpress y traigo un paquete urgente para un tal Said Asecas. ¿Es alguno de ustedes?”, preguntó la joven ingenuamente. “Tengo prisa, así que les agradecería que me firméis el justificante de entrega. Y tú deja de babear, paleto”.

“La niña tiene huevos”, dijo Morcillo con la misma expresión de antes. “Si quisiéramos, podríamos hacerte sufrir como nunca en tu vida y acabar matándote aquí mismo”.

“Ya está bien,  Morcillo”, recriminó Marco Ramírez. “Perdone señorita, pero nuestro amigo dejó de madurar hace treinta años. Ése hombre de ahí es Said Asecas. Vamos Said, fírmale a la chica”.

“No haga caso al salido de mi amigo, señorita. No ha estado con una mujer desde… desde nunca, ¿no es así, Morcillo?”, rió Said. “Le firmo encantado. Muchas gracias”, concluyó el angoleño mientras garabateaba lo que parecía ser su firma personal sobre un papel que le entregó la joven repartidora de RapidXpress.

“Muy bien. Qué pasen un buen día, señores”, replicó la chica mientras salía por la puerta y guiñaba un ojo a Marco Ramírez.

La caja que acababa de llegar era relativamente pequeña, casi tan pequeña como una caja de zapatos, pensó Said de forma inmediata. E ipso facto, tras desliar un pequeño lazo que envolvía la tapadera, apareció. Said ni podía ni sabía cómo debía reaccionar, pero hizo un esfuerzo sobrehumano, introdujo su mano derecha en el recipiente recién recibido y, tras hacer a un lado el objeto que tanto le había impactado, sustrajo una nota escrita a mano en cuyo reverso había una fotografía que le hizo rememorar viejos tiempos, tiempos en los que vivía aún feliz. Tiempos en los que para él, la guerra sólo era un juego y los muertos se levantaban del suelo momentos después de que alguien gritara: empezamos otra vez.

Otra vez ese paisaje pobre y desangelado, el mismo que tantas veces había aparecido en sus pesadillas. Pero esta vez venía con sorpresa. Dos adultos y dos niños de unos cinco años cada uno posaban sonrientes en un poblado que éste reconoció al instante. Era Marimba.

Una imagen que inmediatamente le trajo a la retina un recuerdo que, sin duda, había abierto un cajón cerrado en lo más profundo de su subconsciente: Said no era hijo único; tenía un hermano y en cuanto leyó la nota escrita en anverso, supo que algo iba mal.


- Said, conozco tus planes contra mí y sé que tu rabia contenida te ciega la razón. Tu hermano Ricardo está aquí conmigo, deseando verte, por lo que te agradecería que cuando vengas a matarme, traigas contigo los ojos que tan amablemente te he enviado junto a tu viejo tambor. Los necesitará para mirarte, son los suyos. Te espero impaciente. A. M. -


“¿Cómo es posible que lo haya olvidado? Ricardo, mi propio hermano, sangre de propia mi sangre, la misma que asegura que ordenó derramar cruelmente ese bastardo de Ariel Mendoza. Aunque claro, eso si es que realmente el loco ése fuera inmortal como dice. Voy a ir a por él y lo voy a destrozar, poco a poco, hasta que no quede de esa basura ni una mísera víscera para poder pisotear”, se dijo a sí mismo el propio Said Asecas, tremendamente rabioso tras comprobar que, efectivamente, el emisor del paquete había incluido en su interior un par de ojos humanos.

“¿Qué es eso, Said? ¿Qué te han traído los Reyes Magos? ¡Un tambor!”, expresó risueño Tony el Cachas, que en ese mismo momento entraba por la puerta y vio cómo el angoleño extraía del paquete el único juguete que pudo rescatar de Marimba, aquel tambor que le regaló su padre.

“Voy a matar a Ariel Mendoza”, contestó tajante Said Asecas.

“¿Por qué dices eso, Said? Ya sé que puede llegar a ser demasiado desesperante a veces con sus reglas y sus estúpidas normas, pero en el fondo intenta ayudarnos a mejorar como psicópatas”, dijo de nuevo Tony el Cachas, tratando de calmar a Said. “Tómate una cerveza, amigo”.

“Y vosotros me vais a ayudar a matarlo”, comentó sin vacilar ni un instante Said Asecas. “Dice que es inmortal y que ni las balas pueden acabar con él, pero nada impide que lo atemos a una camilla y lo rajemos de arriba abajo para ver si son verdad todas esas tonterías sobre la inmortalidad y su maldición que siempre está contando. Aprovecharemos el día que debemos llevarle a Filipe Santos para matar dos pájaros de un tiro. Voy a llamar a Rodrigo para que se lo comente a sus compañeros. Ariel Mendoza debe morir”.

“¿Por qué íbamos nosotros a ayudarte a matar a alguien que es inmortal?, preguntó aún sonriendo Tony el Cachas. “A mí no me ha hecho nada para que quiera matarlo. Además, no entra dentro de mis cruzadas de purificación humana y yo no soy un asesino. Soy un enviado de Dios”.

“Me ayudarás porque si no lo haces, yo mismo me encargaré de que muy pronto estés junto a ese Dios del que tanto hablas. Me acaba de enviar este paquete con los ojos de mi hermano Ricardo al que debe tener secuestrado, invitándome a intentar acabar con él. Me ha retado”, sentenció Said Asecas con cara de pocos amigos. “Estáis conmigo o estáis contra mí. Vosotros decidís”.

“Me parece una buena idea”, comentó Marco Ramírez. “Últimamente se las daba de listillo y no hay nada más enervante en la vida que alguien que se cree superior a los demás. Cuenta conmigo, Said”.

“Yo nunca digo que no a un asesinato y esta vez no iba a ser diferente. Me gusta ver morir a la gente y el profesor ya me estaba cansando”, replicó Morcillo, apuntándose al plan. “Pero, ¿Cómo hacemos lo de Filipe Santos? ¿Alguien tiene un plan?”.

“No debe ser muy difícil secuestrar a un anciano que todos los días juega su rutinaria partida a la misma hora y en el mismo sitio”, comenzó a decir Said. “Aún faltan tres días para la misión, pero creo que no me reconocerá después de tantos años. Como ahora mismo estoy de mal humor y aún faltan unas tres horas para que comience su partida de ajedrez, pienso secuestrarlo hoy mismo, interrogarlo y torturarlo inmediatamente después hasta que llegue el momento en el que lo llevemos junto a Ariel Mendoza. Vosotros podéis torturar a su contrincante de ajedrez tanto como os guste. Las reglas han cambiado y ese bastardo de Mendoza no es nadie para decirnos qué debemos y qué no debemos hacer, torturar y/o asesinar”.

“Nosotros éramos los metódicos, ¿verdad?”, rió Marco Ramírez. “Creo que más que metódicos, deberíamos ser los impacientes, porque a mí también me apetece torturar ya a algún inocente. ¡Hagámoslo ya!”.

“Yo no pienso participar en la tortura o asesinato de un inocente, pero os prometo que no me interpondré. No es la voluntad de Dios, pero me gusta ver la sangre”, finalizó Tony el Cachas mientras abría otra cerveza.

CAPÍTULO 21: EN HUELGA DE SANGRE

martes, 17 de marzo de 2009

“Sentimos el retraso, compañeros. Nos hemos entretenido con una vieja amiga”, dijo Rodrigo Suárez mientras entraba con una gran sonrisa a la habitación 22 del Hostal Nápoles, justo detrás de Dimaggio.

“No os preocupéis, chicos. Mientras llegabais, nosotros hemos estado hablando sobre qué deberíamos hacer para llevar a cabo la misión de la forma más rápida y limpia posible, pero no hemos tomado ninguna decisión importante al respecto”, comentó Borchi, proyectando un gesto cómplice hacia Chus Fado y Laura Luengo.

“De acuerdo. ¿Por dónde empezamos?”, insistió Rodrigo a la vez que Dimaggio dejaba su material quirúrgico sobre el lavabo, dentro del cuarto de baño, para limpiarlo cuando acabara la reunión.

“Normalmente, empezar por el principio suele estar bien”, respondió en tono jocoso Laura Luengo. “En mi opinión, debemos crear una lista de prioridades y repartirnos el trabajo para ser más eficientes, como hacía yo en mi quirófano antes de… bueno, ya sabéis”.

“No debe ser tan difícil secuestrar a un psicólogo, ¿no creéis?”, interrumpió Chus Fado. “Yo lo veo bastante claro: lo asaltamos en el partido de baloncesto de este viernes y mientras unos entretienen al resto de jugadores, otros lo secuestran e introducen en la furgoneta negra que Borchi alquilará esta tarde y lo llevan al refugio”.

“¿Eso es todo lo que se te ocurre, rapero? Vamos, ¡que somos los creativos! Algo más se podrá hacer, ¿no?”, gritó Dimaggio esta vez desde su arcaica pseudo-cocina, en la que se había metido para tomarse un refresco. “Yo creo que debemos crear una verdadera obra de arte psicópata”.

“Vamos a ver. ¿Qué sabemos del loquero éste? Es un varón español blanco, 37 años, 1,93 cm. de altura y 97 kilos de peso, casado y padre de una niña de seis años. Además, trabaja como coordinador de un grupo de ayuda recién creado por el Ministerio de Justicia y dependiente de Administraciones Penitenciarias”, leyó Laura Luengo.

“Y juega al baloncesto con sus amigos cada viernes a las 20.30 horas en un pabellón deportivo de la Universidad Carlos III”.

“Por lo que sabemos, es el típico padre de familia responsable y a mí, eso sólo me incita a hacerle sufrir. Odio los finales felices”, comentó con cara de tremendo enfado el abogado, Rodrigo Suárez.

“¡Se me acaba de ocurrir una propuesta que nos hará divertirnos mucho más!”, exclamó Chus Fado con rostro ilusionante.

“¿A qué te refieres? Habla Lukas”, continuó Borchi.

“Todos los que estamos en esta habitación sabemos que esta misión es demasiado fácil y monótona. Ir al partido de baloncesto, secuestrar y conducir al refugio sin levantar sospechas. ¿Y si lo hacemos más interesante y dejamos salir a nuestro psicópata interior?”, confesó Chus Fado. “Estoy pensando en hacer un homenaje a nuestro ex-compañero Javi Altorreal, incluyendo en la operación a su familia”.

“¿Quieres matar a una niña de seis años y la mujer del psicólogo? Eso no entra dentro de los planes que nos entregó Ariel Mendoza”, recriminó Laura Luengo con cara de pocos amigos.

“¿Qué pasa, cirujana? ¿Puedes descuartizar a compradoras de Tupperware pero tienes miedo de matar a una niña porque no lo dice tu jefecito?”, dijo de nuevo Chus Fado, mirando desafiante a una sorprendida Laura Luengo. “Lo único que tenemos totalmente prohibido es matar a Carlos Martí antes de llevarlo junto al profesor, pero nadie dijo nada sobre hacerlo sufrir”.

“¿Qué propones exactamente?”, preguntó Dimaggio, ajustándose un sensual top rojo con lunares que se compró días atrás en una tienda del centro de Madrid. “Sea lo que sea, yo propongo grabarlo en vídeo”.

“Quiero ver la cara del psicólogo mientras le amputamos un pie a su mujer o le cortamos un dedo a su hija. Propongo una guerra psicológica contra el psicólogo para ver hasta dónde llega su fortaleza mental. Acuérdate de que la segunda regla que nos dijo Mendoza fue que un psicópata no tiene conciencia”, finalizó el rapero gallego con satisfacción.

“Y tú acuérdate que un psicópata nunca se ríe y tú no has dejado de hacerlo desde que llegaste aquí. Dejemos las reglas a un lado y hagamos de una vez nuestro trabajo”, respondió Laura Luengo. “¿Qué piensas, Borchi?”.

“Nunca he sido partidario de torturar niños. Lo veo demasiado cruel, incluso para un psicópata. Pero, por otro lado, estoy de acuerdo con torturar a su mujer mientras el psicólogo observa sin poder hacer nada. Hagamos que sienta verdadera desesperación y frustración. Juguemos con él hasta que se derrumbe”, dijo Borchi.

“Creo que todos estamos de acuerdo en implicar a la mujer de Carlos Martí en esto. Lo más fácil será abordarla en su casa mañana por la mañana. Uno de nosotros se puede hacer pasar por el técnico del gas o algo parecido y llevar la misión a cabo. Y ahora, avancemos. ¿Y al psicólogo? ¿Lo secuestramos en la cancha de baloncesto o alguien propone un plan alternativo?”, preguntó Rodrigo.

“Se me ocurre que como él no nos conoce, lo cual supone una gran ventaja para nosotros, veo factible la técnica de la infiltración. ¿Y si Rodrigo aparece en la cancha el viernes de baloncesto, les propone unirse al partido, lo narcotiza y lo secuestra en las duchas y lo saca por la puerta de atrás hasta la furgoneta?”, propuso Borchi.

“¿Y si lo seducimos Laura y yo? Lo esperamos a la salida del partido y hacemos que nos invite a unas copas en el bar que hay enfrente del pabellón, para después sacarlo por la puerta de atrás hasta el callejón. Pensadlo. Con la ropa adecuada, ese tío no será capaz de negarnos cualquier cosa que le pidamos”, comentó Dimaggio, volviendo a reajustarse su top rojo con lunares hasta que su pecho creció dos tallas.

“Yo no sé él, pero conociéndote, yo no te negaría nada… por el bien de mis extremidades”, comentó Borchi. “Si no hay más propuestas, votemos. ¿Quién es partidario de la infiltración de Rodrigo y quién lo es de la técnica de seducción de las chicas?”.

Tras unos segundos de deliberación interna y como resultado de una posterior votación a mano alzada, la opción de Rodrigo fue la iniciativa elegida gracias a los votos del propio Rodrigo, Borchi y Chus Fado frente a los dos votos de Dimaggio y Laura Luengo que, de este modo, perdían la posibilidad de trabajar mano a mano, como les hubiera encantado hacer.

“De acuerdo. Rodrigo, ve preparando el pantalón corto que mañana tienes partido”, expresó jovialmente Chus Fado, guiñando un ojo al abogado.

“Rodrigo se infiltra y lo secuestra. Borchi y yo conseguimos una furgoneta de alquiler y lo esperamos en el callejón junto al bar de enfrente del pabellón y Laura y Dimaggio se encargan de la mujer. Después, traemos a la parejita hasta esta habitación para comenzar a jugar a las diez de la noche. ¿Cómo lo veis bien?”, insistió Chus Fado.

“Perfecto. Si no tenéis inconveniente, Dimaggio y yo podemos utilizar nuestro instrumental para la operación”, propuso Laura Luengo mientras asía de la mano a su amiga Dimaggio.

“Sí, sí. Nosotras cortamos, que es lo que mejor se nos da”, reafirmó la bella mafiosa italiana, tremendamente feliz. “Chus se puede encargar de la piel, Borchi puede comer lo que le apetezca y Rodrigo se encarga de deshacerse de los restos del cuerpo en su club. Trabajo en equipo, chicos”.

“¡Buen plan, Dimaggio!”, felicitó Rodrigo. “Hace demasiado tiempo que la incineradora de mi club necesita acción”. “Y tú, ¿qué piensas, Chus?”.

“Me parece genial. Prepararé todo para el envío de la piel a la Facultad. Seguro que me lo agradecen porque no suelen tener muchas donaciones de este tipo”, explicó con alegría en el rostro el famoso rapero. “Borchi, compañero, ¿te ves con el apetito suficiente?”.

“Desde este momento hasta mañana por la noche, me declaro en huelga de sangre”, finalizó el que fuera una gran mascota profesional, provocando una carcajada colectiva que indicaba que el plan iba por el buen camino.

CAPÍTULO 20: PARAÍSO GROSSI (3a PARTE)

sábado, 7 de marzo de 2009

“¡Marco! ¡Aquí! Llevaba un buen rato esperándote. ¿Por qué has tardado tanto?”, preguntó una figura esbelta desde el fondo de la larga fila de taxis. “Creí que lo habías pensado mejor y que no vendrías. Ahora mismo iba a coger un taxi”.

“¡Grossi, Luca Grossi! Tú sí que deberías tener licencia para matar, chaval”, gritó felizmente Marco al reconocer a su amigo en la lejanía. “Pensaba que salías por la otra puerta. Llevo esperando una hora y media”.

Luca estaba tal y como Marco lo recordaba. Bajo unas enormes gafas oscuras de pasta, su inquietante nariz sobresalía de su escuálido y sonrojado rostro italiano. Su camisa rosa, con bordados tremendamente cuidados sobre los ojales de sus cinco botones, indicaban a cualquiera que fuera capaz de percibirlo, que estaba frente a un chico joven, seguidor de una nueva escuela italiana de moda. Una nueva moda a la que él mismo llamaba Ragazzini, por el furor con el que se había impuesto en la clase juvenil italiana. De hecho, Luca era la persona con más estilo a la hora de vestir que Marco Ramírez había conocido a lo largo de su vida.

“Te sienta bien el rosa”, dijo Marco jovialmente.

“Lo sé. Soy italiano. Nosotros inventamos la moda, amico”, respondió Luca estrechándole fuertemente la mano a Marco mientras éste le indicaba el camino a un coche aparcado al otro lado de la acera.

“Vamos Luca, antes de llevarte a tu hotel, quiero enseñarte la sala en la que se celebrará tu iniciación. Será allí donde podrás pasar al otro lado”, dijo sonriente Marco a su recién llegada visita.

“De acuerdo. Estoy ansioso por comenzar”, contestó Luca Grossi. “Pero antes de nada, quiero que sepas que nunca podré agradecerte lo suficiente esta oportunidad, no sólo por la iniciación, sino porque en este viaje a España, he conocido a una chica impresionante que…”.

“Espera. No me lo puedo creer. Si te aterrorizan los aviones, ¿Cómo has ligado en un vuelo? El mundo al revés. Me vas a tener que pagar la residencia de mi madre porque estas cosas no suelen pasarle normalmente a un periodista pirado con un ídolo nazi”, sonrió Luca.

“Quizá venga a verme al hotel o me llame. Me siento como si tuviera 15 años. Ah, y un respeto a Goebbels, que gracias a sus enseñanzas, Vikki ha caído en mis redes”, respondió irónicamente Luca. “Es la chica más bonita que he visto nunca. Te va a gustar cuando la conozcas. Pero ni se te ocurra coquetear con ella, que si no…”.

“Tranquilo, no se me ocurriría ni mirarla. Al menos, si mi madre está delante, porque con lo celosa que es, ella es capaz de hacer que mi muerte parezca un accidente”, sonrió Marco. “Además, para una chica que se fija en ti, sería un mal amigo si intentara quitártela, ¿no?”.

“Si no te matara tu madre, lo haría yo. Pero yo te haría sufrir. Las muertes rápidas no me van, ¿sabes?”, le susurró Luca a Marco mientras le propinaba un leve golpe en el hombro derecho.

“Vale, vale. Mensaje captado, Romeo. Ya me presentarás a tu Julieta. Ahora vayámonos de una vez, que parece que va a empezar a llover y esa camisa que llevas parece de seda natural. No quiero que se estropee”, comentó jocosamente Marco Ramírez mientras ambos amigos subían al Fiat Bravo azul que les aguardaba a unos metros. “Tardaremos apenas quince minutos. Disfruta del paisaje, Luca. Esto es España, la cuna de la Santa Inquisición y del gran maestro, Ariel Mendoza”.

Nadie en su sano juicio podía obviar que se trataba, quizá, del día más feliz de la vida del escuálido amigo de Marco. Volvía a pisar suelo español, se iniciaría en un arte que le apasionaba desde pequeño, le pagarían por ello y, por si fuera poco, creía haber encontrado el amor de forma casual en el aire. Si era un sueño, perseguiría por tierra, mar y aire a aquel que osara despertarlo y sacarlo de su verdadero edén, su auténtico Paraíso Grossi.

“Y pensar que hace unos días estaba dando de comer a los patos…”, se decía Luca una y otra vez a sí mismo mientras observaba como un niño pequeño por la ventana del coche de Marco. “Oye amico, háblame un poco más sobre la iniciación, que solamente sé que durará un día completo y que habrá expertos de diferentes ámbitos. ¿Cómo es que te acordaste de mí para recomendarme al maestro, si no tengo ni treinta años y mi experiencia como torturador es muy pobre? No sé si merezco tal honor”.

“El maestro siempre dice que la edad es de los pocos problemas que se solucionan con el tiempo, Luca. Yo no miro los documentos de identidad de las personas. Veo sus ambiciones, sus intereses y lo que pueden aportarme a mí y a los que represento. ¿De qué me vale traer a un hombre de 80 años si no cumple con las expectativas generadas? Quiero juventud. El maestro busca que los chicos se sientan cómodos, y para ello necesitan un ambiente confiado con personas de confianza”, replicó Marco Ramírez mientras tomaba una salida de la autovía que les dejaría en 5 minutos en la sala de iniciación.

“No quiero defraudar al maestro”, dijo solemnemente Luca Grossi mientras agarraba con fuerza el brazo derecho de Marco, que le lanzó una mirada de hermano mayor orgulloso.

“Estate tranquilo que no lo harás. En Italia has hecho grandes progresos y eso, para el maestro no ha pasado desapercibido. Lo tienes todo para triunfar en el negocio de la muerte”, serenó Marco Ramírez. “Además, el movimiento se demuestra andando”.

“No os defraudaré, amico. Pondré hasta el último gramo de mi ser para llevar a cabo la misión con éxito y con total sigilo. Gracias por todo”, finalizó Luca Grossi, aún pensando en la preciosa melena rubia de Siver.

“Aquí es, Luca. Desde el momento en el que cruces esa puerta, te advierto oficialmente que estás dentro y que ya no hay salida”, le comunicó Marco a un Luca aún impactado por la rapidez de los acontecimientos. “La traición se paga con la vida y como dice el maestro, debes tener en cuenta que la vida y la muerte sólo las separa el filo de una espada”, concluyó Marco mientras cruzaba junto a Luca el desconchado umbral de la puerta.

CAPÍTULO 19: PARAÍSO GROSSI (2a PARTE)

lunes, 23 de febrero de 2009

“Última llamada para los señores pasajeros del vuelo A-842 con destino Madrid, Lindsay Vikki Siver y Luca Grossi. Diríjanse a la puerta de embarque 14”.

“Creo que nos llaman a nosotros, Lindsay”, sonrió Luca a su compañera mientras se desperezaba y la instaba a levantarse y salir corriendo para conseguir embarcar a tiempo.

“¡Nos hemos dormido! ¡Corre! ¡Y no me llames Lindsay!”, contestó Siver a la vez que asía con fuerza su pequeño equipaje de mano.

“Espere, somos nosotros. ¡No cierre, por favor!”, gritó Luca a una azafata que estaba a punto de cerrar la puerta de embarque al fondo de la estancia. “Espereeeee”.

“Os hemos llamado cuatro veces. ¿En qué estabais pensando?”, comentó la azafata. “Estos jóvenes… dejando todo para el último momento, como siempre”.

“Lo sentimos, señora. No volverá a pasar”, le aseguró Luca con una sonrisa forzada.

Apenas había 30 metros desde la puerta de embarque hasta la escalerilla del avión, pero a Vikki le pareció la mayor distancia que había recorrido a pie en su vida. “Estoy adormilada, Luca. No me funcionan las piernas”, murmuró. 

“¿No tendrás miedo a volar? ¿Has intentado burlarte de mí diciéndome que el avión era totalmente seguro cuando tú misma tienes miedo a subirte a este avión? Fíjate bien, Vikki. El avión parece bastante viejo. ¿Y si se cae en medio del Mediterráneo y nadie nos encuentra? O peor, ¿Y si somos pasto de los tiburones?”, sonrió el apuesto italiano.

“No es eso, bobo. Es que me he tomado un relajante muscular y creo que está empezando a hacerme efecto. Me encuentro muy cansada pero tú puedes seguir diciendo tonterías de periodista”, dijo Vikki Siver con una voz extremadamente dulce.

“Me alegro de que no te asusten los aviones, porque como hemos llegado los últimos, me temo que nos tocarán asientos en la cola del avión y allí…”, exclamó Luca.

“Allí, ¿qué?”, preguntó Vikki.

“Allí se notan muchísimo más las turbulencias y además, los asientos son más estrechos. Así por lo menos, podremos sentarnos juntos y conocernos mejor. Acuérdate que el roce hace el cariño”, rió Luca mientras el rostro de Vikki se ponía más blanco por momentos.

“Campeón, me parece a mí que tú eres un experto jugador de parchís”, espetó Vikki.

“¿Por qué dices eso, Vikki? Yo no sé jugar al parchís. En Italia sólo jugamos al Calcio”.

“Porque por tu forma de hablar, creo que eres de esos tíos que se comen una y cuentan veinte. Y para colmo, eres periodista y con los periodistas ya se sabe…”, dijo Vikki Siver a la vez que soltaba una carcajada.

“Touché, rubia”, asintió cortésmente Luca Grossi, impresionado por el comentario de su nueva amiga. “Creo que tú y yo nos vamos a llevar bien”, concluyó mientras ambos subían los últimos peldaños de la escalerilla que daba acceso al avión.

Una vez dentro, el reducido espacio por el que pasajeros y tripulación podían desplazarse inundó a Luca en una profunda angustia, quizá producida por su fobia a los espacios comprimidos. Y como era de esperar, el precio de los billetes de la compañía aérea de bajo coste hizo que ese vuelo en particular, se llenara casi por completo.

“Mira Luca. Ahí hay dos sitios. Ven”, comentó Vikki.

“En la cola, como suponía. En fin, no nos queda otra”, se resignó Luca como lo hace alguien que sabe que la vida, a veces, puede parecer injusta para las buenas personas.

Minutos después y tras colocarse los cinturones de seguridad, se hizo un segundo el silencio y el avión despegó súbitamente, alzándose como un cohete.

Mientras Vikki Siver sacaba un mp3 de su pequeña bolsa de mano, Luca se encomendaba a todos los santos que le pasaban por la cabeza. Sin duda alguna ese día, San Marcos, Santa Rita, San Nicolás, San Antonio y el resto de santos del Vaticano tendrían trabajo extra con el italiano.

“¿Decías que era yo la que tenía miedo a este avión? ¿Y si nos caemos de verdad en medio del Mediterráneo…?”, susurro Vikki al tembloroso oído de Luca a la vez que el avión alcanzaba los 6000 pies.

“Está bien. Lo reconozco. Tengo miedo a volar, pero siempre que tengo miedo a algo, me sale el vacilón que llevo dentro. Si te soy sincero, estoy aterrorizado”, contestó Luca Grossi.

“No te preocupes ragazzo, yo estoy aquí contigo. No va a pasar nada. El viaje apenas dura un par de horas. Intenta descansar, si es que estos minúsculos asientos te permiten coger acomodo. Si necesitas algo, dímelo, ¿de acuerdo?”, dijo Vikki.

“Sí, mamá…”, comentó jocosamente Luca. “En serio, muchas gracias. No sé qué hubiera sido de mí si no te hubiera conocido hoy”.

“Te habrías aburrido mucho. Y mírame a los ojos, que están un poco más arriba”, respondió locuazmente Vikki Siver a la vez que le guiñaba un ojo al descarado italiano.

Los rayos del sol entraban como puñales afilados por las pequeñas ventanillas del avión, lo que provocó que más de un pasajero bajara la minúscula tela dispuesta en la parte superior del cristal, que hacía las veces de cortina. Había pasado algo más de una hora cuando, de repente, el avión comenzó a desplazarse bruscamente, arriba y abajo, arriba y abajo, al entrar en una zona de turbulencias.

“No puede ser. Ahora turbulencias. Nos vamos a caer. Nos la vamos a pegar contra el suelo. ¿Cómo ha dicho la azafata que se colocan los chalecos salvavidas? No entiendo porqué las azafatas de una compañía aérea que viaja a España desde Italia, solamente hablan en inglés. No quiero morir, Vikki. Soy… Somos muy jóvenes para dejar este mundo. Tenemos muchas cosas que hacer aún. Tenemos que…”, espetó Luca.

“¡Cállate de una vez, Grossi!”, le interrumpió Vikki, cogiéndole del brazo. “Es sólo una zona de turbulencias. Es normal. No te preocupes y quita las manos del chaleco salvavidas, que estás asustando al resto de pasajeros. Te he dicho que no pasará nada”.

Media hora después, todo en el avión volvía a la calma. “¿Ves? Todo ha vuelto a la normalidad. Las turbulencias han pasado. Eres un cenizo”, le increpó Vikki. 

“Lo siento, rubia. Ha sido un ataque de pánico. Perdóname. Te estoy dando el vuelo…”, dijo cabizbajo Luca Grossi.

“Estate tranquilo, Luca. No pasa nada. Relájate. Imagina que estás en algún lugar en el que siempre te hayas encontrado muy cómodo. Además, quedan unos minutos para llegar. Antes de que te des cuenta, estarás hablando de tus cosas con la gente del trabajo”, dijo Vikki.

“Antes has dicho que si necesitaba algo te lo dijera, ¿verdad?”.

“Sí. Claro. ¿Qué necesitas?”, preguntó Vikki Siver.

“Te necesito a ti”, dijo Luca a la vez que un silencio embarazoso se apropió de las vidas de Luca y Vikki. “Perdona, me he expresado mal”, rectificó rápidamente el italiano ante el incómodo momento. “Quiero decir que necesito tu teléfono porque siento que te debo una invitación por todo lo que has tenido que aguantar en este vuelo. Yo me conozco y sé que puedo resultar muy pesado.”

“Pues me parece que no va a poder ser, Luca. No creo que …”

“Ahh… vale. No tienes que… perdóname otra vez”, balbuceó un avergonzado Luca Grossi. “Seguramente tengas novio y yo aquí, que tonto… ¿Cómo una chica así no iba a tener…?”

“No, no… para. Ahora eres tú el que me has entendido mal”, dijo raudamente Vikki.

“Nunca te he dicho que tenga novio. Quiero decir que no te voy a dar el teléfono porque me lo vas a dar tú a mí. Los tiempos han cambiado, italiano. No te pongas como un tomate”, dijo Vikki mientras guiñaba coquetamente un ojo a Luca. “Por cierto, ¿no te molestará que te llame así?”

“Qué vergüenza. Normalmente no actúo así, pero es que me has impresionado tanto que no podía dejar de pensar cómo pedirte el teléfono”, se volvió a sincerar Luca. “Tú puedes llamarme como quieras, pero prométeme que lo harás para cenar por Madrid. Apunta: 682 556…”.

“Es extraño, pero me has caído bien. Quién sabe… A lo mejor quedamos para desayunar”, le susurró Vikki Siver a un Luca Grossi totalmente entregado, mientras una azafata les instaba a descender del avión porque, de nuevo, eran los últimos que quedaban (esta vez, por bajar).

“Yo también te quiero, rubia. Quien sabe… A lo mejor éste es el comienzo de una bonita historia”, comentó Luca. “Llámame cuando quieras. Y si te apetece visitarme, estaré un par de días en el Hotel Mirasierra, cerca del centro de Madrid”.

“Es posible que me deje caer por tu hotel. Incluso es posible que te enseñe a jugar al parchís, periodista”, dijo Vikki mientras se despedía y subía a un taxi en la puerta del aeropuerto.