“¿Y tú, Morcillo? ¿Por qué crees que es tan importante que un buen psicópata siempre trabaje solo?”, preguntó Ariel Mendoza una vez que Borchi se había acomodado en su asiento.
“Creo que la soledad es la gran aliada del psicópata, profesor”, respondió Morcillo dirigiendo una mirada de indiferencia hacia su compañero, pero no por ello amigo, Borchi. “Yo no creo en eso de reinvéntate y anda. Pienso que la mejor forma de pasar desapercibido es perfeccionar un estilo de ejecución hasta el punto de que nadie pueda acusarte de nada, ni siquiera de haber robado una gallina”.
“¿Y por qué crees que la soledad es la gran aliada del psicópata?”, cuestionó abiertamente Claudia Dimaggio. “En la mafia napolitana, lo más importante es la familia. Siempre aparece cuando se la necesita”.
“Yo no pongo en duda que la mafia napolitana acuda en ayuda de sus socios y allegados; es más, creo que es su obligación. No obstante, con esa solidaridad de la familia lo único que favorece es que, tarde o temprano, a alguien se le escape tu nombre en el lugar menos indicado y precipite que acabes con tus huesos en la cárcel. Recuerda que si nadie sabe qué has hecho, nadie puede probar que lo has hecho, que eres culpable. De ahí la importancia de la soledad para un psicópata”, concluyó Morcillo tremendamente satisfecho por la explicación que había dado a la joven italiana.
“Si no fuera por mí, serían tus huesos los que estarían enchironados”, interrumpió Mendoza. “¿Para qué quieres tanta soledad y tanto secretismo si a la hora de la verdad vas dejando huellas por doquier?”.
“Yo nunca dejo huellas. No digas cosas que no son verdad si no quieres que me enfade”, amenazó Morcillo al verse herido en su orgullo de asesino perfeccionista.
“Vamos a ver, Morcillo. ¿Qué consigues amenazando a un hombre que es inmortal y un psicópata legendario?”, replicó el profesor con ademán tranquilo, casi sin importarle la falta de respeto de su alumno.
“Perdona, Ariel. Lo que pasa es que no me gusta que se digan cosas sobre mí que nada tienen que ver con la realidad”, volvió a insistir Morcillo aunque esta vez con un tono de voz mucho más calmado.
“¿Te gusta la cerveza, Morcillo?”, preguntó directamente Mendoza.
“Sí, claro. Me encanta. ¿Pero eso qué tiene que ver aquí y ahora?”, preguntó bastante confundido el campesino toledano.
“Te gusta beberte la cerveza de las neveras de tus torturados, ¿verdad Morcillo?”, volvió a preguntar Ariel Mendoza.
“Sí, pero sigo sin entender a dónde quieres llegar con todo esto. ¿Me estás acusando de borracho?”, cuestionó Morcillo ante la desesperación de sus compañeros, que encontraban ese momento demasiado surrealista. “La cerveza de mis víctimas me sabe a gloria”.
“Coge esta bolsa, Morcillo. Es algo que la ciencia puede demostrar que te pertenece”, comentó el profesor acercando a Morcillo una bolsa de plástico de color negro que contenía siete botes de cerveza vacíos.
“¿Esto qué significa?”, dijo Morcillo enarcando la ceja derecha.
“Éstos son algunos de los botes de cerveza que tus víctimas tenían en sus neveras. Los mismos botes que te bebiste sin utilizar guantes y que después arrojaste sin pensar en sus cubos de basura. Si ahora mismo tuvieras aquí la luz adecuada y los productos necesarios, podrías descubrir decenas de huellas con tu nombre en esos botes. Si no te hubiera reclutado para este máster, estarías encerrado como un perro”, explicó Ariel Mendoza mientras un susurro recorría la sala en la que se estaba desarrollando la clase. “Ahora dime, Morcillo. ¿De qué te ha servido trabajar sin compañía si eres tan torpe que no tienes la cautela de ponerte unos simples guantes?”.
“Es que cuando secuestro personas para convertirlas en picadillo me sube la adrenalina tanto que no controlo los pequeños detalles”, contestó un poco avergonzado Morcillo. “Es un simple error, Ariel. Intento mejorar”.
“¿La adrenalina? No nos hagas reír, paleto”, gritó Rodrigo Suárez desde el fondo. “Conozco muchos jueces que se partirían el culo contigo”.
“Entonces, ¿Por qué dices que es esencial para un psicópata que trabaje solo?”, preguntó Tony el Cachas dirigiendo su mirada hacia Ariel.
“No voy a negar que Morcillo tuviera parte de razón en lo que le dijo a Dimaggio. Es cierto que si trabajas solo y con rigor, nadie puede probar que eres culpable de ningún delito, aunque la principal razón para que un psicópata actúe en solitario es que es la única manera de asegurar una huída exitosa, sin llevar a ningún compañero como lastre. Un buen psicópata debe controlar los tiempos, cuándo y cómo intervenir, pero siempre debe tener un plan de huída. No os engañéis, esto es lo más importante, chicos”, explicó Ariel Mendoza, dando un mordisco a una manzana verde.
“No estoy de acuerdo, Ariel. No siempre un compañero se convierte en un lastre. A lo mejor, se convierte en una pieza indispensable para llevar a cabo un crimen demasiado complejo para ser llevado por una sola persona”, expuso Laura Luengo mientras Dimaggio asentía con la cabeza.
“Es cierto. Hay ocasiones en las que entran en juego demasiadas variables pero Laura, te aseguro que no siempre cuatro ojos ven mejor que dos. Y por tu bien, espero que si alguna vez estás trabajando en equipo y la cosa se pone fea, tengas pensado un plan de huída para ti sin pensar en tu compañero”, contestó rápidamente Ariel Mendoza, mordisqueando una y otra vez su manzana hasta que acabó totalmente con ella.
“Yo siempre tengo preparado un plan de huída, Ariel”, comentó Morcillo raudamente. “Pensando en la posibilidad de que me pudiera atrapar la policía y viendo que me estaba quedando sin vecinos directos a los que matar, hace unos meses decidí construir un pasadizo secreto de un kilómetro y medio que comunica el granero en el que asesino a mis víctimas con un pequeño cobertizo al otro lado de Méntrida, el pueblo en el que vivo. Así, cada semana cruzo este pasadizo desde mi granero hasta el cobertizo, narcotizo y secuestro a alguien del otro lado del pueblo y lo arrastro por el pasadizo de vuelta al granero. Una vez dentro, subo a mi invitado hasta cuatro metros de altura con mi carretilla elevadora y lo acerco hasta la picadora industrial. Enciendo mi ipod, selecciono la canción de Histories de Luv de K-Maro, apago las luces centrales y espero a que despierte para encender la picadora”.
“¿Creaste un pasadizo como vía de huida y ahora lo aprovechas para conseguir carne fresca? Parece que este paleto es más listo de lo que aparenta”, indicó Rodrigo Suárez dejando entrever una tímida sonrisa. “Me gusta la gente previsora y valiente y parece que tú tienes lo que hay que tener, compañero”.
“La ecuación era fácil, abogado. Si no me quedaban vecinos porque ya había acabado con los únicos dos que vivían fuera del pueblo, junto a mi granja, tenía que salir a buscarlos. Necesitaba personas a las que invitar a mi granja y la mejor manera que encontré fue aprovechar la oscuridad de la noche y el pasadizo que había construido en mi afán de salvaguardar mi integridad ante posibles visitas de la policía. Si lo piensas, es sencillo. Necesito sangre, busco sangre. No sólo de pan vive el hombre… a veces también necesita sangre”, explicó Morcillo al que se le estaba subiendo el éxito a la cabeza y se mostraba más creído de lo normal.
“Y cuándo enciendes la picadora, ¿qué haces? ¿Los dejas caer directamente?”, preguntó ansioso Borchi, casi oliendo la sangre.
“Cuando despiertan, todos empiezan a gritar al verse maniatados y con una picadora industrial debajo de ellos. Entonces, les explico que son mis invitados y forman parte de mi experimento personal con el que pretendo descubrir cuánto tiempo tardaré en acabar con toda la población de Méntrida y de este modo, quedarme como único habitante del pueblo”, dijo Morcillo ante la atenta mirada de todos sus compañeros.
“¿Y para qué quieres ser el único habitante del pueblo?”, preguntó Ariel Mendoza poniendo una mirada de desconfianza en su rostro.
“Una vez que el pueblo sea mío, construiré un poblado de casas rurales para extranjeros en las que continuaré asesinando a todos los visitantes, familia a familia.
“¿Hasta cuándo durará esta aventura sin sentido?”, cuestionó Dimaggio tras levantar la mano para pedir la palabra.
“¿Qué pensarías si te dijera que durará hasta que me aburra?”, contestó haciéndose valer un crecido Morcillo.
“Pensaría que estás como una jodida cabra”, indicó Claudia Dimaggio, haciendo un claro gesto de mofa dirigido hacia el campesino,
“Morcillo, ¿Ves como sin saberlo también crees en lo de reinvéntate… y anda? Pero no te aconsejo que intentes asesinar a Dimaggio, bajo ningún concepto”, comentó Ariel Mendoza entre carcajadas.



