Bienvenido

CAPÍTULO 13: REINVÉNTATE… Y ANDA (2ª PARTE)

domingo, 14 de diciembre de 2008


“¿Y tú, Morcillo? ¿Por qué crees que es tan importante que un buen psicópata siempre trabaje solo?”, preguntó Ariel Mendoza una vez que Borchi se había acomodado en su asiento.

“Creo que la soledad es la gran aliada del psicópata, profesor”, respondió Morcillo dirigiendo una mirada de indiferencia hacia su compañero, pero no por ello amigo, Borchi. “Yo no creo en eso de reinvéntate y anda. Pienso que la mejor forma de pasar desapercibido es perfeccionar un estilo de ejecución hasta el punto de que nadie pueda acusarte de nada, ni siquiera de haber robado una gallina”.

“¿Y por qué crees que la soledad es la gran aliada del psicópata?”, cuestionó abiertamente Claudia Dimaggio. “En la mafia napolitana, lo más importante es la familia. Siempre aparece cuando se la necesita”.

“Yo no pongo en duda que la mafia napolitana acuda en ayuda de sus socios y allegados; es más, creo que es su obligación. No obstante, con esa solidaridad de la familia lo único que favorece es que, tarde o temprano, a alguien se le escape tu nombre en el lugar menos indicado y precipite que acabes con tus huesos en la cárcel. Recuerda que si nadie sabe qué has hecho, nadie puede probar que lo has hecho, que eres culpable. De ahí la importancia de la soledad para un psicópata”, concluyó Morcillo tremendamente satisfecho por la explicación que había dado a la joven italiana.

“Si no fuera por mí, serían tus huesos los que estarían enchironados”, interrumpió Mendoza. “¿Para qué quieres tanta soledad y tanto secretismo si a la hora de la verdad vas dejando huellas por doquier?”.

“Yo nunca dejo huellas. No digas cosas que no son verdad si no quieres que me enfade”, amenazó Morcillo al verse herido en su orgullo de asesino perfeccionista.

“Vamos a ver, Morcillo. ¿Qué consigues amenazando a un hombre que es inmortal y un psicópata legendario?”, replicó el profesor con ademán tranquilo, casi sin importarle la falta de respeto de su alumno.

“Perdona, Ariel. Lo que pasa es que no me gusta que se digan cosas sobre mí que nada tienen que ver con la realidad”, volvió a insistir Morcillo aunque esta vez con un tono de voz mucho más calmado.

“¿Te gusta la cerveza, Morcillo?”, preguntó directamente Mendoza.

“Sí, claro. Me encanta. ¿Pero eso qué tiene que ver aquí y ahora?”, preguntó bastante confundido el campesino toledano.

“Te gusta beberte la cerveza de las neveras de tus torturados, ¿verdad Morcillo?”, volvió a preguntar Ariel Mendoza.

“Sí, pero sigo sin entender a dónde quieres llegar con todo esto. ¿Me estás acusando de borracho?”, cuestionó Morcillo ante la desesperación de sus compañeros, que encontraban ese momento demasiado surrealista. “La cerveza de mis víctimas me sabe a gloria”.

“Coge esta bolsa, Morcillo. Es algo que la ciencia puede demostrar que te pertenece”, comentó el profesor acercando a Morcillo una bolsa de plástico de color negro que contenía siete botes de cerveza vacíos.

“¿Esto qué significa?”, dijo Morcillo enarcando la ceja derecha.

“Éstos son algunos de los botes de cerveza que tus víctimas tenían en sus neveras. Los mismos botes que te bebiste sin utilizar guantes y que después arrojaste sin pensar en sus cubos de basura. Si ahora mismo tuvieras aquí la luz adecuada y los productos necesarios, podrías descubrir decenas de huellas con tu nombre en esos botes. Si no te hubiera reclutado para este máster, estarías encerrado como un perro”, explicó Ariel Mendoza mientras un susurro recorría la sala en la que se estaba desarrollando la clase. “Ahora dime, Morcillo. ¿De qué te ha servido trabajar sin compañía si eres tan torpe que no tienes la cautela de ponerte unos simples guantes?”.

“Es que cuando secuestro personas para convertirlas en picadillo me sube la adrenalina tanto que no controlo los pequeños detalles”, contestó un poco avergonzado Morcillo. “Es un simple error, Ariel. Intento mejorar”.

“¿La adrenalina? No nos hagas reír, paleto”, gritó Rodrigo Suárez desde el fondo. “Conozco muchos jueces que se partirían el culo contigo”.

“Entonces, ¿Por qué dices que es esencial para un psicópata que trabaje solo?”, preguntó Tony el Cachas dirigiendo su mirada hacia Ariel.

“No voy a negar que Morcillo tuviera parte de razón en lo que le dijo a Dimaggio. Es cierto que si trabajas solo y con rigor, nadie puede probar que eres culpable de ningún delito, aunque la principal razón para que un psicópata actúe en solitario es que es la única manera de asegurar una huída exitosa, sin llevar a ningún compañero como lastre. Un buen psicópata debe controlar los tiempos, cuándo y cómo intervenir, pero siempre debe tener un plan de huída. No os engañéis, esto es lo más importante, chicos”, explicó Ariel Mendoza, dando un mordisco a una manzana verde.

“No estoy de acuerdo, Ariel. No siempre un compañero se convierte en un lastre. A lo mejor, se convierte en una pieza indispensable para llevar a cabo un crimen demasiado complejo para ser llevado por una sola persona”, expuso Laura Luengo mientras Dimaggio asentía con la cabeza.

“Es cierto. Hay ocasiones en las que entran en juego demasiadas variables pero Laura, te aseguro que no siempre cuatro ojos ven mejor que dos. Y por tu bien, espero que si alguna vez estás trabajando en equipo y la cosa se pone fea, tengas pensado un plan de huída para ti sin pensar en tu compañero”, contestó rápidamente Ariel Mendoza, mordisqueando una y otra vez su manzana hasta que acabó totalmente con ella.

“Yo siempre tengo preparado un plan de huída, Ariel”, comentó Morcillo raudamente. “Pensando en la posibilidad de que me pudiera atrapar la policía y viendo que me estaba quedando sin vecinos directos a los que matar, hace unos meses decidí construir un pasadizo secreto de un kilómetro y medio que comunica el granero en el que asesino a mis víctimas con un pequeño cobertizo al otro lado de Méntrida, el pueblo en el que vivo. Así, cada semana cruzo este pasadizo desde mi granero hasta el cobertizo, narcotizo y secuestro a alguien del otro lado del pueblo y lo arrastro por el pasadizo de vuelta al granero. Una vez dentro, subo a mi invitado hasta cuatro metros de altura con mi carretilla elevadora y lo acerco hasta la picadora industrial. Enciendo mi ipod, selecciono la canción de Histories de Luv de K-Maro, apago las luces centrales y espero a que despierte para encender la picadora”.

“¿Creaste un pasadizo como vía de huida y ahora lo aprovechas para conseguir carne fresca? Parece que este paleto es más listo de lo que aparenta”, indicó Rodrigo Suárez dejando entrever una tímida sonrisa. “Me gusta la gente previsora y valiente y parece que tú tienes lo que hay que tener, compañero”.

            “La ecuación era fácil, abogado. Si no me quedaban vecinos porque ya había acabado con los únicos dos que vivían fuera del pueblo, junto a mi granja, tenía que salir a buscarlos. Necesitaba personas a las que invitar a mi granja y la mejor manera que encontré fue aprovechar la oscuridad de la noche y el pasadizo que había construido en mi afán de salvaguardar mi integridad ante posibles visitas de la policía. Si lo piensas, es sencillo. Necesito sangre, busco sangre. No sólo de pan vive el hombre… a veces también necesita sangre”, explicó Morcillo al que se le estaba subiendo el éxito a la cabeza y se mostraba más creído de lo normal.

            “Y cuándo enciendes la picadora, ¿qué haces? ¿Los dejas caer directamente?”, preguntó ansioso Borchi, casi oliendo la sangre.

“Cuando despiertan, todos empiezan a gritar al verse maniatados y con una picadora industrial debajo de ellos. Entonces, les explico que son mis invitados y forman parte de mi experimento personal con el que pretendo descubrir cuánto tiempo tardaré en acabar con toda la población de Méntrida y de este modo, quedarme como único habitante del pueblo”, dijo Morcillo ante la atenta mirada de todos sus compañeros.

“¿Y para qué quieres ser el único habitante del pueblo?”, preguntó Ariel Mendoza poniendo una mirada de desconfianza en su rostro.

“Una vez que el pueblo sea mío, construiré un poblado de casas rurales para extranjeros en las que continuaré asesinando a todos los visitantes, familia a familia.

“¿Hasta cuándo durará esta aventura sin sentido?”, cuestionó Dimaggio tras levantar la mano para pedir la palabra.

“¿Qué pensarías si te dijera que durará hasta que me aburra?”, contestó haciéndose valer un crecido Morcillo.

“Pensaría que estás como una jodida cabra”, indicó Claudia Dimaggio, haciendo un claro gesto de mofa dirigido hacia el campesino,

“Morcillo, ¿Ves como sin saberlo también crees en lo de reinvéntate… y anda? Pero no te aconsejo que intentes asesinar a Dimaggio, bajo ningún concepto”, comentó Ariel Mendoza entre carcajadas.

CAPÍTULO 12: REINVÉNTATE... Y ANDA (1ª PARTE)

domingo, 7 de diciembre de 2008


“Me gustaría comenzar la clase de hoy agradeciéndoos la implicación que estáis demostrando cada día en esta primera fase del curso. Sin vuestra entrega y esfuerzo, este Máster no tendría sentido”, empezó a decir Ariel Mendoza ante la atenta mirada de sus alumnos. “También quiero deciros que he recopilado un CD con las canciones que me habéis entregado y he creado el disco de música que utilizaréis a partir de la próxima semana, en la asignatura con la que comenzará la segunda parte de vuestro aprendizaje: Teatro Psicópata”.

“Pero antes de pasar a la segunda fase, debéis conocer aún dos reglas que os ayudarán a no perder el Norte psicópata”, prosiguió el profesor. “Regla número 9: UN PSICÓPATA SIEMPRE SE REINVENTA y Regla número 10: UN BUEN PSICÓPATA SIEMPRE TRABAJA SÓLO”, concluyó Mendoza mientras extraía de su cartera de piel un sobre cerrado y lo colocaba sutilmente sobre su mesa.

“¿Qué tienes en ese sobre?”, preguntó curiosamente Chus Fado.

“Eso, de momento, no te importa. ¿No sabes que la curiosidad mató al gato?”, respondió fríamente el profesor.

“No, no lo mató la curiosidad, jefe. Fui yo, que lo trituré en mi querida picadora industrial de la que estoy hablando tooooodo el tiempo”, interrumpió jocosamente Borchi, imitando a su compañero Morcillo, que lo tomó como una afrenta personal.

“Cállate de una vez, Papá Pitufo”, respondió Morcillo. “Ningún enano se ríe de mí”.

“Dejad a un lado vuestros problemas personales si no queréis conocer personalmente el filo de mi katana”, interrumpió bruscamente y con tono intimidador, casi paternal, Ariel Mendoza. “Chicos, ahora Borchi y Morcillo, esos dos hombres que tanto saben y que osan interrumpir mi clase y mi tiempo con peleas de patio de colegio, os iluminarán y explicarán por qué las reglas nueve y diez son tan importantes para un psicópata. Empezará Borchi con la regla número nueve y finalizará Morcillo con la diez. Debéis empezar ya. Tenéis diez minutos cada uno”.

“Pero…”, tartamudeó Borchi sin saber muy bien cómo seguir.

“Vamos Borchi. Tú eres un buen ejemplo de por qué un psicópata debe reinventarse. Cuéntanos tu historia”, insistió el profesor.

“Está bien. Como algunos sabéis, mi historia como psicópata comienza en 1992. ¿Os acordáis de Curro, la mascota de la Expo de Sevilla? Pues no quiero risas, pero el que se metía dentro de ese angustioso disfraz era yo. En esos tiempos, necesitaba trabajo y lo único que conseguí fue un empleo como mascota. Después, le acabé cogiendo cariño a ese trabajo y ahora me gano la vida como mascota profesional”, comenzó Borchi, imponiendo un tono solemne a su discurso.

“¿Y cuál es el problema? De acuerdo, eres mascota profesional, pero eso no les explica por qué eres un ejemplo de psicópata que se reinventa”, anotó incisivamente el profesor.

“¿El problema? Pues el problema es que yo siempre quise tener un reconocimiento y en la profesión de mascota profesional de eventos hay mucha competencia, demasiada competencia… y yo odio la competencia. Cada día hay más y más eventos que necesitan un reclamo simpático con el que el público se identifique y la masificación de mascotas impedía que mi trabajo adquiriera una proyección internacional. Por ello, decidí que la única manera de conseguir el hueco que merecía dentro de la profesión era acabando con la todos los competidores”, explicó Borchi.

“Con lo que has dicho, aún no has demostrado cómo te reinventas”, volvió a criticar el profesor, esta vez con un rostro de claro enfado.

“Yo soy como una versión moderna de Lázaro, al que Jesucristo le dijo que se levantara y caminara. En mi momento de máxima frustración, algo en mi interior me dijo que después de cada asesinato, debía reinventarme, cambiar mi modus operandi para no ser descubierto jamás. Por eso, nunca repito en la forma de ejecución e intento no dejar nada a la improvisación”, finalizó Borchi.

“Entonces eres algo así como un psicópata cuya máxima en la vida es la de reinvéntate… y anda, ¿no es así?”, preguntó pausado Ariel Mendoza, encandilado por la forma en la que Borchi se había definido a sí mismo, así como a su manera de actuar.

“Sí, así es. Hasta el momento, doce mascotas han pasado por mis manos desde que comencé en el negocio en 1992. Y con ellas, doce formas diferentes de acabar con sus vidas que, gracias a mi buena memoria, recuerdo perfectamente”, sonrió Borchi.

“Te quedan aún cinco minutos. Cuéntales a tus compañeros tu primer y tu último asesinato, para que puedan contrastar tu evolución psicópata y puedan decidir por ellos mismos si realmente te reinventas en cada crimen”, interpeló Ariel Mendoza.

“Está bien. Pues mi primera víctima fue a nivel provincial. Acababa de finalizar la Expo de Sevilla y la popularidad de Curro primero y mi ego después, hicieron que mi autoestima se encumbrara hasta el Olimpo de las mascotas profesionales. Sin embargo Rizinho, (la mascota creada en una agencia de publicidad sevillana para la inauguración de una nueva peluquería brasileña en Triana) intentó hacerme la competencia, apareciendo en un anuncio de la televisión local comparándose conmigo. ¿Dónde se ha visto que unas simples tijeras pudieran hacerle sombra a la mejor mascota española de la Historia?

Así que decidí actuar e ir a por Rizinho. Lo atosigué, lo acosé y lo traumaticé con anónimos hasta que llegó el día en el que decidí que debía morir. Lo seguí hasta su casa, lo abordé en el portal y lo obligué a entrar en su vivienda sin levantar la voz, colocándole una pistola en el centro de su columna vertebral. Una vez dentro lo amordacé, abrí mi maletín y le clavé 619 tijeras por todo el cuerpo mientras le decía que nadie le hacía sombra a Borchi, y mucho menos un payaso disfrazado de Eduardo Manostijeras”, dijo Borchi, bebiendo un vaso de agua y cogiendo aire para continuar con su exposición. “Después, me lo comí entero”.

“¿619 tijeras? ¿Y después te lo comiste?”, preguntó con curiosidad Laura Luengo mientras miraba con recelo al pequeño hombrecillo.

“¿Desde cuándo un psicópata necesita explicar por qué utiliza cualquier artilugio para matar? Me gusta ese número, tenía hambre y me apetecía acabar con su vida con tijeras. Creo que era un final romántico para su situación, ¿no crees, Laurita?”, rió Borchi. “Continúo, que aún me quedan 2 minutos”, dijo llevándose la mano a su antiguo reloj marca Casio.

“Resumiendo… que Rizinho pasó a la Historia, como también pasó hace unos meses mi última víctima, Fluvi la mascota de la Expo 2008 de Zaragoza”, continuó Borchi, dando un toque de misterio a su narración.

“¿Mataste a la mascota de la Expo de Zaragoza? ¿Cómo lo hiciste y qué te había hecho?”, volvió a preguntar Laura Luengo con un disimulado gesto de escepticismo.

“No me había hecho nada diferente a lo que me hicieron las otras mascotas a las que asesiné. De hecho, ni la conocía personalmente hasta que acabé con ella. Simplemente, estaba en el lugar equivocado en el momento menos indicado y por eso, debía morir. Odio la competencia”, volvió a incidir Borchi.

“¿La mataste sin motivos?”, preguntó esta vez Marco Ramírez.

“Estáis muy pesaditos con el tema, eh. ¡Un psicópata no necesita un motivo para matar! Se supone que es nuestro trabajo, para lo que hemos nacido, ¿No es así, maestro?”, preguntó Borchi airadamente al profesor que se había sentado en la antigua silla de Javi Altorreal (ahora forzosamente vacía) para sentirse como uno más del grupo.

“Así es, Borchi. Es nuestro Destino y a eso no hay que buscarle explicaciones. Si nacen carpinteros, periodistas o panaderos, ¿Por qué no iban a nacer psicópatas? Sigue con tu explicación, por favor”, concluyó Ariel.

“Gracias maestro. Pues decía que maté a Fluvi ahogándolo con su propia sangre. Descubrí dónde vivía, lo seguí durante dos semanas y lo secuestré a la salida de su otro trabajo, ya que la mayoría del tiempo ejercía como administrativo en una empresa agrícola de Zaragoza.

Después, lo subí amordazado al maletero de un coche de alquiler y nos trasladamos hasta una cabaña abandonada situada a unos cien kilómetros de Toledo. Durante tres días fui extrayéndole la sangre, muy poco a poco, hasta que al tercer día estaba tan débil que creí que moriría en menos de una hora. Y fue en ese momento en el que decidí taponarle la nariz y administrarle por la boca su propia sangre mezclada con una droga llamada LSD. Al cabo de veinte minutos, Fluvi ya había muerto”.

“¿Y te lo comiste?”, cuestionó con gran interés Dimaggio.

“Nunca me como a los que he envenenado antes. A Fluvi lo enterré en una fosa profunda que hay cerca de la cabaña. Allí nadie lo descubrirá”, finalizó Borchi. “Y me han sobrado treinta segundos”, rió satisfecho.

CAPÍTULO 11: LA RUTA DE LAS MARIPOSAS

domingo, 30 de noviembre de 2008


“Bisturí”, dijo Laura Luengo. “Hay que abrir ya o se nos va. No hay tiempo. ¡Leticia, espabila y pide 2 bolsas de cero positivo al banco! ¡Ya!”.

“Bisturí”, respondió la enfermera Leticia, extendiendo su brazo para entregárselo a Laura Luengo. “Voy al banco a por la sangre. Vuelvo enseguida”.

“Doctora Luengo, deténgase. ¡Le tiembla la mano! ¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal? Pare, no abra, ya lo hago yo”, comentó rápidamente el Doctor Cuevas, residente de tercer año de Laura Luengo mientras miraba de reojo a su jefa con cara de sorpresa.

“¿Mi mano? ¿Qué estás diciendo, Nacho? Estoy bien. Sigamos si no quieres tener que decirle a la familia de este hombre que se nos ha muerto en la mesa de operaciones”, explicó Laura.

“No está bien. ¡Le está temblando la mano! Por favor, salga del quirófano. Está muy nerviosa y así no está en condiciones de llevar a cabo una operación tan delicada como un trasplante de riñón”, volvió a incidir el joven Doctor Cuevas. “Alguien debería examinarla”.

“Es verdad. Me está temblando la mano…”, dijo aterrada Laura Luengo al descubrirse reflejada en un espejo. “¿Qué me pasa? No puede ser… ¿Qué me pasa? Nacho, voy a que me examine un amigo, el Doctor Fabri. ¿Sabrás arreglártelas sin mí?”.

“Claro que sí, doctora. Le he visto hacer esta operación decenas de veces. Vaya tranquila. Cuando acabe la operación, la veré en su despacho. No se preocupe, seguramente simplemente sea stress”, respondió Nacho.

Tan sólo seis semanas después de aquella situación, el mundo parecía haberse acabado para Laura Luengo. Al salir de la consulta del Doctor Fabri, la joven doctora se había enclaustrado en su casa con una fuerte depresión al conocer, de boca de su buen amigo, el peor de los diagnósticos posibles para un cirujano.

“Laura, lo siento mucho, pero tienes Parkinson precoz”, le confesó el doctor tras contrastar unos análisis y hacerle unas pruebas de esfuerzo. “Nunca más podrás volver a entrar en quirófano”.

“¿Parkinson precoz? Si sólo tengo 35 años y en mi familia no hay antecedentes de esta enfermedad. ¿Estás seguro, Mauricio?”, preguntó casi sin esperanzas y muy apenada, Laura Luengo.

“Nunca daría un diagnóstico así sin estar completamente seguro, Laura”, replicó el Doctor Fabri con tristeza en los ojos. “¿Sabes qué creo que deberías hacer? Aprovecha y tómate unas vacaciones indefinidas. Eres joven y guapa, estás soltera y ahora, tendrás todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida y hacer esos viajes que siempre quisiste hacer y que tu trabajo nunca te permitió realizar. Vete a África y haz el safari del que siempre me hablas, el de la ruta de las mariposas”.

“¿Me estás tirando los tejos? Tengo Parkinson precoz, Mauricio. Déjate de ruta de las mariposas. Mi vida se ha acabado en este momento. ¿De qué voy a trabajar ahora? Sólo sé moverme entre bisturís, ya lo sabes. Voy a casa a emborracharme y comerme todo el helado que tenga en el frigorífico hasta que me ponga como una foca”, lloró agriamente Laura Luengo.

Pero una noche, seis semanas después del demoledor diagnóstico y tras una serie de pesadillas que le habían impedido descansar como a ella le hubiera gustado, Laura Luengo tuvo una revelación en su interior que le hizo dar un salto sobre la cama y descubrir que la depresión en la que estaba encerrada, había pasado a mejor vida. Una revelación en la que Laura descubría que en interior había despertado una psicópata, (seguramente su alter ego) que haría pagar al mundo el haberle enviado esa terrible enfermedad.

“Mamá, tengo Parkinson precoz”, confesó Laura a su madre por teléfono, despertándola sin compasión a las tres de esa misma madrugada.

“¿Qué dices, hija? ¿Estás enferma?”, preguntó preocupada su madre. “¿No habrá sido una pesadilla?”.

“Sí estoy segura, pero no te preocupes. Mauricio, el hijo de Martín y Lourdes, tus amigos argentinos, me lo diagnosticó hace seis semanas y me aseguró que aunque no es grave, no puedo volver a entrar al quirófano.

¿Puedes creer que lo único que se le ocurrió decir para consolarme fue que hiciera la ruta de las mariposas? Lo que necesito ahora mismo es cambiar de aires, dejar Murcia y trabajar… y estoy sin trabajo. Te necesito, mamá. ¿Podrías conseguirme algún trabajo en tu empresa, en Madrid? Ahora mismo, te agradecería cualquier trabajo. Necesito estar con gente y no pensar en lo que me ha pasado”, comentó Laura Luengo mientras su madre sopesaba las opciones que podía ofrecerle a su hija.

“No desesperes, hija. Ahora mismo, lo único que puedo ofrecerte es algo para que empieces desde abajo, aunque sea solamente por una temporada. Hemos abierto una nueva división en la empresa que se dedica a observar el comportamiento de las compradoras potenciales mediante reuniones que realizamos en el Pabellón B de nuestra sede de Madrid. Allí, cada día acuden decenas de mujeres que representan a todos los segmentos de la población que vive en España. Y en cada reunión introducimos empleadas (normalmente recién llegadas a la empresa) que actúan como topos y que nos ayudan a descubrir cómo mejorar nuestros servicios y nuestros productos para finalmente incrementar nuestras ventas.

Te infiltrarías como una compradora más en un grupo reducido de entre 6 y 8 mujeres de tu franja de edad. Deberías ser los ojos de la empresa en esas reuniones. Tendrías que ganarte la simpatía y la amistad de todas ellas, sin que sospechen quién eres, hasta que descubras cómo piensan las mujeres de sus características sociodemográficas.

Tu sueldo sería bajo al principio, pero sería solamente algo transitorio mientras aparece un puesto más acorde con tus habilidades. Además, así estarías acompañada y podrías hacer nuevas amigas en un nuevo ambiente. Creo que en tu situación no debes pasar mucho tiempo sola, hija. ¿Te interesa el puesto?”, respondió la madre de Laura con la secreta esperanza de que su hija, acostumbrada a la clase social burguesa, rechazara de lleno su oferta para convertirse en una simple espía.

“¿Quieres que sea maruja profesional? ¿Convivir con un grupo de mujeres adictas a los programas del corazón e intentar comprender por qué comprarían un recipiente para la ensalada? La verdad es que siendo accionista de Tupperware como eres, yo pensaba que me ofrecerías un puesto de Directora de Recursos Humanos, como mínimo”, comenzó a decir Laura entre risas. “Pero está bien… acepto. Me vendrá bien una mudanza. El trabajo es lo de menos. Se acabó eso de ir al Club de Golf los domingos. ¿Cuándo empiezo, mamá?”.

“¿Has dicho que aceptas? ¿Estás segura? Tengo que reconocerte que no estoy muy segura de si conseguirás adaptarte a este trabajo. Sinceramente, esperaba que lo rechazaras”, confesó finalmente la madre.

“¿Tan poca confianza tienes en mí, mamá? Si he sido capaz de operar a corazón abierto, creo que seré capaz de cambiar mis hábitos de vida y comenzar de cero. Además, tú misma has dicho que sería algo temporal, así que necesito que confíes en mí por una vez en tu vida. ¿Cuándo te he pedido algo? Hasta ahora, he salido adelante bastante bien, ¿no crees?”, comentó enérgicamente una ofendida Laura Luengo.

“Tienes razón Laura, debo confiar en ti. Lo arreglaré todo para que empieces el lunes. No te preocupes por buscar piso ahora. Puedes quedarte en mi casa hasta que encuentres algo, pero no hay prisa”, comentó la madre de Laura, dejando salir una breve sonrisa que percibió la ex-cirujana.

El Pabellón B de la sede de Madrid era de nueva construcción. En su interior, veintiuna habitaciones estaban perfectamente dispuestas para realizar el seguimiento de los grupos que visitaban el nuevo Departamento de Control y Seguimiento, sin duda, atraídos por la comida y el pack de regalo con el que se obsequiaba a cada visitante. Las salas, numeradas del 1 al 21, se prolongaban a lo largo de dos extensos pasillos que cruzaban el pabellón de esquina a esquina. Y al final de la habitación número 21, una puerta conducía hasta un viejo almacén totalmente abandonado que se convertiría, curiosamente, en un lugar bastante frecuentado por Laura Luengo, tal y como le comentó al salir de clase a Claudia Dimaggio mientras ambas chicas se dirigían, como buenas amigas, a tomar unas cañas debido al feeling que recientemente había surgido entre ellas.

“¿Sabes que yo también tengo mi propia habitación 22?”, explicó de forma risueña Laura Luengo a Dimaggio que la miraba con incredulidad.

“¿Qué quieres decir?”, preguntó Dimaggio. “¿No vivías con tu madre en su chalet de La Moraleja mientras tú encontrabas piso?“.

“Sí, vivo con mi madre. Quiero decir que yo también tengo un lugar en donde la psicópata interior que emergió de mis entrañas hace casi seis meses y en la que me he convertido, se venga del mundo que me ha hecho tan desgraciada. Desde que me mudé a Madrid, había buscado sin éxito un lugar en el que me sintiera segura para asesinar, acabar con personas inocentes como el Parkinson precoz acabó con la Laura inocente que yo era antes. Necesitaba tranquilidad y un espacio lo bastante amplio y solitario como para que nadie pudiera impedirme continuar con mis operaciones.

Hasta que un día crucé, por error, una puerta que siempre había estado en el pabellón donde trabajo pero a la que nunca había prestado atención ni había dado importancia. Aquella tarde salía de una reunión en la que una de las participantes, Patricia, no paraba de hablar del programa del corazón en el que habían pillado in fraganti al hijo de una famosa cantante española saliendo de un prostíbulo. Quién sabe si serían mis ganas por asesinarla allí mismo o quizá el Destino, pero lo cierto es que esa tarde encontré el que sería, a partir de ese momento, mi lugar favorito en la empresa. En aquel pabellón hay 21 habitaciones, todas ellas numeradas, y un almacén justo después de la última puerta. Por eso, no sé si por casualidad o por el Destino, yo también tengo mi habitación 22, concluyó Laura Luengo, guiñándole un ojo a Dimaggio.

“Pero ese lugar, ¿No está muy concurrido todos los días? ¿Cómo matas en tu lugar de trabajo? Me tienes intrigada, Laura”, inquirió Dimaggio.

“Me llevó cuatro semanas el acondicionamiento de aquel viejo almacén para que todo estuviera a mi gusto, pero al fin estaba listo para estrenarlo. Como acabé un jueves, el viernes esperé pacientemente durante toda la tarde, aguantando las absurdas teorías de mis compañeras María, Nuria, Leticia, Margarita y Patricia sobre cómo el hijo de la famosa cantante era víctima de los medios de comunicación desde que nació, por lo que la culpa de su decadencia no era suya. No te imaginas lo duro que se me hizo no sacarles los ojos con los afilados cuchillos que nos presentaban en ese momento”, explicó Laura Luengo. “Pero una vez finalizada la reunión, las convencí para que me acompañaran al almacén, ya que según les dije, un responsable de Tupperware me había pedido que las llevara allí para recoger los obsequios que nos habían prometido”.

“Y una vez dentro imagino que las asesinas, pero, ¿Cómo lo haces?”, preguntó Dimaggio, bastante intrigada.

“Una vez dentro, como había dejado conscientemente el día anterior la estancia un poco oscura, les indiqué con un gesto que debían continuar caminando por el centro del recinto, por debajo de una fila de focos medio encendidos, hasta una mesa con regalos que había al final del almacén. Allí, podrían recoger sus obsequios. Entonces, sin apenas pensarlo y sin mediar palabra, se apresuraron y se dirigieron hacia la mesa como una jauría de lobos sin saber que, unos metros antes de llegar a la mesa, yo había colocado una inmensa alfombra que disimulaba un agujero en el que podría mantener cautivas, perfectamente, hasta diez personas. Aunque aquel día, como era la primera vez que mataba y me tenían bastante harta de conversaciones absurdas, decidí que solamente fueron cinco las elegidas.

Como puedes imaginar, las cinco cayeron en la trampa y en un abrir y cerrar de ojos, todas imploraban socorro, aunque no comenzaron a darse cuenta de la gravedad de la situación hasta que cerré herméticamente el agujero con una compuerta metálica que había instalado la última semana. Después, por un pequeño agujero, les arrojé un bolígrafo y una revista de prensa rosa con una nota en la que podían elegir entre dos opciones: debían decidir si preferían que sus cuerpos despedazados fueran enviados a casa de la famosa cantante o a casa del presentador de televisión que descubrió el escándalo del hijo de la cantante saliendo del prostíbulo.

Al principio no entendían nada, pero como observé que creían que se trataba de una broma, decidí actuar. Saqué una pistola con silenciador de mi bolso, abrí la compuerta metálica y disparé, sin pensarlo dos veces, a la cabeza de Patricia. Como comenzó a cundir el pánico entre las chicas, les apremié para que escribieran de una vez dónde querían que enviara sus cuerpos, indicándoles que había insonorizado el almacén y que nadie sabía que estaban allí. Tenían diez segundos o dispararía a otra chica a la cabeza. Al no decidirse, disparé a Margarita a la cabeza y cayó fulminada al suelo. Ahora, tan sólo quedaban tres y estaban aterrorizadas, sin entender nada. Les volví a presionar para que escribieran el lugar en el que querían reposar después de descuartizarlas y como siguió sin surtir efecto, decidí acabar por la vía rápida. Tres disparos más, tres caídas fulminantes al suelo.

Tras sacarlas del agujero, comenzó lo realmente divertido. Saqué mi material quirúrgico, compuesto por tijeras, tenazas y varios bisturís, me coloqué mis guantes y comencé a descuartizar con sumo cuidado, una a una, a todas las chicas, comenzando por Patricia, a la que no soportaba. Acerqué a la mesa unas cajas de Tupperware y fui introduciendo en ellas los miembros seccionados de las cinco chicas. Una vez que había acabado con la última de las chicas, aún quedaba por decidir dónde enviaba sus cuerpos metidos en los envases que fabricaba mi empresa y como ninguna había indicado dónde prefería, repartí las 40 cajas en las que había metido a las chicas en dos lotes, que envié posteriormente y como dije, a las casas de la cantante y del presentador, respectivamente”, finalizó Laura Dimaggio.

“Creo que tú y yo vamos a ser buenas amigas”, expresó con gran satisfacción Claudia Dimaggio mientras agarraba a Laura de la mano.

“Por supuesto, Dimaggio. Y cuando acabe el Máster, tú y yo nos vamos a África para hacer la ruta de las mariposas”, concluyó Laura Luengo con una gran sonrisa en la boca.

CAPÍTULO 10: CSI PSICÓPATA

domingo, 23 de noviembre de 2008

“Deja de intentar ligar con Laura y sienta tu gordo culo de una vez, Marco. He estado pensando estos días en cómo Tony el Cachas escuchaba las Valkyries de Wagner durante sus actuaciones y me ha dado una idea. Si lo pensáis bien, en el momento de acabar con la vida de nuestras víctimas, todos pensamos en una canción en concreto. Podría decirse que es la canción con la que dejamos salir a nuestro psicópata interior.

Por eso, para facilitar que vuestros psicópatas interiores salgan y aprovechen al máximo nuestras clases, quiero que la semana que viene cada uno de vosotros traiga la canción en formato mp3 con la que se sienta identificado a la hora de matar. Después, las juntaré todas y conformaré el primer disco de música para psicópatas de la Historia”, comenzó a decir el profesor, haciendo un inciso para tomar agua. “Para abrir boca, hoy os pondré la canción en la que pienso últimamente antes de acabar con alguien: “VICIOUS TRADITIONS”, de “THE VEILS”.

“Está bien. Vamos a empezar. La clase de hoy girará en torno a la regla número 8 del manual del perfecto asesino: UNOS GUANTES SON LOS MEJORES AMIGOS DE UN PSICÓPATA.

Hasta ahora hemos visto, entre otras cosas, que un psicópata nunca se ríe, no tiene conciencia, nunca se pone nervioso, es cruel y aprende de la Historia, además de que no se debe creer en su palabra bajo ningún concepto y de que la empatía no es su fuerte, ni mucho menos.

Seguramente, alguna vez os habréis preguntado de dónde me he sacado estas reglas que os voy desgranando semana a semana e incluso sé que alguno piensa que lo he recopilado de Internet, pero nada más lejos de la realidad. La verdad es que hace unos 15 años, en mi afán por mejorar mis técnicas psicópatas, conseguí un puesto en la recién creada policía científica de Madrid y es así como os conocí a vosotros”, dijo Ariel Mendoza.

“¿Cómo que nos conociste mientras trabajabas en la policía científica? ¿Qué quieres decir? ¿Eres un madero y quieres encarcelarnos?”, preguntó Morcillo con interés pero cauteloso.

“¿No os habéis preguntado cómo conseguí dar con vosotros? ¿No os habéis parado a pensar por qué ninguno de los que estáis aquí conocía la existencia de esta escuela? Fui yo quien decidió reclutaros para este Máster a todos y cada uno de vosotros al descubriros fácilmente tras investigar vuestros asesinatos. No olvidéis que como os he dicho, trabajo en la policía científica”, replicó Mendoza.

“Pues no lo entiendo. Si nos descubriste y eres policía, ¿Cómo es que no nos han detenido a ninguno ni nunca han sospechado de nosotros?”, volvió a preguntar el inquieto campesino aficionado a su picadora industrial.

“Nunca os han detenido porque nunca os he delatado. No os podéis imaginar el poder que tiene un CSI en las investigaciones criminales en España. Nadie te hace preguntas y tu palabra nunca es puesta en duda, digas lo que digas. Si digo que ninguno de vosotros sois sospechosos de asesinato, para la policía no lo sois y desaparecéis de todas las investigaciones oficiales. Lo que ocurre es que, como ya os expliqué hace unas semanas, he visto el mal en vosotros y por ello, pretendo haceros mis herederos, pulir vuestros errores de principiante hasta que os considere dignos de mi legado”, respondió de nuevo el profesor.

“¡Qué fuerte! ¡Eres poli! ¿Cómo quieres que ahora confiemos en ti? ¿Crees que esto es el Show de Truman? Ni tú eres el arquitecto que controla nuestras vidas ni nosotros somos Jim Carrey. Vámonos de aquí, chicos, que este tío es un farsante”, comentó en voz alta y con bastante enfado el hasta ahora semi-desconocido Borchi.

“Háblame con más respeto, Borchi, que podría ser el tatarabuelo de tu tatarabuelo. El que quiera, es libre de levantarse e irse por esa puerta. Pero en el momento en el que intente salir, os informo que hay tres opciones: quizá pueda abandonar el Máster sin ningún problema, quizá le atraviese el corazón con mi katana y lo dé de comer a los gatos de esta calle o quizá cambie de opinión respecto a algún crimen que haya cometido y del que me hice el loco y miré para otro lado. Si hago esto, en 5 minutos tendrá a toda la policía de Madrid detrás de él y tendrá que cambiar su residencia habitual por Alcalá Meco. Vamos, valientes, vosotros decidís. Aquí los motines se resuelven así. Tenéis 10 segundos para dar un paso al frente”, dijo con voz pausada Ariel Mendoza.

“Yo no te creo, Mendoza. Me has decepcionado. Seguidme, chicos. Salgamos de aquí que este hombre está loco”, volvió a criticar Borchi ante la atenta mirada del vetusto profesor.

“Cállate, Borchi. Sabemos de lo que es capaz Ariel. Todos lo hemos visto y ninguno de nosotros está tan loco como para intentar salir de aquí. Además, que sea policía científico nos puede ayudar a conocer mejor la forma de pensar de la policía y adelantarnos a sus movimientos”, explicó Laura Luengo, poniendo bastante cordura a la situación.

“Es cierto. Para mí, nada ha cambiado. Sigo queriendo mejorar mis aptitudes personales para el crimen. Quiero especializarme en el oficio y que mi nombre sea sinónimo de terror para mis víctimas. Y para ello, te necesito, Ariel”, comentó la sensual Claudia Dimaggio.

“Yo no me voy de aquí”, dijo enérgicamente Said Asecas. “Estamos con Said. Nosotros también nos quedamos”, secundaron inmediatamente Chus Fado, Morcillo, Marco Ramírez y el sádico Tony el Cachas.

“Ya está bien de tantas tonterías. ¿Quién te ha dado permiso para hablar en nombre del grupo, jodida mascota?”, interrumpió Rodrigo, dirigiendo una mirada de ira hacia Borchi. “Todos los que estamos aquí queremos aprender y necesitamos un líder al que seguir. Y según creo, Ariel Mendoza tiene la experiencia necesaria para darnos las claves del oficio. Ariel, si me das permiso, acabo yo mismo con Borchi para que podamos seguir con la clase”.

“No hará falta. Muchas gracias, Borchi. Veo que además de cómo psicópata, podrías ganarte la vida como actor”, comentó risueño Mendoza ante las carcajadas de Borchi.

“¿Que podría ganarse la vida como actor? ¿Esto es una broma?”, cuestionó nuevamente Morcillo, mostrando un rostro de incredulidad mientras miraba a su pequeño compañero.

 “Esta mañana, antes de entrar a clase, he tenido una fructífera conversación con vuestro compañero Borchi. Le he contado que me infiltré en la policía científica para conocer gente como vosotros y le he pedido que hiciera de abogado del diablo, es decir, que pusiera en duda todo lo que yo dijera, para comprobar hasta qué punto alcanza vuestra fidelidad a mí. Y me alegra comprobar que habéis aprendido la lección y que vuestro ex-compañero Javi Altorreal no murió en vano”, replicó Ariel Mendoza. “Ahora, podemos continuar con la clase de hoy. Ahora voy a explicaros por qué UNOS GUANTES SON LOS MEJORES AMIGOS DE UN PSICÓPATA”.

“He seguido con interés vuestras carreras delictivas y creedme si os digo que todos vosotros cometisteis, en vuestros inicios, el error de dejar al descubierto algún tipo de huella dactilar, las mismas por las que os he ido identificando. Hace ya unos siete años, comencé con el casting al localizar las huellas de Morcillo en su picadora industrial y hasta que hace unos meses descubrí en un camerino que Chus Fado no era un rapero normal, no di por cerrada mi selección. Durante este tiempo, he visto vuestras huellas demasiadas veces expuestas a la vista de quien las hubiera querido ver y tenéis suerte de que yo no quisiera verlas”, continuó Mendoza.

“Últimamente, he visto con satisfacción como algunos de vosotros habéis ido puliendo ese defecto y habéis dejado cada vez huellas más imperceptibles. De hecho, tengo sobre mi mesa dos casos en los que las pruebas que he obtenido no me permitirían, científicamente, dar el nombre del asesino con total seguridad, pese a que por mi experiencia supe quién lo hizo al descubrir su modus operandi.

Tengo sobre mi mesa dos asesinatos que alguien cometió con tal destreza que lo único que pude descubrir fueron, para mi propio asombro, una huella parcial en un Tupperware que contenía una mano y que apareció en la casa de un famoso presentador de televisión y pequeños restos de otra huella en una cinta adhesiva de una habitación de un hostal. Si no hubiera seguido la carrera psicópata de Laura Luengo (que es la culpable del asesinato del Tupperware) y de Dimaggio (responsable del segundo crimen), no tendría ningún indicio para acusarlas de nada y eso es gracias a que en sus últimos crímenes tuvieron la previsión de usar guantes.

Así que debo felicitaros, chicas. Descubristeis por vosotras mismas la importancia de ser imperceptible, aunque eso sí, debéis ser aún más cuidadosas a la hora de perpetrar vuestros futuros homicidios, porque nunca se sabe cuándo la policía está mirando”, finalizó el profesor, con la satisfacción propia de quien constata que su utopía de Máster de psicópatas iba por el buen camino, metafórica y siniestramente hablando”.