Bienvenido

CAPÍTULO 6: CLUB VIETNAM

domingo, 26 de octubre de 2008



“Lo tienes muy difícil, Hurtado. No compliques más las cosas. Confiesa y te prometo que el juez tendrá en cuenta tu colaboración. ¿Dónde has escondido la coca? ¿Quién es tu enlace en Bogotá? ¿Para quién trabajas? Es Guirao, ¿verdad?”, preguntó el detective Freixa, de la subdivisión de narcotráfico de Valencia.

“Tengo derecho a un abogado y quiero hablar con mi abogado. Llame a Rodrigo Suárez. Sólo hablaré con él”, exigió Hurtado, el joven colombiano al que Freixa estaba interrogando.

“Ah, perdóname. No sabía que un asesino y narcotraficante como tú tenía derechos”, contestó Freixa a la vez que ordenaba al agente Martínez que apagara la cámara que grababa la sala de interrogatorios y aplastaba la cabeza de Hurtado contra la mesa de acero que presidía la habitación. “¿Piensas hablar por las buenas o por las malas? Tu abogado vendrá cuando a mí me dé la gana, entérate de una vez”, volvió a insistir el detective mientras seguía golpeando la cabeza del colombiano contra el frío metal.

“Deje inmediatamente de coaccionar a mi cliente, Freixa. ¿Hay algún motivo por el que haya apagado la cámara de la sala? ¿Por qué no me ha llamado inmediatamente? Leo Hurtado tiene sus derechos y tanto usted como yo sabemos que puedo denunciarlo por exceso de autoridad y detención ilegal. ¿Es lo que quiere? No creo que a su jefe le haga mucha gracia descubrir cómo “interroga” a sus detenidos, ¿no cree?”, reprendió Rodrigo Suárez a la vez que entraba en la sala y se acercaba por detrás a Hurtado.

“Pero, ¿Quién le avisa siempre tan pronto, Suárez? Ahora que empezábamos a divertirnos”, dijo el detective Freixa, alejándose del detenido.

“No juegue conmigo, detective. No se salte las reglas. ¿Tiene alguna prueba para acusar a mi cliente de narcotráfico o asesinato? Si no es así, le exijo que lo deje en libertad inmediatamente”, expuso el abogado.

“Hoy te vas a librar, Hurtado, pero cuando cometas un error, aunque sea mínimo, saltaré sobre ti como un león sobre una gacela y voy a disfrutar viendo como las hienas se pelean por despedazarte. Estás avisado. Llévate de aquí a esta escoria, Suárez”, espetó Freixa.

“No se exalte, Freixa. No hay necesidad de amenazas, ¿verdad? No se lo he dicho, pero he pedido a su compañero que encendiera la cámara. Ya sabe que siempre me han gustado las cámaras. Debí ser presentador de televisión. Bueno, quizá en otra vida. Nos vemos pronto, detective. Vamos Leo, te invito a comer”, finalizó Rodrigo Suárez mientras abandonaba la estancia junto al joven colombiano.

Una vez fuera de la comisaría, Rodrigo Suárez acompañó a Leo Hurtado hasta su propia casa, apenas unas calles al sur, para hablar sobre su detención. Debido a que había llovido muchísimo durante varios días, la acera parecía una pista de patinaje. “Si lo sé, traigo los neumáticos de lluvia extrema”, comentó jocosamente Rodrigo Suárez.

“Tenemos que hablar, Leo. Casi te pillan y nos joden el negocio. ¿Qué ha pasado?”, preguntó el abogado a Hurtado nada más entrar en su casa.

“Hace unas semanas supe que algo extraño ocurría, pero antes de salir de Bogotá me aseguraron que hay un chivato en “la Cosa”, Rodri. ¿Has oído hablar del argentino, el infiltrado que tiene “la Cosa” en el Banco Nacional? Pues vendió mi culo a la policía española para salvar el suyo. Tenemos que hacer algo”, comentó Hurtado.

“Sí, he oído hablar de él. Tengo una idea. ¿Has oído hablar tú del Club Vietnam?”, preguntó Suárez al colombiano.

“Ése no es el club de paintball que creaste el año pasado? ¿Qué tiene eso que ver con el argentino? ¿Te lo quieres llevar a jugar a los pistoleros”, inquirió sorprendido Leo Hurtado.

“Sí, eso es. Desde hace unos años, el paintball se ha convertido en uno de los ejercicios de marketing outdoor más utilizados por las empresas. Y creo que a mi amigo Fernando Rubio, director de marketing del Banco Nacional, le interesará un ejercicio de paintball para sus empleados a mitad de precio. ¿A quién no le gusta pegar tiros con balas de pintura al 50% de descuento”, explicó Suárez mientras guiñaba un ojo a Hurtado.

“Una vez en el campo de tiro, infiltraré a uno de mis hombres en el equipo del argentino y le disparará a quemarropa con balas reales en un lugar bastante alejado del resto del grupo. Le preguntará si sabe qué es lo que les pasa a los chivatos y lo ejecutará allí mismo por la espalda. Después, mi hombre me avisará por el transmisor que llevará encima y yo me desharé del cuerpo. Para eso tengo una sala especial”, expuso Rodrigo Suárez ante el asombro del joven colombiano.

“¿Una sala especial? ¿Qué hay en esa sala?”

“He instalado un pequeño horno crematorio que de cara al Ministerio de Defensa, sirve para quemar material defectuoso, pero que para nosotros, servirá para eliminar todo rastro sobre el argentino. Lo cierto es que últimamente, lo uso mucho: prostitutas, morosos, vagabundos… Es un buen negocio. Soy algo así como una banda terrorista totalmente legalizada por el Gobierno. Te asustarías si conocieras a algunos de los clientes más insignes de mi club. Eso sí, sólo lo utilizo bajo encargo y no por menos de 3.000 euros”, concretó el abogado.

“Pero volvamos al argentino. Después, cuando vengan a preguntarme sobre lo ocurrido, les diré que lo vi marcharse 30 minutos antes de que acabara el ejercicio grupal y en el caso de que la policía insistiera mucho, usaría mis influencias políticas para dar por zanjado el asunto. Es un juego de niños”, finalizó Rodrigo Suárez.

“Y ésta es la historia del abogado de la Cosa, al que agradezco su participación en este Máster. Apuntad, chicos. Regla número 4 del manual del psicópata: “UN PSICÓPATA NUNCA SE PONE NERVIOSO. Y según veo Rodrigo, tú haces honor a esta regla. Siempre tienes la situación controlada y me gusta tu forma de actuar. Tienes una buena tapadera con tu club de paintball y eso es importante para un psicópata. Recordad que nunca debéis dejar nada al azar. Ya sé que os lo he dicho muchas veces, pero escucharlo una vez más no os vendrá mal. Cuando empiecen los ejercicios, Rodrigo, estarás en el Bando Creativo. Muchos de tus compañeros deberían verte como un ejemplo a seguir. Podéis ir en paz”, terminó Ariel Mendoza.

“Jefe, si me invita a unas cervezas, Rodrigo será mi ejemplo a seguir para toda la vida”, comentó Morcillo a Ariel Mendoza con tono bromista. “Y si me compra un barril, le pongo una estatua en el salón de mi casa y la venero todos los días al amanecer”.

CAPÍTULO 5: 検索結果 (MALDITO)

domingo, 19 de octubre de 2008



“Eh, sentaos de una vez. Parece que os acabáis de conocer. Sois una panda de marujas”, dijo Ariel Mendoza con rostro hierático. “Esto va a cambiar”.

“Perdone sr. Mendoza, pero ¿qué quiere decir?”, preguntó inquieto Chus Fado”.

“Las reglas han cambiado y gran parte de la culpa la tienes tú, Fado, por lo que yo en tu lugar me callaba la boca de una vez. El último día en clase, justo antes de que ocurriera el infeliz accidente de vuestro compañero Javi, me dio la impresión de que se cuestionaban mis métodos, unos métodos que no inventé yo, sino que ya pusieron en práctica a lo largo de sus largas y legendarias carreras psicópatas grandes maestros, como Jack el Destripador o Armin Meiwes, el caníbal de Rotemburgo.

¿Qué os habéis creído? ¿Dónde creéis que estáis? Os lo dije una vez y no lo volveré a repetir: ni esto es un confesionario donde podéis expiar vuestras culpas ni yo soy un cura que me preocupe por vuestras almas. ¡Como voy a ser un cura si a mi me persiguió la Inquisición durante más de una década! Me dan igual vuestras locuras y vuestros ataques de ira. Me dan igual vuestros pasados, vuestros sentimientos y vuestras familias. Yo no tengo sentimientos, ni familia. Sólo tengo una historia que quizá debáis conocer. Soy un psicópata maldito, no tengo sentimientos y hasta ahora, sólo he intentado transmitiros unos conocimientos sobre la profesión que fui adquiriendo con mucho esfuerzo y sacrificio a lo largo de mis diferentes etapas.

Y por si aún no lo habéis deducido por vosotros mismos, os aclararé que hablo de mi evolución psicópata histórica. He tenido muchos nombres y he vivido en muchos lugares. En el siglo XV, más concretamente en el año 1491, viajé al Imperio Japonés para convertirme en samurai. Digamos que por aquel entonces tenía 30 años y mi nombre, Gonzalo Guzmán de Liaño, no era bien visto en la España de los Reyes Católicos, por lo que tuve que emigrar a Japón en busca de una nueva vida. Allí pasé decenas de pruebas hasta conseguir ser adoctrinado por el maestro Ichi Zusuchi en el noble arte del Kendo.

Pero un día, mientras conversaba con mi maestro sobre los sentimientos que surgían en mi interior cada vez que veía a la bella Izu Mikake en el mercado, el acérrimo enemigo de mi mentor, el maestro Nakata, vino en su busca junto a los veinte bandidos más siniestros que el Imperio Japonés ha conocido en el último milenio y lo hirieron de muerte. Se hacían llamar “Los 20 hijos de Zashiki Warashi” (que en la mitología japonesa era considerado como un dios fantasmagórico de la fortuna, que habitaba en las casas japonesas y que las llenaba de prosperidad y buena suerte).

Como era mi deber, me coloqué delante de mi moribundo maestro para defenderlo de los incesantes ataques y conseguí herir gravemente a Nakata y acabar con los 20 hijos de Zashiki Warashi tras una cruenta y feroz lucha por mi supervivencia y por la de mi mentor, que acabó desangrado como un perro apaleado en las sucias calles de Kyoto.

Nakata, por su parte, murió pocos minutos después, no sin antes agarrarme la mano derecha a la vez que me lanzaba una maldición con su último suspiro: “Vivirás eternamente sin sentimientos y nunca morirás, por mucho que salgas en busca de la muerte ella no te encontrará. Olvidarás lo que es el amor y no tendrás un solo minuto de paz nunca más. Te condeno a errar por el mundo como un ser sin alma y allí donde estés, sólo llevarás horror, muerte y destrucción. Tu alma, a partir de ahora, pertenece a Zashiki Warashi”.

Tras eso, solamente recuerdo que desperté en el suelo junto a Nakata y que me sentía diferente. Desde entonces, he tenido muchos nombres y he viajado durante siglos por muchos países buscando incesantemente la muerte, inmiscuyéndome en batallas que no me correspondían con la única esperanza de morir, descubriendo cada vez que aquella maldición se hacía realidad, día a día, batalla a batalla.

Me han atravesado con espadas, me han acribillado a balazos, me han intentado quemar, me han torturado hasta límites que vuestros diminutos cerebros no son capaces ni siquiera de vislumbrar lejanamente… pero siempre he sobrevivido. Mi cuerpo sana inmediatamente y no me deja secuelas”, explicó Ariel Mendoza, convirtiendo el escepticismo inicial de sus alumnos en rostros atraídos por conocer el resto de su historia.

“Pero si es cierto todo lo que ha contado, ¡Debería tener más de 500 años y nadie diría que tiene más de 30!”, exclamó Laura Luengo.

“Para ser exactos, 547. Imagino que Nakata no contaba que maldiciéndome con la inmortalidad, mi cuerpo no envejecería debido a la autoregeneración”, respondió Mendoza.

“¿Y dónde has estado desde entonces? Cuéntanos cómo has llegado hasta aquí”, dijo Said Asecas.

“Sería difícil sintetizar tantos años en cinco minutos que restan para finalizar la clase, pero creo que os haré un resumen. Quizá disipe algunas dudas y os ayude a sacar a vuestro psicópata interior”, manifestó Ariel Mendoza.

“Durante años, he llevado la destrucción y el mal allá por donde viajaba. Volví a España y con el nombre de Carlos Vázquez, participé en la aniquilación del Imperio Inca junto a Pizarro. Después, viajé a Estados Unidos y como Joe Benson batallé en la Guerra de Independencia. Mucho después, participé con el nombre de Éric Fabatier en la I Guerra Mundial y en la II Guerra Mundial, primero como soldado del ejército francés y posteriormente, como sargento a las órdenes del General Besson, luchando en la frontera suiza.

Más adelante, a finales de 1950 me nacionalicé portugués y con el nombre de Joao Costa participé en la Guerra de Independencia de Angola dirigiendo la Segunda Brigada de Artillería portuguesa desplegada en el país africano. Finalmente, estuve brevemente en Irak y volví a España. Ahora, como no existe nadie como yo y tengo todo el tiempo del mundo, intento encontrar personas a las que transmitirles mi legado”, finalizó Mendoza.

“¿Entonces conociste a mi padre?”, preguntó inquieto Asecas.

“Claro que lo conocí. De hecho, conocí a tus dos padres: al biológico y al adoptivo. Tu padre biológico estaba de mi lado antes de iniciar la guerra y después me traicionó. Ordené su asesinato, junto con el del resto de su familia. Si no hubiera sido por el cobarde de tu padre adoptivo, al que envié para mataros y no cumplió mis órdenes, ahora estarías muerto. Después, descubrí que seguías vivo, pero no temas, no quiero matarte.

¿Por qué crees que te fui a buscar? Quería que participaras en este Máster. Sé lo que hicimos en Marimba. Soy consciente de que eras un niño traumatizado y quién mejor que tú, un chico que ha vivido tantos años atormentado con la imagen mental del asesinato de sus padres, para seguir mis pasos? Si me obedeces y mantienes tu estilo, creo que tu nombre pasará a la inmortalidad”, finalizó Ariel Mendoza.

“¿Y si después de conocer esto, no sigo tus pasos?, preguntó mordazmente Said Asecas.

“Si quieres salir vivo de esta sala, los seguirás”, respondió Mendoza, dando por concluida la clase.

Escuela de Psicópatas (Volumen 1)

jueves, 16 de octubre de 2008

Nadie sabe si en un futuro podré editarlo... pero de poder hacerlo, será algo así!!!

CAPÍTULO 4: GÉNESIS PSICÓPATA

viernes, 10 de octubre de 2008

“Bienvenidos, chicos. Hoy tenemos clase de Génesis Psicópata. Comencemos por Javi. Si tú mismo tuvieras que situarte en uno de los dos bandos, ¿en cuál lo harías? ¿Metódico o creativo?”, le comentó Mendoza a Javi Altorreal, del que estaba separado apenas por medio metro de distancia.

“Umm… bueno, yo me considero un homicida creativo, pero siempre siguiendo mis propios códigos, lo que tú llamas el método. Invariablemente, busco a mis víctimas en las timbas ilegales que organizo la noche de los jueves en mi chalet. No me gusta perder, pero os aseguro que les gusta mucho menos a los que osan ganarme una partida de póker, porque les sigo a sus casas y tras dejarles un teléfono móvil en sus coches, espero agazapado en el asiento trasero hasta que salen por la mañana para ir a trabajar.

Entonces, cuando entran en sus vehículos, comienza a sonar el teléfono que les dejo en el asiento del copiloto. Al contestar al teléfono, les he preparado una grabación telefónica en la que siempre digo lo mismo: “Escúchame bien y no hables. En dos minutos estarás muerto. Es inevitable. No grites. No intentes llamar a la policía. Y ni se te ocurra colgar el teléfono. No me gusta que me dejen hablando sólo. Te doy la opción de que me transmitas tu última voluntad para que se la comunique a tu mujer. No quiero que pienses que soy un asesino insensible. Soy un Vizconde”, dijo Javi Altorreal.

“¿Y cómo los matas?”, preguntó intrigado Rodrigo Suárez.

“La gente es muy poco obediente. Siempre cuelgan el teléfono e intentan avisar a la policía. En el momento en el que marcan el 112, les inyecto una dosis de ácido sulfúrico en la vena aorta. Es un método que he ido perfeccionando a lo largo de los años y, tras hacer muchas pruebas, he conseguido que mueran exactamente a los dos minutos de mi llamada”, respondió Altorreal.

“Bien Javi, creo que te incluiré en el Bando Metódico, ya que tienes una serie de códigos muy consolidados y en mi opinión, más que creativo, eres metódico. La opción de la jeringuilla es más que antigua. La usan muchos yonkis de las barranquillas, aunque sí debo felicitarte por el uso del ácido sulfúrico en la aorta. Hubo un tiempo en el que yo mismo practiqué con todo tipo de ácidos corrosivos, pero descubrí que resultaba demasiado fácil. No tenía emoción y en la búsqueda del límite criminal del Ser Humano, no me permitía avanzar. Me estancaba. Creo que en lo que respecta a tu caso, cometes varios errores típicos de los asesinos novatos, pero para eso estás aquí, para dejar de cometerlos y aprender la manera de conseguir el crimen perfecto”, dijo Ariel Mendoza.

“¿Y qué hay de las últimas voluntades de tus víctimas, Javi? ¿Te asegurabas de que se cumplieran o lo hacías solamente como una forma de aumentar sus traumas psicológicos?”, preguntó Laura Luengo.

“Ya he dicho que la gente es poco obediente cuando presiente que puede morir. Excepto en una única ocasión. Aquel día, un hombre me escuchó y me pidió que no matara a su familia, que le dijera a su mujer que la quería mucho y que sentía no haber podido ver crecer a su hijo de tres años. Le aseguré que lo haría, de hecho le di mi palabra, pero le dije que no pensara que se me ablandaría el corazón por lo que me había contado, porque su hora había llegado. Él asintió con la cabeza y aceptó su muerte. Inmediatamente, salí del coche, llamé por teléfono a su mujer y le expliqué que su marido estaba muerto, pero que antes de fallecer me dijo que la quería mucho y que sentía no poder ver crecer a su hijo. Ella al principio no entendió nada, creyó ser víctima de una cruel broma telefónica, pero cuando le dije que saliera a la calle y mirara en el interior del coche de su marido, se arrodilló bajo la lluvia y comenzó a llorar como una magdalena”.

“Escuchadme bien, chicos. Hoy vamos a aprender otra lección gracias a la imprudencia de vuestro compañero Javi”, comenzó a decir Ariel Mendoza. “Regla número dos del manual y fundamental en la Génesis de un psicópata: ¡UN PSICÓPATA NO TIENE CONCIENCIA! No debéis intentar apaciguar esa voz interior que en ocasiones aún os habla después de cometer un crimen. Sois psicópatas, no Hermanitas de la Caridad. Si decidís matar a alguien, lo hacéis con todas las consecuencias. No intentéis salvaros del infierno cometiendo una buena acción con los familiares del cadáver, entre otras razones porque ya tenéis un hueco reservado a la derecha de Satanás. No le debéis nada a la víctima. Le habéis robado la vida, pero sois psicópatas. Nadie espera otra cosa de vosotros”.

“Pero yo doy mi palabra a mis víctimas. Y la palabra de un hombre se cumple siempre”, argumentó Javi Altorreal.

“Cuando estás trabajando, tú no eres un hombre. Eres un profesional y lo único que debe tener un profesional de la muerte es sangre fría, no escrúpulos. Me da igual si eres Vizconde, Marqués, Duque de Alba o un simple panadero, pero si tienes el valor de acabar con la vida de un hombre, lo único que le debes a ese tipo es la obligación de que no te atrapen, porque si no, su muerte no habría valido para nada”, respondió Mendoza.

“¿No merece la familia, si el interesado lo requiere, conocer sus últimos deseos, pensamientos y esperanzas? Podemos acabar con su vida, pero en muchas ocasiones deja familias sin protección y necesitan conocer el porqué de los acontecimientos”, replicó Chus Fado.

“¿Sabéis qué? Estoy empezando a pensar que no sois realmente unos psicópatas. Creo que sois los típicos niños pijos criados entre algodones que como terapia anti-aburrimiento, han decidido matar a gente con pretextos que se sustentan con alfileres. ¿Tenéis realmente escrúpulos? ¿Creéis en los valores morales? ¿Sois simples matones de barrio? ¿Creéis que este Máster es una terapia para calmar vuestra conciencia o lo que es peor, tenéis conciencia? Si es así, os doy la oportunidad de que os levantéis y salgáis por esa puerta. Os aseguro que será la última vez que os dé esa opción. Si os vais, os prometo que no me enfadaré. Si os quedáis, entenderé que queréis aprender y que lleváis el oficio en la sangre”, dijo Ariel Mendoza.

“Entonces, yo me voy. Creo que un psicópata sí puede tener palabra y de hecho, debe cumplirla. Ha sido un placer”, dijo Javi Altorreal mientras se levantaba.

Al dirigirse hacia la puerta, Ariel Mendoza sacó de su cinto de nuevo la katana que utilizó con Martillo días atrás y, sin mediar palabra, la lanzó directamente a la altura de la aorta de Javi Altorreal, acabando con su vida en ese mismo instante.

“¿Por qué le has matado? Le habías prometido que no pasaría nada”, dijo Morcillo.

“Lección número tres: NUNCA CREÁIS EN LA PALABRA DE UN PSICÓPATA”, finalizó Ariel Mendoza. “Hasta mañana a la misma hora. Sed puntuales. Recordad la primera lección”.

CAPÍTULO 3: SAID ASECAS

jueves, 9 de octubre de 2008

“Compañeros, yo tampoco busco comprensión. Hace unos meses comencé a tener una serie de pesadillas en las que una voz me incitaba a cometer un terrible delito: debía secuestrar a mis ya ancianos padres adoptivos, torturarlos mientras imploraban por su vida y descuartizarlos con una sonrisa en la boca. Esta misma mañana, he enviado sus cuerpos despedazados a Marimba. No les guardo rencor, pero es que siempre me ha gustado cumplir órdenes. Mi padre adoptivo lo hacía y no se le daba nada mal”, dijo Said.

“Espera Said. Quiero presentarte yo. Escuchad chicos, quiero que conozcáis a Said. Ha sufrido mucho hasta llegar aquí, con nosotros. Su historia comienza hace más de 40 años. Había pasado algo más de un mes desde que, súbitamente, se iniciara la guerra de guerrillas independentista que pretendía acabar con la soberanía portuguesa sobre Angola. El sol abrasaba con sus poderosos rayos las ya de por sí maltrechas tierras africanas. Una cruz en el calendario de Claudio Asecas (un curtido soldado mallorquín, hijo de un senegalés y una catalana al que la devoción a la Virgen de Fátima, el destino y una chica lisboeta llevaron a enrolarse en la Segunda Brigada de Artillería portuguesa desplegada en Angola) indicaba que ese era el día: 10 de marzo de 1961.

El poblado de Marimba, en el extremo norte del país, se despertó aquella mañana como lo había hecho durante todo el mes anterior, es decir, aterrorizado. Diferentes facciones de los más diversos grupos armados del país, a favor y en contra de la independencia angoleña, se citaban en sus calles para saldar “viejas rencillas” y no resultaba extraño encontrar, cada día, a varias personas asesinadas en la plaza del pueblo”, comentó Ariel Mendoza.

Pero ese día iba a cambiar el futuro del joven Said, que con apenas cinco años, jugaba inocente en la puerta de su humilde casa en el momento en el que un grupo de encapuchados, entre los que se encontraba Asecas, entró vorazmente en su casa y tras amenazar fríamente a sus padres, asestaron varios machetazos mortales en sus respectivos cuellos, acabando de esta cruel forma con sus vidas, sin percatarse de que el niño, con los ojos completamente abiertos, había contemplado la cruel escena en su totalidad.

Segundos después, Said cayó fulminado al suelo debido a un golpe en la nuca que le propinó uno de los asaltantes que le embistió por detrás.

“Mata al niño”, gritó uno de los encapuchados dirigiendo una rápida mirada a Asecas.

“Pero es sólo un crío. Déjale que se vaya, Filipe”, rogó Claudio Asecas.

“¿Me estás desobedeciendo? ¿Osas desafiar mi autoridad, españolito?

“Filipe, deja a Asecas en paz y sigamos la ruta. Costa nos quiere de vuelta en media hora”, se oyó un grito que provenía del fondo de la habitación. “Vámonos de una vez”, berreó otro encapuchado.

“No, no… está bien. Dejádmelo a mí. Es cosa mía”, dijo Asecas mientras cogía al niño del brazo y lo llevaba a rastras a la parte trasera de la casa. “Nos vemos en la base”, sentenció.

“De acuerdo. Al final va a resultar que el españolito tiene lo que hay que tener. No tardes mucho y quizá puedas quedarte con alguna negrita para ti esta noche”, rió Filipe a la vez que abandonaba la estancia.

Una vez solos, Claudio Asecas soltó a Said y tras reanimarlo durante unos segundos, le obligó a sentarse en una silla de madera que había en otra habitación.

“Escúchame chico. Siento que tus padres hayan muerto, pero buscaban una libertad que Portugal no podía permitir. A ellos los vieron liderando una revuelta hace unas semanas y debían pagar con su vida. Pero tú no tienes culpa y no debes temerme. Vas a venir a España y allí iniciarás una nueva vida conmigo y con mi mujer. ¿Lo has entendido?”

“¿Y papá? ¿Y mamá? ¿No vienen con nosotros?, balbuceó Said, tal vez traumatizado por lo que acababa de presenciar.

“Tus padres están muertos. Despierta de una vez. Coge lo que puedas, que nos vamos ya de este país, que sólo huele a muerte. Ya no lo soporto más”.

Lo que encontraron al salir a la calle se asemejaba a una pesadilla, pero era la cruda realidad que recorría todo el país. Cuerpos despedazados a golpe de machete por doquier, sangre inundando cada esquina y el fétido olor a muerte que había decidido a Asecas a desertar del ejército portugués y volver a España con Leire, su mujer y con aquella criatura de ojos saltones que lloraba sin consuelo mientras asía con fuerza un tambor de juguete que le había regalado su padre tan sólo unos días antes.

“Leire, cariño, escúchame. No nos pueden oír. Nos vamos de aquí. Ya no puedo más. Tanta destrucción me ha hecho olvidar porqué vine aquí y te arrastré conmigo. Esto no es lo que yo quería”, susurró Claudio Asecas mientras se arrodillaba a los pies de Leire, una portuguesa que hacía las veces de enfermera en la misma base en la que Claudio estaba destinado y con la que había contraído matrimonio tan sólo un año antes de partir hacia Angola.

“Mira, acabamos de dejar a este niño sin familia y no sé realmente por qué tanto odio”, murmuró entre sollozos un desconsolado Asecas.

“Tranquilízate Claudio. Cuando me casé contigo juré que estaría a tu lado para lo bueno y para lo malo. Si es lo que quieres, huyamos a España los tres juntos y volvamos a empezar de nuevo. Diremos que lo hemos adoptado porque no tenía padres. Le daremos una educación y se criará bajo la doctrina del amor y del perdón que nosotros le enseñaremos. Coge solamente lo necesario. En dos minutos salimos por la parte trasera de la tienda, sin hacer ruido, hasta llegar al aeródromo. Allí hablaré con Phil, con el que trabajé antes de casarme contigo. ¿Te acuerdas de él?”, exclamó con una suavidad extrema Leire.

“Siempre supe que podría confiar en ti toda la vida. Muchas gracias. Cuanto antes mejor. Echo de menos España”, contestó Claudio a la vez que recogía las pocas pertenencias que estaban a mano.

    Una hora después, Claudio, Leire y Said, su nuevo hijo, volaban rumbo a España, en busca de una nueva vida. Una vida en la que el dolor, el sufrimiento y el odio quedaran aparcados en un segundo plano. Y para ello tenían un plan: no hablarían nunca sobre lo ocurrido aquel siniestro día en ese bello y desértico poblado infectado de muerte, llamado Marimba.