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CAPÍTULO 3: SAID ASECAS

jueves, 9 de octubre de 2008

“Compañeros, yo tampoco busco comprensión. Hace unos meses comencé a tener una serie de pesadillas en las que una voz me incitaba a cometer un terrible delito: debía secuestrar a mis ya ancianos padres adoptivos, torturarlos mientras imploraban por su vida y descuartizarlos con una sonrisa en la boca. Esta misma mañana, he enviado sus cuerpos despedazados a Marimba. No les guardo rencor, pero es que siempre me ha gustado cumplir órdenes. Mi padre adoptivo lo hacía y no se le daba nada mal”, dijo Said.

“Espera Said. Quiero presentarte yo. Escuchad chicos, quiero que conozcáis a Said. Ha sufrido mucho hasta llegar aquí, con nosotros. Su historia comienza hace más de 40 años. Había pasado algo más de un mes desde que, súbitamente, se iniciara la guerra de guerrillas independentista que pretendía acabar con la soberanía portuguesa sobre Angola. El sol abrasaba con sus poderosos rayos las ya de por sí maltrechas tierras africanas. Una cruz en el calendario de Claudio Asecas (un curtido soldado mallorquín, hijo de un senegalés y una catalana al que la devoción a la Virgen de Fátima, el destino y una chica lisboeta llevaron a enrolarse en la Segunda Brigada de Artillería portuguesa desplegada en Angola) indicaba que ese era el día: 10 de marzo de 1961.

El poblado de Marimba, en el extremo norte del país, se despertó aquella mañana como lo había hecho durante todo el mes anterior, es decir, aterrorizado. Diferentes facciones de los más diversos grupos armados del país, a favor y en contra de la independencia angoleña, se citaban en sus calles para saldar “viejas rencillas” y no resultaba extraño encontrar, cada día, a varias personas asesinadas en la plaza del pueblo”, comentó Ariel Mendoza.

Pero ese día iba a cambiar el futuro del joven Said, que con apenas cinco años, jugaba inocente en la puerta de su humilde casa en el momento en el que un grupo de encapuchados, entre los que se encontraba Asecas, entró vorazmente en su casa y tras amenazar fríamente a sus padres, asestaron varios machetazos mortales en sus respectivos cuellos, acabando de esta cruel forma con sus vidas, sin percatarse de que el niño, con los ojos completamente abiertos, había contemplado la cruel escena en su totalidad.

Segundos después, Said cayó fulminado al suelo debido a un golpe en la nuca que le propinó uno de los asaltantes que le embistió por detrás.

“Mata al niño”, gritó uno de los encapuchados dirigiendo una rápida mirada a Asecas.

“Pero es sólo un crío. Déjale que se vaya, Filipe”, rogó Claudio Asecas.

“¿Me estás desobedeciendo? ¿Osas desafiar mi autoridad, españolito?

“Filipe, deja a Asecas en paz y sigamos la ruta. Costa nos quiere de vuelta en media hora”, se oyó un grito que provenía del fondo de la habitación. “Vámonos de una vez”, berreó otro encapuchado.

“No, no… está bien. Dejádmelo a mí. Es cosa mía”, dijo Asecas mientras cogía al niño del brazo y lo llevaba a rastras a la parte trasera de la casa. “Nos vemos en la base”, sentenció.

“De acuerdo. Al final va a resultar que el españolito tiene lo que hay que tener. No tardes mucho y quizá puedas quedarte con alguna negrita para ti esta noche”, rió Filipe a la vez que abandonaba la estancia.

Una vez solos, Claudio Asecas soltó a Said y tras reanimarlo durante unos segundos, le obligó a sentarse en una silla de madera que había en otra habitación.

“Escúchame chico. Siento que tus padres hayan muerto, pero buscaban una libertad que Portugal no podía permitir. A ellos los vieron liderando una revuelta hace unas semanas y debían pagar con su vida. Pero tú no tienes culpa y no debes temerme. Vas a venir a España y allí iniciarás una nueva vida conmigo y con mi mujer. ¿Lo has entendido?”

“¿Y papá? ¿Y mamá? ¿No vienen con nosotros?, balbuceó Said, tal vez traumatizado por lo que acababa de presenciar.

“Tus padres están muertos. Despierta de una vez. Coge lo que puedas, que nos vamos ya de este país, que sólo huele a muerte. Ya no lo soporto más”.

Lo que encontraron al salir a la calle se asemejaba a una pesadilla, pero era la cruda realidad que recorría todo el país. Cuerpos despedazados a golpe de machete por doquier, sangre inundando cada esquina y el fétido olor a muerte que había decidido a Asecas a desertar del ejército portugués y volver a España con Leire, su mujer y con aquella criatura de ojos saltones que lloraba sin consuelo mientras asía con fuerza un tambor de juguete que le había regalado su padre tan sólo unos días antes.

“Leire, cariño, escúchame. No nos pueden oír. Nos vamos de aquí. Ya no puedo más. Tanta destrucción me ha hecho olvidar porqué vine aquí y te arrastré conmigo. Esto no es lo que yo quería”, susurró Claudio Asecas mientras se arrodillaba a los pies de Leire, una portuguesa que hacía las veces de enfermera en la misma base en la que Claudio estaba destinado y con la que había contraído matrimonio tan sólo un año antes de partir hacia Angola.

“Mira, acabamos de dejar a este niño sin familia y no sé realmente por qué tanto odio”, murmuró entre sollozos un desconsolado Asecas.

“Tranquilízate Claudio. Cuando me casé contigo juré que estaría a tu lado para lo bueno y para lo malo. Si es lo que quieres, huyamos a España los tres juntos y volvamos a empezar de nuevo. Diremos que lo hemos adoptado porque no tenía padres. Le daremos una educación y se criará bajo la doctrina del amor y del perdón que nosotros le enseñaremos. Coge solamente lo necesario. En dos minutos salimos por la parte trasera de la tienda, sin hacer ruido, hasta llegar al aeródromo. Allí hablaré con Phil, con el que trabajé antes de casarme contigo. ¿Te acuerdas de él?”, exclamó con una suavidad extrema Leire.

“Siempre supe que podría confiar en ti toda la vida. Muchas gracias. Cuanto antes mejor. Echo de menos España”, contestó Claudio a la vez que recogía las pocas pertenencias que estaban a mano.

    Una hora después, Claudio, Leire y Said, su nuevo hijo, volaban rumbo a España, en busca de una nueva vida. Una vida en la que el dolor, el sufrimiento y el odio quedaran aparcados en un segundo plano. Y para ello tenían un plan: no hablarían nunca sobre lo ocurrido aquel siniestro día en ese bello y desértico poblado infectado de muerte, llamado Marimba.

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