“Lo tienes muy difícil, Hurtado. No compliques más las cosas. Confiesa y te prometo que el juez tendrá en cuenta tu colaboración. ¿Dónde has escondido la coca? ¿Quién es tu enlace en Bogotá? ¿Para quién trabajas? Es Guirao, ¿verdad?”, preguntó el detective Freixa, de la subdivisión de narcotráfico de Valencia.
“Tengo derecho a un abogado y quiero hablar con mi abogado. Llame a Rodrigo Suárez. Sólo hablaré con él”, exigió Hurtado, el joven colombiano al que Freixa estaba interrogando.
“Ah, perdóname. No sabía que un asesino y narcotraficante como tú tenía derechos”, contestó Freixa a la vez que ordenaba al agente Martínez que apagara la cámara que grababa la sala de interrogatorios y aplastaba la cabeza de Hurtado contra la mesa de acero que presidía la habitación. “¿Piensas hablar por las buenas o por las malas? Tu abogado vendrá cuando a mí me dé la gana, entérate de una vez”, volvió a insistir el detective mientras seguía golpeando la cabeza del colombiano contra el frío metal.
“Deje inmediatamente de coaccionar a mi cliente, Freixa. ¿Hay algún motivo por el que haya apagado la cámara de la sala? ¿Por qué no me ha llamado inmediatamente? Leo Hurtado tiene sus derechos y tanto usted como yo sabemos que puedo denunciarlo por exceso de autoridad y detención ilegal. ¿Es lo que quiere? No creo que a su jefe le haga mucha gracia descubrir cómo “interroga” a sus detenidos, ¿no cree?”, reprendió Rodrigo Suárez a la vez que entraba en la sala y se acercaba por detrás a Hurtado.
“Pero, ¿Quién le avisa siempre tan pronto, Suárez? Ahora que empezábamos a divertirnos”, dijo el detective Freixa, alejándose del detenido.
“Tengo derecho a un abogado y quiero hablar con mi abogado. Llame a Rodrigo Suárez. Sólo hablaré con él”, exigió Hurtado, el joven colombiano al que Freixa estaba interrogando.
“Ah, perdóname. No sabía que un asesino y narcotraficante como tú tenía derechos”, contestó Freixa a la vez que ordenaba al agente Martínez que apagara la cámara que grababa la sala de interrogatorios y aplastaba la cabeza de Hurtado contra la mesa de acero que presidía la habitación. “¿Piensas hablar por las buenas o por las malas? Tu abogado vendrá cuando a mí me dé la gana, entérate de una vez”, volvió a insistir el detective mientras seguía golpeando la cabeza del colombiano contra el frío metal.
“Deje inmediatamente de coaccionar a mi cliente, Freixa. ¿Hay algún motivo por el que haya apagado la cámara de la sala? ¿Por qué no me ha llamado inmediatamente? Leo Hurtado tiene sus derechos y tanto usted como yo sabemos que puedo denunciarlo por exceso de autoridad y detención ilegal. ¿Es lo que quiere? No creo que a su jefe le haga mucha gracia descubrir cómo “interroga” a sus detenidos, ¿no cree?”, reprendió Rodrigo Suárez a la vez que entraba en la sala y se acercaba por detrás a Hurtado.
“Pero, ¿Quién le avisa siempre tan pronto, Suárez? Ahora que empezábamos a divertirnos”, dijo el detective Freixa, alejándose del detenido.
“No juegue conmigo, detective. No se salte las reglas. ¿Tiene alguna prueba para acusar a mi cliente de narcotráfico o asesinato? Si no es así, le exijo que lo deje en libertad inmediatamente”, expuso el abogado.
“Hoy te vas a librar, Hurtado, pero cuando cometas un error, aunque sea mínimo, saltaré sobre ti como un león sobre una gacela y voy a disfrutar viendo como las hienas se pelean por despedazarte. Estás avisado. Llévate de aquí a esta escoria, Suárez”, espetó Freixa.
“No se exalte, Freixa. No hay necesidad de amenazas, ¿verdad? No se lo he dicho, pero he pedido a su compañero que encendiera la cámara. Ya sabe que siempre me han gustado las cámaras. Debí ser presentador de televisión. Bueno, quizá en otra vida. Nos vemos pronto, detective. Vamos Leo, te invito a comer”, finalizó Rodrigo Suárez mientras abandonaba la estancia junto al joven colombiano.
Una vez fuera de la comisaría, Rodrigo Suárez acompañó a Leo Hurtado hasta su propia casa, apenas unas calles al sur, para hablar sobre su detención. Debido a que había llovido muchísimo durante varios días, la acera parecía una pista de patinaje. “Si lo sé, traigo los neumáticos de lluvia extrema”, comentó jocosamente Rodrigo Suárez.
“Tenemos que hablar, Leo. Casi te pillan y nos joden el negocio. ¿Qué ha pasado?”, preguntó el abogado a Hurtado nada más entrar en su casa.
“Hace unas semanas supe que algo extraño ocurría, pero antes de salir de Bogotá me aseguraron que hay un chivato en “la Cosa”, Rodri. ¿Has oído hablar del argentino, el infiltrado que tiene “la Cosa” en el Banco Nacional? Pues vendió mi culo a la policía española para salvar el suyo. Tenemos que hacer algo”, comentó Hurtado.
“Sí, he oído hablar de él. Tengo una idea. ¿Has oído hablar tú del Club Vietnam?”, preguntó Suárez al colombiano.
“Ése no es el club de paintball que creaste el año pasado? ¿Qué tiene eso que ver con el argentino? ¿Te lo quieres llevar a jugar a los pistoleros”, inquirió sorprendido Leo Hurtado.
“Sí, eso es. Desde hace unos años, el paintball se ha convertido en uno de los ejercicios de marketing outdoor más utilizados por las empresas. Y creo que a mi amigo Fernando Rubio, director de marketing del Banco Nacional, le interesará un ejercicio de paintball para sus empleados a mitad de precio. ¿A quién no le gusta pegar tiros con balas de pintura al 50% de descuento”, explicó Suárez mientras guiñaba un ojo a Hurtado.
“Una vez en el campo de tiro, infiltraré a uno de mis hombres en el equipo del argentino y le disparará a quemarropa con balas reales en un lugar bastante alejado del resto del grupo. Le preguntará si sabe qué es lo que les pasa a los chivatos y lo ejecutará allí mismo por la espalda. Después, mi hombre me avisará por el transmisor que llevará encima y yo me desharé del cuerpo. Para eso tengo una sala especial”, expuso Rodrigo Suárez ante el asombro del joven colombiano.
“¿Una sala especial? ¿Qué hay en esa sala?”
“He instalado un pequeño horno crematorio que de cara al Ministerio de Defensa, sirve para quemar material defectuoso, pero que para nosotros, servirá para eliminar todo rastro sobre el argentino. Lo cierto es que últimamente, lo uso mucho: prostitutas, morosos, vagabundos… Es un buen negocio. Soy algo así como una banda terrorista totalmente legalizada por el Gobierno. Te asustarías si conocieras a algunos de los clientes más insignes de mi club. Eso sí, sólo lo utilizo bajo encargo y no por menos de 3.000 euros”, concretó el abogado.
“Pero volvamos al argentino. Después, cuando vengan a preguntarme sobre lo ocurrido, les diré que lo vi marcharse 30 minutos antes de que acabara el ejercicio grupal y en el caso de que la policía insistiera mucho, usaría mis influencias políticas para dar por zanjado el asunto. Es un juego de niños”, finalizó Rodrigo Suárez.
“Y ésta es la historia del abogado de la Cosa, al que agradezco su participación en este Máster. Apuntad, chicos. Regla número 4 del manual del psicópata: “UN PSICÓPATA NUNCA SE PONE NERVIOSO. Y según veo Rodrigo, tú haces honor a esta regla. Siempre tienes la situación controlada y me gusta tu forma de actuar. Tienes una buena tapadera con tu club de paintball y eso es importante para un psicópata. Recordad que nunca debéis dejar nada al azar. Ya sé que os lo he dicho muchas veces, pero escucharlo una vez más no os vendrá mal. Cuando empiecen los ejercicios, Rodrigo, estarás en el Bando Creativo. Muchos de tus compañeros deberían verte como un ejemplo a seguir. Podéis ir en paz”, terminó Ariel Mendoza.
“Jefe, si me invita a unas cervezas, Rodrigo será mi ejemplo a seguir para toda la vida”, comentó Morcillo a Ariel Mendoza con tono bromista. “Y si me compra un barril, le pongo una estatua en el salón de mi casa y la venero todos los días al amanecer”.

1 comentarios:
No se preocupe ... esta bien...no me siento ofendida...siga adelante con su novela.
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