Bienvenido

CAPÍTULO 11: LA RUTA DE LAS MARIPOSAS

domingo, 30 de noviembre de 2008


“Bisturí”, dijo Laura Luengo. “Hay que abrir ya o se nos va. No hay tiempo. ¡Leticia, espabila y pide 2 bolsas de cero positivo al banco! ¡Ya!”.

“Bisturí”, respondió la enfermera Leticia, extendiendo su brazo para entregárselo a Laura Luengo. “Voy al banco a por la sangre. Vuelvo enseguida”.

“Doctora Luengo, deténgase. ¡Le tiembla la mano! ¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal? Pare, no abra, ya lo hago yo”, comentó rápidamente el Doctor Cuevas, residente de tercer año de Laura Luengo mientras miraba de reojo a su jefa con cara de sorpresa.

“¿Mi mano? ¿Qué estás diciendo, Nacho? Estoy bien. Sigamos si no quieres tener que decirle a la familia de este hombre que se nos ha muerto en la mesa de operaciones”, explicó Laura.

“No está bien. ¡Le está temblando la mano! Por favor, salga del quirófano. Está muy nerviosa y así no está en condiciones de llevar a cabo una operación tan delicada como un trasplante de riñón”, volvió a incidir el joven Doctor Cuevas. “Alguien debería examinarla”.

“Es verdad. Me está temblando la mano…”, dijo aterrada Laura Luengo al descubrirse reflejada en un espejo. “¿Qué me pasa? No puede ser… ¿Qué me pasa? Nacho, voy a que me examine un amigo, el Doctor Fabri. ¿Sabrás arreglártelas sin mí?”.

“Claro que sí, doctora. Le he visto hacer esta operación decenas de veces. Vaya tranquila. Cuando acabe la operación, la veré en su despacho. No se preocupe, seguramente simplemente sea stress”, respondió Nacho.

Tan sólo seis semanas después de aquella situación, el mundo parecía haberse acabado para Laura Luengo. Al salir de la consulta del Doctor Fabri, la joven doctora se había enclaustrado en su casa con una fuerte depresión al conocer, de boca de su buen amigo, el peor de los diagnósticos posibles para un cirujano.

“Laura, lo siento mucho, pero tienes Parkinson precoz”, le confesó el doctor tras contrastar unos análisis y hacerle unas pruebas de esfuerzo. “Nunca más podrás volver a entrar en quirófano”.

“¿Parkinson precoz? Si sólo tengo 35 años y en mi familia no hay antecedentes de esta enfermedad. ¿Estás seguro, Mauricio?”, preguntó casi sin esperanzas y muy apenada, Laura Luengo.

“Nunca daría un diagnóstico así sin estar completamente seguro, Laura”, replicó el Doctor Fabri con tristeza en los ojos. “¿Sabes qué creo que deberías hacer? Aprovecha y tómate unas vacaciones indefinidas. Eres joven y guapa, estás soltera y ahora, tendrás todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida y hacer esos viajes que siempre quisiste hacer y que tu trabajo nunca te permitió realizar. Vete a África y haz el safari del que siempre me hablas, el de la ruta de las mariposas”.

“¿Me estás tirando los tejos? Tengo Parkinson precoz, Mauricio. Déjate de ruta de las mariposas. Mi vida se ha acabado en este momento. ¿De qué voy a trabajar ahora? Sólo sé moverme entre bisturís, ya lo sabes. Voy a casa a emborracharme y comerme todo el helado que tenga en el frigorífico hasta que me ponga como una foca”, lloró agriamente Laura Luengo.

Pero una noche, seis semanas después del demoledor diagnóstico y tras una serie de pesadillas que le habían impedido descansar como a ella le hubiera gustado, Laura Luengo tuvo una revelación en su interior que le hizo dar un salto sobre la cama y descubrir que la depresión en la que estaba encerrada, había pasado a mejor vida. Una revelación en la que Laura descubría que en interior había despertado una psicópata, (seguramente su alter ego) que haría pagar al mundo el haberle enviado esa terrible enfermedad.

“Mamá, tengo Parkinson precoz”, confesó Laura a su madre por teléfono, despertándola sin compasión a las tres de esa misma madrugada.

“¿Qué dices, hija? ¿Estás enferma?”, preguntó preocupada su madre. “¿No habrá sido una pesadilla?”.

“Sí estoy segura, pero no te preocupes. Mauricio, el hijo de Martín y Lourdes, tus amigos argentinos, me lo diagnosticó hace seis semanas y me aseguró que aunque no es grave, no puedo volver a entrar al quirófano.

¿Puedes creer que lo único que se le ocurrió decir para consolarme fue que hiciera la ruta de las mariposas? Lo que necesito ahora mismo es cambiar de aires, dejar Murcia y trabajar… y estoy sin trabajo. Te necesito, mamá. ¿Podrías conseguirme algún trabajo en tu empresa, en Madrid? Ahora mismo, te agradecería cualquier trabajo. Necesito estar con gente y no pensar en lo que me ha pasado”, comentó Laura Luengo mientras su madre sopesaba las opciones que podía ofrecerle a su hija.

“No desesperes, hija. Ahora mismo, lo único que puedo ofrecerte es algo para que empieces desde abajo, aunque sea solamente por una temporada. Hemos abierto una nueva división en la empresa que se dedica a observar el comportamiento de las compradoras potenciales mediante reuniones que realizamos en el Pabellón B de nuestra sede de Madrid. Allí, cada día acuden decenas de mujeres que representan a todos los segmentos de la población que vive en España. Y en cada reunión introducimos empleadas (normalmente recién llegadas a la empresa) que actúan como topos y que nos ayudan a descubrir cómo mejorar nuestros servicios y nuestros productos para finalmente incrementar nuestras ventas.

Te infiltrarías como una compradora más en un grupo reducido de entre 6 y 8 mujeres de tu franja de edad. Deberías ser los ojos de la empresa en esas reuniones. Tendrías que ganarte la simpatía y la amistad de todas ellas, sin que sospechen quién eres, hasta que descubras cómo piensan las mujeres de sus características sociodemográficas.

Tu sueldo sería bajo al principio, pero sería solamente algo transitorio mientras aparece un puesto más acorde con tus habilidades. Además, así estarías acompañada y podrías hacer nuevas amigas en un nuevo ambiente. Creo que en tu situación no debes pasar mucho tiempo sola, hija. ¿Te interesa el puesto?”, respondió la madre de Laura con la secreta esperanza de que su hija, acostumbrada a la clase social burguesa, rechazara de lleno su oferta para convertirse en una simple espía.

“¿Quieres que sea maruja profesional? ¿Convivir con un grupo de mujeres adictas a los programas del corazón e intentar comprender por qué comprarían un recipiente para la ensalada? La verdad es que siendo accionista de Tupperware como eres, yo pensaba que me ofrecerías un puesto de Directora de Recursos Humanos, como mínimo”, comenzó a decir Laura entre risas. “Pero está bien… acepto. Me vendrá bien una mudanza. El trabajo es lo de menos. Se acabó eso de ir al Club de Golf los domingos. ¿Cuándo empiezo, mamá?”.

“¿Has dicho que aceptas? ¿Estás segura? Tengo que reconocerte que no estoy muy segura de si conseguirás adaptarte a este trabajo. Sinceramente, esperaba que lo rechazaras”, confesó finalmente la madre.

“¿Tan poca confianza tienes en mí, mamá? Si he sido capaz de operar a corazón abierto, creo que seré capaz de cambiar mis hábitos de vida y comenzar de cero. Además, tú misma has dicho que sería algo temporal, así que necesito que confíes en mí por una vez en tu vida. ¿Cuándo te he pedido algo? Hasta ahora, he salido adelante bastante bien, ¿no crees?”, comentó enérgicamente una ofendida Laura Luengo.

“Tienes razón Laura, debo confiar en ti. Lo arreglaré todo para que empieces el lunes. No te preocupes por buscar piso ahora. Puedes quedarte en mi casa hasta que encuentres algo, pero no hay prisa”, comentó la madre de Laura, dejando salir una breve sonrisa que percibió la ex-cirujana.

El Pabellón B de la sede de Madrid era de nueva construcción. En su interior, veintiuna habitaciones estaban perfectamente dispuestas para realizar el seguimiento de los grupos que visitaban el nuevo Departamento de Control y Seguimiento, sin duda, atraídos por la comida y el pack de regalo con el que se obsequiaba a cada visitante. Las salas, numeradas del 1 al 21, se prolongaban a lo largo de dos extensos pasillos que cruzaban el pabellón de esquina a esquina. Y al final de la habitación número 21, una puerta conducía hasta un viejo almacén totalmente abandonado que se convertiría, curiosamente, en un lugar bastante frecuentado por Laura Luengo, tal y como le comentó al salir de clase a Claudia Dimaggio mientras ambas chicas se dirigían, como buenas amigas, a tomar unas cañas debido al feeling que recientemente había surgido entre ellas.

“¿Sabes que yo también tengo mi propia habitación 22?”, explicó de forma risueña Laura Luengo a Dimaggio que la miraba con incredulidad.

“¿Qué quieres decir?”, preguntó Dimaggio. “¿No vivías con tu madre en su chalet de La Moraleja mientras tú encontrabas piso?“.

“Sí, vivo con mi madre. Quiero decir que yo también tengo un lugar en donde la psicópata interior que emergió de mis entrañas hace casi seis meses y en la que me he convertido, se venga del mundo que me ha hecho tan desgraciada. Desde que me mudé a Madrid, había buscado sin éxito un lugar en el que me sintiera segura para asesinar, acabar con personas inocentes como el Parkinson precoz acabó con la Laura inocente que yo era antes. Necesitaba tranquilidad y un espacio lo bastante amplio y solitario como para que nadie pudiera impedirme continuar con mis operaciones.

Hasta que un día crucé, por error, una puerta que siempre había estado en el pabellón donde trabajo pero a la que nunca había prestado atención ni había dado importancia. Aquella tarde salía de una reunión en la que una de las participantes, Patricia, no paraba de hablar del programa del corazón en el que habían pillado in fraganti al hijo de una famosa cantante española saliendo de un prostíbulo. Quién sabe si serían mis ganas por asesinarla allí mismo o quizá el Destino, pero lo cierto es que esa tarde encontré el que sería, a partir de ese momento, mi lugar favorito en la empresa. En aquel pabellón hay 21 habitaciones, todas ellas numeradas, y un almacén justo después de la última puerta. Por eso, no sé si por casualidad o por el Destino, yo también tengo mi habitación 22, concluyó Laura Luengo, guiñándole un ojo a Dimaggio.

“Pero ese lugar, ¿No está muy concurrido todos los días? ¿Cómo matas en tu lugar de trabajo? Me tienes intrigada, Laura”, inquirió Dimaggio.

“Me llevó cuatro semanas el acondicionamiento de aquel viejo almacén para que todo estuviera a mi gusto, pero al fin estaba listo para estrenarlo. Como acabé un jueves, el viernes esperé pacientemente durante toda la tarde, aguantando las absurdas teorías de mis compañeras María, Nuria, Leticia, Margarita y Patricia sobre cómo el hijo de la famosa cantante era víctima de los medios de comunicación desde que nació, por lo que la culpa de su decadencia no era suya. No te imaginas lo duro que se me hizo no sacarles los ojos con los afilados cuchillos que nos presentaban en ese momento”, explicó Laura Luengo. “Pero una vez finalizada la reunión, las convencí para que me acompañaran al almacén, ya que según les dije, un responsable de Tupperware me había pedido que las llevara allí para recoger los obsequios que nos habían prometido”.

“Y una vez dentro imagino que las asesinas, pero, ¿Cómo lo haces?”, preguntó Dimaggio, bastante intrigada.

“Una vez dentro, como había dejado conscientemente el día anterior la estancia un poco oscura, les indiqué con un gesto que debían continuar caminando por el centro del recinto, por debajo de una fila de focos medio encendidos, hasta una mesa con regalos que había al final del almacén. Allí, podrían recoger sus obsequios. Entonces, sin apenas pensarlo y sin mediar palabra, se apresuraron y se dirigieron hacia la mesa como una jauría de lobos sin saber que, unos metros antes de llegar a la mesa, yo había colocado una inmensa alfombra que disimulaba un agujero en el que podría mantener cautivas, perfectamente, hasta diez personas. Aunque aquel día, como era la primera vez que mataba y me tenían bastante harta de conversaciones absurdas, decidí que solamente fueron cinco las elegidas.

Como puedes imaginar, las cinco cayeron en la trampa y en un abrir y cerrar de ojos, todas imploraban socorro, aunque no comenzaron a darse cuenta de la gravedad de la situación hasta que cerré herméticamente el agujero con una compuerta metálica que había instalado la última semana. Después, por un pequeño agujero, les arrojé un bolígrafo y una revista de prensa rosa con una nota en la que podían elegir entre dos opciones: debían decidir si preferían que sus cuerpos despedazados fueran enviados a casa de la famosa cantante o a casa del presentador de televisión que descubrió el escándalo del hijo de la cantante saliendo del prostíbulo.

Al principio no entendían nada, pero como observé que creían que se trataba de una broma, decidí actuar. Saqué una pistola con silenciador de mi bolso, abrí la compuerta metálica y disparé, sin pensarlo dos veces, a la cabeza de Patricia. Como comenzó a cundir el pánico entre las chicas, les apremié para que escribieran de una vez dónde querían que enviara sus cuerpos, indicándoles que había insonorizado el almacén y que nadie sabía que estaban allí. Tenían diez segundos o dispararía a otra chica a la cabeza. Al no decidirse, disparé a Margarita a la cabeza y cayó fulminada al suelo. Ahora, tan sólo quedaban tres y estaban aterrorizadas, sin entender nada. Les volví a presionar para que escribieran el lugar en el que querían reposar después de descuartizarlas y como siguió sin surtir efecto, decidí acabar por la vía rápida. Tres disparos más, tres caídas fulminantes al suelo.

Tras sacarlas del agujero, comenzó lo realmente divertido. Saqué mi material quirúrgico, compuesto por tijeras, tenazas y varios bisturís, me coloqué mis guantes y comencé a descuartizar con sumo cuidado, una a una, a todas las chicas, comenzando por Patricia, a la que no soportaba. Acerqué a la mesa unas cajas de Tupperware y fui introduciendo en ellas los miembros seccionados de las cinco chicas. Una vez que había acabado con la última de las chicas, aún quedaba por decidir dónde enviaba sus cuerpos metidos en los envases que fabricaba mi empresa y como ninguna había indicado dónde prefería, repartí las 40 cajas en las que había metido a las chicas en dos lotes, que envié posteriormente y como dije, a las casas de la cantante y del presentador, respectivamente”, finalizó Laura Dimaggio.

“Creo que tú y yo vamos a ser buenas amigas”, expresó con gran satisfacción Claudia Dimaggio mientras agarraba a Laura de la mano.

“Por supuesto, Dimaggio. Y cuando acabe el Máster, tú y yo nos vamos a África para hacer la ruta de las mariposas”, concluyó Laura Luengo con una gran sonrisa en la boca.

CAPÍTULO 10: CSI PSICÓPATA

domingo, 23 de noviembre de 2008

“Deja de intentar ligar con Laura y sienta tu gordo culo de una vez, Marco. He estado pensando estos días en cómo Tony el Cachas escuchaba las Valkyries de Wagner durante sus actuaciones y me ha dado una idea. Si lo pensáis bien, en el momento de acabar con la vida de nuestras víctimas, todos pensamos en una canción en concreto. Podría decirse que es la canción con la que dejamos salir a nuestro psicópata interior.

Por eso, para facilitar que vuestros psicópatas interiores salgan y aprovechen al máximo nuestras clases, quiero que la semana que viene cada uno de vosotros traiga la canción en formato mp3 con la que se sienta identificado a la hora de matar. Después, las juntaré todas y conformaré el primer disco de música para psicópatas de la Historia”, comenzó a decir el profesor, haciendo un inciso para tomar agua. “Para abrir boca, hoy os pondré la canción en la que pienso últimamente antes de acabar con alguien: “VICIOUS TRADITIONS”, de “THE VEILS”.

“Está bien. Vamos a empezar. La clase de hoy girará en torno a la regla número 8 del manual del perfecto asesino: UNOS GUANTES SON LOS MEJORES AMIGOS DE UN PSICÓPATA.

Hasta ahora hemos visto, entre otras cosas, que un psicópata nunca se ríe, no tiene conciencia, nunca se pone nervioso, es cruel y aprende de la Historia, además de que no se debe creer en su palabra bajo ningún concepto y de que la empatía no es su fuerte, ni mucho menos.

Seguramente, alguna vez os habréis preguntado de dónde me he sacado estas reglas que os voy desgranando semana a semana e incluso sé que alguno piensa que lo he recopilado de Internet, pero nada más lejos de la realidad. La verdad es que hace unos 15 años, en mi afán por mejorar mis técnicas psicópatas, conseguí un puesto en la recién creada policía científica de Madrid y es así como os conocí a vosotros”, dijo Ariel Mendoza.

“¿Cómo que nos conociste mientras trabajabas en la policía científica? ¿Qué quieres decir? ¿Eres un madero y quieres encarcelarnos?”, preguntó Morcillo con interés pero cauteloso.

“¿No os habéis preguntado cómo conseguí dar con vosotros? ¿No os habéis parado a pensar por qué ninguno de los que estáis aquí conocía la existencia de esta escuela? Fui yo quien decidió reclutaros para este Máster a todos y cada uno de vosotros al descubriros fácilmente tras investigar vuestros asesinatos. No olvidéis que como os he dicho, trabajo en la policía científica”, replicó Mendoza.

“Pues no lo entiendo. Si nos descubriste y eres policía, ¿Cómo es que no nos han detenido a ninguno ni nunca han sospechado de nosotros?”, volvió a preguntar el inquieto campesino aficionado a su picadora industrial.

“Nunca os han detenido porque nunca os he delatado. No os podéis imaginar el poder que tiene un CSI en las investigaciones criminales en España. Nadie te hace preguntas y tu palabra nunca es puesta en duda, digas lo que digas. Si digo que ninguno de vosotros sois sospechosos de asesinato, para la policía no lo sois y desaparecéis de todas las investigaciones oficiales. Lo que ocurre es que, como ya os expliqué hace unas semanas, he visto el mal en vosotros y por ello, pretendo haceros mis herederos, pulir vuestros errores de principiante hasta que os considere dignos de mi legado”, respondió de nuevo el profesor.

“¡Qué fuerte! ¡Eres poli! ¿Cómo quieres que ahora confiemos en ti? ¿Crees que esto es el Show de Truman? Ni tú eres el arquitecto que controla nuestras vidas ni nosotros somos Jim Carrey. Vámonos de aquí, chicos, que este tío es un farsante”, comentó en voz alta y con bastante enfado el hasta ahora semi-desconocido Borchi.

“Háblame con más respeto, Borchi, que podría ser el tatarabuelo de tu tatarabuelo. El que quiera, es libre de levantarse e irse por esa puerta. Pero en el momento en el que intente salir, os informo que hay tres opciones: quizá pueda abandonar el Máster sin ningún problema, quizá le atraviese el corazón con mi katana y lo dé de comer a los gatos de esta calle o quizá cambie de opinión respecto a algún crimen que haya cometido y del que me hice el loco y miré para otro lado. Si hago esto, en 5 minutos tendrá a toda la policía de Madrid detrás de él y tendrá que cambiar su residencia habitual por Alcalá Meco. Vamos, valientes, vosotros decidís. Aquí los motines se resuelven así. Tenéis 10 segundos para dar un paso al frente”, dijo con voz pausada Ariel Mendoza.

“Yo no te creo, Mendoza. Me has decepcionado. Seguidme, chicos. Salgamos de aquí que este hombre está loco”, volvió a criticar Borchi ante la atenta mirada del vetusto profesor.

“Cállate, Borchi. Sabemos de lo que es capaz Ariel. Todos lo hemos visto y ninguno de nosotros está tan loco como para intentar salir de aquí. Además, que sea policía científico nos puede ayudar a conocer mejor la forma de pensar de la policía y adelantarnos a sus movimientos”, explicó Laura Luengo, poniendo bastante cordura a la situación.

“Es cierto. Para mí, nada ha cambiado. Sigo queriendo mejorar mis aptitudes personales para el crimen. Quiero especializarme en el oficio y que mi nombre sea sinónimo de terror para mis víctimas. Y para ello, te necesito, Ariel”, comentó la sensual Claudia Dimaggio.

“Yo no me voy de aquí”, dijo enérgicamente Said Asecas. “Estamos con Said. Nosotros también nos quedamos”, secundaron inmediatamente Chus Fado, Morcillo, Marco Ramírez y el sádico Tony el Cachas.

“Ya está bien de tantas tonterías. ¿Quién te ha dado permiso para hablar en nombre del grupo, jodida mascota?”, interrumpió Rodrigo, dirigiendo una mirada de ira hacia Borchi. “Todos los que estamos aquí queremos aprender y necesitamos un líder al que seguir. Y según creo, Ariel Mendoza tiene la experiencia necesaria para darnos las claves del oficio. Ariel, si me das permiso, acabo yo mismo con Borchi para que podamos seguir con la clase”.

“No hará falta. Muchas gracias, Borchi. Veo que además de cómo psicópata, podrías ganarte la vida como actor”, comentó risueño Mendoza ante las carcajadas de Borchi.

“¿Que podría ganarse la vida como actor? ¿Esto es una broma?”, cuestionó nuevamente Morcillo, mostrando un rostro de incredulidad mientras miraba a su pequeño compañero.

 “Esta mañana, antes de entrar a clase, he tenido una fructífera conversación con vuestro compañero Borchi. Le he contado que me infiltré en la policía científica para conocer gente como vosotros y le he pedido que hiciera de abogado del diablo, es decir, que pusiera en duda todo lo que yo dijera, para comprobar hasta qué punto alcanza vuestra fidelidad a mí. Y me alegra comprobar que habéis aprendido la lección y que vuestro ex-compañero Javi Altorreal no murió en vano”, replicó Ariel Mendoza. “Ahora, podemos continuar con la clase de hoy. Ahora voy a explicaros por qué UNOS GUANTES SON LOS MEJORES AMIGOS DE UN PSICÓPATA”.

“He seguido con interés vuestras carreras delictivas y creedme si os digo que todos vosotros cometisteis, en vuestros inicios, el error de dejar al descubierto algún tipo de huella dactilar, las mismas por las que os he ido identificando. Hace ya unos siete años, comencé con el casting al localizar las huellas de Morcillo en su picadora industrial y hasta que hace unos meses descubrí en un camerino que Chus Fado no era un rapero normal, no di por cerrada mi selección. Durante este tiempo, he visto vuestras huellas demasiadas veces expuestas a la vista de quien las hubiera querido ver y tenéis suerte de que yo no quisiera verlas”, continuó Mendoza.

“Últimamente, he visto con satisfacción como algunos de vosotros habéis ido puliendo ese defecto y habéis dejado cada vez huellas más imperceptibles. De hecho, tengo sobre mi mesa dos casos en los que las pruebas que he obtenido no me permitirían, científicamente, dar el nombre del asesino con total seguridad, pese a que por mi experiencia supe quién lo hizo al descubrir su modus operandi.

Tengo sobre mi mesa dos asesinatos que alguien cometió con tal destreza que lo único que pude descubrir fueron, para mi propio asombro, una huella parcial en un Tupperware que contenía una mano y que apareció en la casa de un famoso presentador de televisión y pequeños restos de otra huella en una cinta adhesiva de una habitación de un hostal. Si no hubiera seguido la carrera psicópata de Laura Luengo (que es la culpable del asesinato del Tupperware) y de Dimaggio (responsable del segundo crimen), no tendría ningún indicio para acusarlas de nada y eso es gracias a que en sus últimos crímenes tuvieron la previsión de usar guantes.

Así que debo felicitaros, chicas. Descubristeis por vosotras mismas la importancia de ser imperceptible, aunque eso sí, debéis ser aún más cuidadosas a la hora de perpetrar vuestros futuros homicidios, porque nunca se sabe cuándo la policía está mirando”, finalizó el profesor, con la satisfacción propia de quien constata que su utopía de Máster de psicópatas iba por el buen camino, metafórica y siniestramente hablando”.

PROMO DE ESCUELA DE PSICÓPATAS

martes, 18 de noviembre de 2008



OS ACONSEJO QUE ESPERÉIS A QUE CARGUE COMPLETAMENTE Y QUE QUITÉIS
EL SONIDO A LA LISTA DE REPRODUCCIÓN PARA VER LA PROMO. 
PRÓXIMAMENTE, PODRÉIS VERLA EN YOUTUBE, TUENTI Y FACEBOOK CON MÁS NITIDEZ.
GRACIAS POR VUESTRO APOYO
SERGIO G.

CAPÍTULO 9: BACKSTAGE

domingo, 16 de noviembre de 2008


“Tía, ¿Has oído que Lukas actúa en Madrid esta noche? Podíamos ir al concierto, que me encanta. Es tan guaaaaapo”, explicó una joven de 15 años llamada Lucía, en el salón de su casa, a su amiga Carla (que tan sólo contaba con un año más que ella y que pasaba la semana en casa de Lucía).

“¿Lukas, el rapero gallego? Claro tía, es monísimo. Soy su fan Nº1. Sabes, en realidad se llama Chus Fado. ¿Te has enterado en qué hotel está? Podemos ir allí y a ver si, con suerte, nos da unas entradas VIP para poder entrar al backstage con él cuando acabe de actuar. ¿Te imaginas que nos dedica un rap y nos firma unos autógrafos? Nena, la Isa se va a morir de envidia”, respondió Carla con tono entusiasta, casi burlón.

“Claro que lo sé, tía. Mi madre trabaja de cocinera en el Melià Ladera Sur y me ha dicho que acaba de llegar al hotel. Si salimos ahora, llegamos al hotel en 40 minutos”, dijo Lucía, saltando enérgicamente del sillón en el que estaba sentada.

“Qué guay, tía… ¡Vamos a conocer a Lukas! Yo quiero que me firme el sujetador”, replicó Carla. “Además voy a llevarle su último disco, para que me lo dedique”.

“¿Su último disco es el de Micros Rotos, verdad?”, comentó curiosa la joven Lucía. “Lo llevo en mi mp3 y lo oigo todos los días en el metro mientras voy al instituto. Es el mejor de todos los que ha sacado al mercado, tía. Y sobre todo, me encanta su primer single… Backstage”.

El Melià Ladera Sur puede considerarse, quizá, como el hotel de mayor proyección y fama internacional de Madrid. Sus habitaciones, todas suites de lujo, acogen cada día a los más selectos huéspedes: así, deportistas de élite, magnates y hombres de negocios comparten espacio con cantantes de éxito y otros artistas de la farándula mundial; pero aquel día, ese hotel protegía a alguien especial. Ese día, el Melià Ladera Sur acogía al rapero millonario Chus “Lukas” Fado, que se encontraba verdaderamente aburrido y no sabía muy bien cómo pasar el tiempo.

Cuarenta y cinco minutos después y con la inestimable ayuda de la madre de Lucía, las dos jóvenes habían conseguido cruzar desde el hall hasta la cocina del hotel, subir hasta la quinta planta por el ascensor de empleados y llegar de incógnito hasta la habitación del famoso rapero gallego. Por suerte para él y por desgracia para ellas, el Destino había jugado sus cartas, unas cartas que pronto estarían boca arriba sobre la mesa, exactamente como estarían las dos chicas tan sólo unas horas después.

“He dicho que no quiero que me moleste nadie. ¿Cómo te atreves a llamar a la puerta? ¿No sabes quién soy? Vete de aquí de una vez”, gritó Chus Fado desde su cama al escuchar que alguien aporreaba la puerta con exaltación.

“¡Lukaaaaas, Lukaaaas! Soy Lucía y vengo con mi amiga Carla. Somos tus mayores fans. Déjanos entrar, por favor. Hemos cruzado todo Madrid y hemos venido aquí para que nos firmes tu último disco”, dijo Lucía. “¡Y yo quiero que me firmes también mi sujetador! Por favor, Lukas, ¡ábrenos!”, finalizó Carla con la emoción comprensible de una adolescente que está a unos metros de conocer a su ídolo.

“Vaya, creo que ya sé qué voy a hacer esta noche”, pensó Fado. “Esperad chicas, ya os abro. Creía que los que aporreaban la puerta eran los pesados de mis representantes, que están empeñados en que cante en inglés”, exclamó el rapero. “Siempre me gusta compartir mi tiempo con mis fans más fieles. Pasad, por favor”.

“Tía, hace una hora nuestro único plan era ver una peli de Brad Pitt y ahora… ¡Vamos a conocer a Lukas!”, murmuró Carla a Lucía con suma cautela mientras se abría la puerta de la habitación.

“Hola, soy Chus Fado, pero me conoceréis seguramente como Lukas, ¿Cuál de las dos se llama Carla? Lo digo porque mi hermana se llama como tú”.

“Carla, reacciona. ¡Te está hablando Lukas!”, le susurró Lucía a su amiga a la vez que daba un pisotón en el pie derecho de una inmóvil y emocionada Carla. “Mi nombr… mi nomb… yo soy Carla”, exclamó finalmente. “¿Me puedes firmar el sujetador? Te estaría muy agradecida. Mi amiga Isa se va a morir de envidia”.

“No será la única que se morirá hoy”, dijo para sí mismo Chus Fado, dejando escapar una sonrisa pícara. “Pues… no sé. Eres casi una niña y es la primera vez que alguien tan joven me pide que firme en su sujetador. ¿Sabe tu madre que estás aquí diciéndole a un desconocido que te firme en el sujetador?“.

“A mi madre no le importa. Además, cumplo 18 años el mes que viene, ¿verdad que sí, Lucía?”, dijo Carla girándose hacia Lucía, guiñándole un ojo.

“Eh… sí, claro. Cumple 18 años el doce de diciembre”, contestó Lucía. “Por cierto, ¿te podemos pedir un favor? Es que no tenemos entradas para el concierto y nos gustaría ir a verte. ¿Nos puedes dar alguna entrada VIP?”

“Siempre estoy encantado de poder dedicar los discos que traen mis fans, pero hoy no tengo entradas VIP. Aún así, tengo una idea. ¿Os gustaría ser mis ayudantes de backstage por un día? Las chicas que habitualmente me preparan el camerino están en Galicia, enfermas por culpa de una gastroenteritis. Si venís conmigo y preparáis mi camerino, podéis ver cómo se desarrolla un concierto entre bambalinas y después del concierto, os invito a cenar junto a todo el equipo. ¿Qué decís?”, preguntó Chus Fado mientras firmaba en el sujetador de Carla, ante la incredulidad de las jóvenes.

“¿No es una broma, verdad? ¡Aceptamos encantadas!”, gritó Carla. “De acuerdo. Te lo agradecemos, Lukas”, dijo Lucía.

“Vamos a trabajar juntos. Llamadme Chus, por favor”, expuso el rapero. “Debéis estar a las 8:30 en la entrada del recinto ferial para comenzar con los preparativos. Diré a mi agente que os espere en la puerta y os ayude en todo lo que pueda, ¿de acuerdo?”.

“Perfecto, Luk… Chus. Allí estaremos. ¡Hasta luego!”, se despidieron al unísono las dos chicas, tremendamente ilusionadas, mientras salían de la habitación y volvían a casa para prepararse para el concierto.

Tal y como había dicho Chus Fado, un hombre alto, de complexión fuerte y mirada intensa estaba esperando a las 2 chicas, con la espalda apoyada en la puerta del recinto.

“Perdona, ¿eres el agente de Lukas? Somos Clara y Lucía. Venimos a preparar el camerino”, dijo Lucía con voz enérgica.

“Sí. Soy su agente y me llamo Manu. Bienvenidas al equipo. Venid conmigo para que os explique qué debéis hacer, ¿de acuerdo?”, respondió el hombre, despegando su espalda de la pared.

“Vamos allá”, respondió Clara.

Habían recorrido 200 metros del pasillo que conducía hasta el camerino del rapero, pero les había parecido casi como una eternidad. Al fin, una estrella con la leyenda “Lukas” les indicó que se encontraban frente a su lugar de trabajo.

“Aquí es. Pasad”, dijo Manu. “Debéis acondicionar la sala para que Lukas se sienta lo más cómodo posible. Aquí, en este baúl, tenéis todo lo necesario. Lukas me ha pedido que os diga que le esperéis dentro del camerino cuando acabéis. Creo que os olvidasteis unos discos en su habitación y quiere devolvéroslos personalmente antes de salir al escenario”.

“¿Eso de ahí es sangre?”, preguntó tímidamente Clara mientras señalaba con su dedo índice unas manchas rojas en el lateral del baúl del que Manu les había hablado.

“No creo. Me parece que es pintura vieja. Si tenéis algún problema aún podéis iros a casa”, inquirió el agente arqueando la ceja izquierda. “Hay decenas de chicas que pagarían por estar donde estáis vosotras ahora mismo”.

“No, no. Era solamente curiosidad. Estamos encantadas. Dile a Lukas que aquí le esperaremos cuando finalicemos”.

Faltaban apenas 40 minutos para el inicio del concierto cuando Chus Fado apareció en el recinto ferial donde se celebraba el evento. Tras firmar unos autógrafos a una decena de fans que le esperaban a la puerta de su camerino, cruzó el umbral de la puerta y cerró disimuladamente el cerrojo. En el interior, las dos chicas esperaban pacientemente.

“Olvidasteis vuestros discos en el hotel. Os agradezco infinitamente que estéis aquí… no os imagináis cuanto. Hasta que aparecisteis en mi habitación, creía que tendría que salir al escenario con las manos limpias”, dijo el rapero mientras servía un vaso de agua a cada una de las chicas, instándolas a beber para no deshidratarse por el trabajo realizado.

“¿Qué quieres decir con las manos limpias, Chus?”, preguntó pausadamente Lucía, bebiendo un trago largo de agua. “Sí, ¿qué quieres decir?”, acompañó Carla, bebiéndose el vaso de agua de un solo sorbo.

“Quiero decir que antes de aparecer vosotras, debería salir a cantar sin haber matado a nadie. Ahora, con vosotras aquí y a punto de quedar inmovilizadas por el líquido paralizante que habéis bebido, podré salir al escenario con las manos untadas de sangre… de vuestra sangre”, respondió Lukas.

“¿Qué dices? ¿Nos has envenenado? ¿Por qué lo has hecho? Quiero irme a casa. Déjame salir de aquí, Chus”, rogó Carla acercándose hacia la puerta con dificultad, seguramente a causa del líquido paralizante.

“La puerta está cerrada, esta habitación está insonorizada y, por si acaso, he dado orden a Manu de que no haya nadie a menos de 500 metros de aquí porque me apetece estar a solas con vosotras, así que no gritéis y relajaros, chicas, porque esto es lo que va a pasar.

Habéis ingerido una pequeña dosis de paralizante, que si bien no os matará, os dejará totalmente a mi merced. Una vez que os haga efecto, os voy a atar a esta mesa, os depilaré integralmente y a continuación, os despellejaré vivas a las dos. Comenzaré rasurándoos la cabeza por completo. Después, he preparado un aparato especial para arrancaros hasta el último pelo de la nariz, lo que os resultará bastante doloroso. Os depilaré las pestañas y las cejas, las axilas y seguiré así hasta que no os quede ni un solo pelo en vuestros jóvenes cuerpos. Odio el vello en una mujer.

Seguidamente cogeré a Tomy. Ah, ¿Que no sabéis quién es Tomy? No sufráis, lo conoceréis en unos instantes. Tomy es este cuchillo afilado al que tengo tanto cariño porque me ha acompañado desde el primer asesinato. Tomy comenzará quitándoos la piel de abajo a arriba. Primero, los pies y después, irá ascendiendo, poco a poco, por las piernas, la espalda y los brazos hasta llegar a vuestros bellos rostros. Después, guardaré vuestra piel en esas bolsas que tan amablemente habéis puesto en mi armario y arrojaré vuestros cuerpos cuidadosamente al baúl que tenéis ahí enfrente.

Cuando vuelva a Galicia, donaré de forma anónima vuestros cuerpos y los de las otras ocho chicas, (a las que he asesinado a lo largo de esta semana) a la Facultad de Medicina de la Universidad de A Coruña, para que podáis decir a los otros muertos que habéis ido a la universidad, aunque sea post-mortem. Siempre he sido un defensor a ultranza del derecho que tenemos los jóvenes a acceder a la educación y yo no soy nadie para privaros de ese derecho. Estad felices, porque voy a donar vuestros cuerpos a la Ciencia“, concluyó Chus Fado.

“¡Estás loco! ¡Socorrooooooooo!”, chillaban las dos chicas, cada vez con menos fuerzas a causa del paralizante. “Por favor, suéltanos. ¿Por qué lo haces?”.

“¿Por qué lo hago? Soy millonario y los conciertos me aburren mucho. Y por desgracia para vosotras, sólo venzo el aburrimiento untándome las manos con sangre de fans. Sois afortunadas, chicas, porque no todo el mundo puede morir a manos de su ídolo, como vais a hacer vosotras ahora mismo. Vuestra amiga Isa se va a morir de envidia”, susurró suavemente Chus Fado en el oído de Carla.

“Y ahora callaos y disponeos a morir. Esta conversación se ha acabado porque la regla número 7 de mi maestro, UN PSICÓPATA NUNCA EMPATIZA CON SUS VÍCTIMAS, debe cumplirse y si sigo hablando con vosotras, os cogeré cariño y ahora mismo lo único que me interesa es recordaros como simples trofeos de caza. Nos vemos en otra vida. Hacedme el favor de darle recuerdos a mi hermana Carla si la veis, que fue la primera piel de mi colección, aunque creo que vuestra piel es de mejor calidad. Sí, creo que quizá me haga una alfombra con vosotras”.

CAPÍTULO 8: TONY'S

domingo, 9 de noviembre de 2008


“Ave María Purísima”, comenzó Tony el Cachas.

“Sin pecado concebida. Dime hijo, ¿qué te angustia tanto como para levantarme de la cama a las 3 de la madrugada y empujarme hasta el confesionario?”, respondió el Padre Fabián, párroco de la Iglesia de San Pedro ad Víncula, en el barrio madrileño de Vallecas.

“Padre, tengo una duda existencial que me inquieta cada noche y me impide dormir”, prosiguió Tony. “Ya sabe que vengo todos los días a misa y que me gusta su forma de celebrar las homilías, pero la semana pasada dijo usted una cosa que me hizo pensar mucho”.

“¿Y qué fue lo que dije que tanto te atormenta, hijo?, preguntó el párroco.

“Usted aseguró que para Santa Teresa de Calcuta, Dios no pretende de mí que tenga éxito. Sólo me exige que le sea fiel. ¿No es cierto?”, inquirió Tony.

“Así es, hijo. La fidelidad a Dios es algo que todo cristiano debe mantener, sean cuales sean sus circunstancias”, alegó el Padre Fabián. “Y el éxito es algo tan relativo que permite tantas interpretaciones como existencias humanas”.

“Padre, ¿Y quién le ha dicho a usted que el éxito no es importante para Dios? Es cierto que exige fidelidad, pero no creó a la humanidad a su imagen y semejanza para nada. Ya sabe que Él es omnipotente y perfecto. Por eso, el éxito para Dios es tan importante. Y por eso, las personas desgraciadas deben morir. ¿Por qué cree que me ha enviado Dios a este planeta? Soy su justiciero y debo acabar con los indigentes, drogadictos y gente de mal vivir”, dijo Tony.

“¿Qué estás diciendo, hijo?”, preguntó con voz temblorosa el sacerdote. “¿Su justiciero? Dios no envía hombres para matar a otros hombres”.

“Se equivoca, Padre. Sus órdenes fueron claras y yo, como fiel seguidor, las cumplo a rajatabla cuando emprendo una cruzada de purificación humana”, argumentó Tony el Cachas.

“¿Una cruzada de purificación humana? ¿Quieres decir que sales a la calle a cazar personas porque Dios te lo ordena? Hijo mío, yo no puedo ayudarte. Debes acudir a un psiquiatra. Tú no escuchas a Dios. Estás enfermo y debes entregarte a la policía y contarles lo que me has dicho a mí. Ellos te ayudarán”, respondió el Padre Fabián.

“Y si no me entrego a la policía, ¿Qué hará usted, Padre? ¿Piensa delatarme? Rompería el secreto de confesión y usted hizo un juramento”, replicó Tony.

“Si es necesario, lo haré. No puedo permitir que sigas exterminando personas a las que la fortuna les ha dado la espalda. Todos somos hermanos y debemos convivir en paz como Jesucristo nos enseñó”, dijo el sacerdote.

“No será necesario que me delate, Padre. Creo que tiene razón. Voy a entregarme a la policía. Necesito tratamiento especializado porque estoy enfermo. Le debo la vida, Padre Fabián. Muchas gracias. Nunca olvidaré lo que ha hecho por mí”, comentó Tony el Cachas mientras salía del confesionario. “Ahora debo ir a mi gimnasio para dejar cerrados algunos flecos que tengo pendientes, pero después, iré directo a comisaría. Nos vemos pronto, Padre.”

“Ve con Dios, hijo”, se despidió el párroco. “Ve con Dios”.

La madrugada en Vallecas no es muy diferente a la de cualquier otro barrio de Madrid. En ella, cientos de vagabundos, drogadictos y otras gentes sin esperanza conviven en los parques diariamente y eso facilitaba tremendamente el trabajo a Tony el Cachas. Y esa noche, nada más salir del confesionario, Tony había decidido que era el momento idóneo para comenzar otra de sus cruzadas de purificación humana.

“Lo siento, Padre Fabián, pero he cumplir la voluntad de Dios. No he tenido más remedio que mentirle porque estaba dispuesto a delatarme, rompiendo el secreto de confesión. No estoy loco. Debo seguir con las cruzadas. Dios así lo exige”, comentó para sí mismo Tony el Cachas mientras acudía al céntrico parque vallecano de las Tetas para comenzar, por decimoquinta vez, con otra de sus misiones divinas.

Había recorrido apenas 30 metros, pero ya había encontrado a sus víctimas. Un grupo de indigentes había encendido una pequeña hoguera en una esquina retirada del parque y hasta allí se había acercado Tony, con paso pausado pero decidido. Una vez frente al grupo, Tony dirigió su mirada hacia un hombre alto, moreno y de unos 45 años de edad, que parecía ser el líder de aquel grupo de gente caída en desgracia.

“¿Qué hacéis aquí? Por favor, acompañadme a mi gimnasio. Allí podréis pasar la noche resguardados del frío, comer algo de mi despensa y daros una ducha reparadora de agua caliente. No tengo muchos lujos allí, pero tengo catres que os ayudarán a descansar”, expuso Tony.

¿Quién eres tú? ¿Qué pretendes? ¿Vives en un gimnasio? Te hemos visto entrar en la Iglesia con el cura. ¿Eres una especie de misionero? ¿Por qué nos ofreces comida y un lugar donde pasar la noche? No podemos pagarte”, contestó el hombre de mediana edad.

“¿Misionero? Nunca lo había visto de ese modo, pero podemos decir que sí tengo una misión. Dios me ha enviado a este mundo para cumplir su voluntad. Me llamo Antonio, pero desde que tengo uso de razón, mis amigos me han llamado “Tony el Cachas”. Creo que todo el mundo tiene derecho a pasar las noches bajo un techo acogedor”, replicó Tony el Cachas, indicando con su dedo índice hacia el Sur.

“Venid conmigo a mi gimnasio. Vivo allí desde que el ayuntamiento decidió pasar una carretera por mi casa, dejándome con una mano delante y otra detrás. Lo único que me quedaba en la vida era mi gimnasio, el mismo en el que había trabajado toda mi vida: el Tony´s. Allí he entrenado a grandes campeones como Nacho “el avispa” Moreno o Berto “el negro”. Después, Dios apareció en mi vida y la cambió. Venid conmigo. Os prometo que es más acogedor que este frío parque”, finalizó Tony el Cachas.

“Está bien. ¿Qué podemos perder? Llevamos demasiado tiempo sin darnos una ducha de agua caliente. Muchas gracias, Antonio. Te debemos la vida”, comentó otro de los indigentes.

“Llamadme Tony el Cachas. Vamos, el agua caliente os espera”, concluyó Tony, dirigiendo al grupo hasta su gimnasio, situado a unos 10 minutos a pie.

Un edificio semiderruido con un enorme cartel luminoso se había interpuesto en el camino del grupo de indigentes conducidos por Tony. Y según ponía el cartel, habían llegado a Tony´s. Estaban frente al gimnasio y Tony, algo tenso, abrió la puerta y les indicó que antes de comer, debían darse una ducha y ponerse la ropa limpia que había en las taquillas. Los vestuarios estaban al fondo del pasillo.

Ya en los vestuarios, todos los indigentes comenzaron a desvestirse y entraron poco a poco en las duchas en busca de la ansiada agua caliente que tan gentilmente les había ofrecido Tony. Sin embargo, las intenciones de Tony eran bien distintas.

Tony esperó pacientemente, pero una vez que estaban todos dentro, cerró la puerta que custodiaba la zona de las duchas y abrió una llave de paso que, por desgracia para los vagabundos, resultaría ser la llave que abría los conductos por los que saldría, minutos después, el letal Gas Sarín, un gas tóxico que acabaría con sus vidas, recordando siniestramente a lo ocurrido en los campos de concentración durante el holocausto nazi.

Tras girar la llave, Tony se dirigió hacia un escritorio de madera que había puesto en su oficina, se colocó sus auriculares, encendió un antiguo micrófono y conectó un pequeño monitor que mostraba lo que ocurría en el interior de las duchas. Segundos después, Tony se encontraba escuchando las Valkyries de Wagner, como años atrás haría un hombrecillo alemán de rígido bigote llamado Adolf Hitler.

“Quiero que sepáis que moriréis por expreso deseo de Dios”, comenzó a decir Tony por el micrófono. “Y moriréis por el bien común”.

“¿Qué dices? ¡Estás loco! Déjanos salir de aquí. ¿Por qué nos haces esto? ¿Qué es ese ruido que sale de las duchas? ¡Abre la puerta de una vez!, gritaban los vagabundos con voces temblorosas.

“Estad tranquilos. Son los conductos del gas. Sed pacientes, que en unos minutos, ese gas inundará la sala en la que os encontráis. Pronto dejaréis de ser un problema para este mundo. Sois unos desgraciados y debéis pagar por ello… y lo haréis con vuestra vida. Dios me ha enviado para exterminaros de este mundo, a vosotros y a todos los de vuestra calaña que encuentre a lo largo de mi vida terrenal. Este planeta no está diseñado para perdedores”, explicó Tony el Cachas.

“Os explicaré qué ocurrirá. Tengo experiencia en este tipo de exterminación. Vosotros habéis constituido sin saberlo la que ha sido mi decimoquinta cruzada de purificación humana, por lo que otros grupos han muerto aquí mucho antes que vosotros. Primero comenzaréis a sentir un leve adormilamiento, pero cuando vea que estáis llegando al límite, sacaré el gas de la sala. Después, cuando note síntomas de mejora en vuestros rostros, volveré a fumigaros con el gas Sarín durante 3 minutos exactamente. Vuestro corazón comenzará a fallar, los pulmones comenzarán a llenarse de gas y los riñones dejarán de funcionaros cinco minutos después, aproximadamente.

Cuando estéis ya sin fuerzas y a punto de morir, abriré la pequeña compuerta que veréis a vuestra derecha y soltaré un reducido grupo de abejas africanas (que he sacado esta mañana de una colmena que guardo en la sala de calderas) y os picarán hasta que muráis de un paro cardíaco. No temáis, serán solamente unas 500 abejas. Finalmente, volveré a abrir el gas y aniquilaré a las abejas que han hecho el trabajo sucio. Será un placer acabar con vuestras penosas existencias”, finalizó Tony el Cachas, dando por concluida la conexión con la sala de las duchas.

Una hora después de entrar en las duchas, todos los vagabundos yacían ya sin vida en el suelo y siete horas más tarde, una vez descontaminada la habitación, Tony ya había recogido los cuerpos sin vida y los había subido a su furgoneta blanca, (la misma que utilizaba para desplazarse a los combates cuando aún estaba en activo) para arrojarlos posteriormente a una fosa común que él mismo había excavado en un monte situado a unos 150 kilómetros de Madrid.

Sin embargo, una vez cumplida su misión, algo en el interior de Tony le incitaba a volver a la iglesia del Padre Fabián y eso hizo. Allí, el párroco lo acompañó hasta el confesionario con miedo en los ojos.

“Ave María Purísima”, dijo Tony el Cachas.

“Sin pecado concebida. Cuéntame hijo. ¿Qué te trae hasta aquí de nuevo? ¿Fuiste a la policía como hablamos ayer? ¿Has pedido ayuda psicológica?”, preguntó el Padre Fabián.

“Padre, debo confesarme. Anoche consumé otra cruzada de purificación humana. Era necesario. Dios me lo pidió y yo no puedo defraudar a Dios. Después de que me echaran de mi casa esos políticos del ayuntamiento, sólo Él me ayudó a salir adelante. Sólo Dios me perm…”

“¿Has vuelto a matar?”, interrumpió el párroco. “El mal se ha apropiado de tu alma. Satanás te tiene controlado. Voy a llamar a la policía. Te voy a hacer un favor. Te buscaré ayuda. Estás enfermo”.

“Antes de llamar a nadie, escúcheme, Padre. Ya he buscado ayuda. Me he apuntado a un grupo… algo así como un curso de autoayuda que dirige un tipo al que veo todas las semanas. Allí vamos conociéndonos un poco mejor y este tipo nos va enseñando una serie de reglas que nos definen y que nos ayuda para ser mejores”, dijo Tony el Cachas.

“¿Unas reglas? ¿Qué tipo de reglas?”, preguntó con curiosidad el párroco.

“En mi caso, la regla número 6 es la que mejor me define, según el director del curso. Dice que un buen psicópata es cruel y aprende de la Historia”, explicó Tony. Le diré lo que vamos a hacer ahora. No tenía planeado hacerle nada a un párroco, pero como piensa delatarme a la policía, no puedo dejarle con vida. Debo seguir con mis cruzadas. Ahora, a usted se le presentan 2 opciones: puede venir conmigo a mi gimnasio por las buenas o por las malas. Usted decide, Padre”.

“Tu alma está perdida”, replicó el Padre Fabián.

“Mi alma está con Dios. Soy su justiciero y cuando muera, me tendrá reservado un lugar privilegiado junto a Él”, expuso Tony el Cachas. “Veo que tendré que hacerlo por las malas”.