“Bisturí”, dijo Laura Luengo. “Hay que abrir ya o se nos va. No hay tiempo. ¡Leticia, espabila y pide 2 bolsas de cero positivo al banco! ¡Ya!”.
“Bisturí”, respondió la enfermera Leticia, extendiendo su brazo para entregárselo a Laura Luengo. “Voy al banco a por la sangre. Vuelvo enseguida”.
“Doctora Luengo, deténgase. ¡Le tiembla la mano! ¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal? Pare, no abra, ya lo hago yo”, comentó rápidamente el Doctor Cuevas, residente de tercer año de Laura Luengo mientras miraba de reojo a su jefa con cara de sorpresa.
“¿Mi mano? ¿Qué estás diciendo, Nacho? Estoy bien. Sigamos si no quieres tener que decirle a la familia de este hombre que se nos ha muerto en la mesa de operaciones”, explicó Laura.
“No está bien. ¡Le está temblando la mano! Por favor, salga del quirófano. Está muy nerviosa y así no está en condiciones de llevar a cabo una operación tan delicada como un trasplante de riñón”, volvió a incidir el joven Doctor Cuevas. “Alguien debería examinarla”.
“Es verdad. Me está temblando la mano…”, dijo aterrada Laura Luengo al descubrirse reflejada en un espejo. “¿Qué me pasa? No puede ser… ¿Qué me pasa? Nacho, voy a que me examine un amigo, el Doctor Fabri. ¿Sabrás arreglártelas sin mí?”.
“Claro que sí, doctora. Le he visto hacer esta operación decenas de veces. Vaya tranquila. Cuando acabe la operación, la veré en su despacho. No se preocupe, seguramente simplemente sea stress”, respondió Nacho.
Tan sólo seis semanas después de aquella situación, el mundo parecía haberse acabado para Laura Luengo. Al salir de la consulta del Doctor Fabri, la joven doctora se había enclaustrado en su casa con una fuerte depresión al conocer, de boca de su buen amigo, el peor de los diagnósticos posibles para un cirujano.
“Laura, lo siento mucho, pero tienes Parkinson precoz”, le confesó el doctor tras contrastar unos análisis y hacerle unas pruebas de esfuerzo. “Nunca más podrás volver a entrar en quirófano”.
“¿Parkinson precoz? Si sólo tengo 35 años y en mi familia no hay antecedentes de esta enfermedad. ¿Estás seguro, Mauricio?”, preguntó casi sin esperanzas y muy apenada, Laura Luengo.
“Nunca daría un diagnóstico así sin estar completamente seguro, Laura”, replicó el Doctor Fabri con tristeza en los ojos. “¿Sabes qué creo que deberías hacer? Aprovecha y tómate unas vacaciones indefinidas. Eres joven y guapa, estás soltera y ahora, tendrás todo el tiempo del mundo para disfrutar de la vida y hacer esos viajes que siempre quisiste hacer y que tu trabajo nunca te permitió realizar. Vete a África y haz el safari del que siempre me hablas, el de la ruta de las mariposas”.
“¿Me estás tirando los tejos? Tengo Parkinson precoz, Mauricio. Déjate de ruta de las mariposas. Mi vida se ha acabado en este momento. ¿De qué voy a trabajar ahora? Sólo sé moverme entre bisturís, ya lo sabes. Voy a casa a emborracharme y comerme todo el helado que tenga en el frigorífico hasta que me ponga como una foca”, lloró agriamente Laura Luengo.
Pero una noche, seis semanas después del demoledor diagnóstico y tras una serie de pesadillas que le habían impedido descansar como a ella le hubiera gustado, Laura Luengo tuvo una revelación en su interior que le hizo dar un salto sobre la cama y descubrir que la depresión en la que estaba encerrada, había pasado a mejor vida. Una revelación en la que Laura descubría que en interior había despertado una psicópata, (seguramente su alter ego) que haría pagar al mundo el haberle enviado esa terrible enfermedad.
“Mamá, tengo Parkinson precoz”, confesó Laura a su madre por teléfono, despertándola sin compasión a las tres de esa misma madrugada.
“¿Qué dices, hija? ¿Estás enferma?”, preguntó preocupada su madre. “¿No habrá sido una pesadilla?”.
“Sí estoy segura, pero no te preocupes. Mauricio, el hijo de Martín y Lourdes, tus amigos argentinos, me lo diagnosticó hace seis semanas y me aseguró que aunque no es grave, no puedo volver a entrar al quirófano.
¿Puedes creer que lo único que se le ocurrió decir para consolarme fue que hiciera la ruta de las mariposas? Lo que necesito ahora mismo es cambiar de aires, dejar Murcia y trabajar… y estoy sin trabajo. Te necesito, mamá. ¿Podrías conseguirme algún trabajo en tu empresa, en Madrid? Ahora mismo, te agradecería cualquier trabajo. Necesito estar con gente y no pensar en lo que me ha pasado”, comentó Laura Luengo mientras su madre sopesaba las opciones que podía ofrecerle a su hija.
“No desesperes, hija. Ahora mismo, lo único que puedo ofrecerte es algo para que empieces desde abajo, aunque sea solamente por una temporada. Hemos abierto una nueva división en la empresa que se dedica a observar el comportamiento de las compradoras potenciales mediante reuniones que realizamos en el Pabellón B de nuestra sede de Madrid. Allí, cada día acuden decenas de mujeres que representan a todos los segmentos de la población que vive en España. Y en cada reunión introducimos empleadas (normalmente recién llegadas a la empresa) que actúan como topos y que nos ayudan a descubrir cómo mejorar nuestros servicios y nuestros productos para finalmente incrementar nuestras ventas.
Te infiltrarías como una compradora más en un grupo reducido de entre 6 y 8 mujeres de tu franja de edad. Deberías ser los ojos de la empresa en esas reuniones. Tendrías que ganarte la simpatía y la amistad de todas ellas, sin que sospechen quién eres, hasta que descubras cómo piensan las mujeres de sus características sociodemográficas.
Tu sueldo sería bajo al principio, pero sería solamente algo transitorio mientras aparece un puesto más acorde con tus habilidades. Además, así estarías acompañada y podrías hacer nuevas amigas en un nuevo ambiente. Creo que en tu situación no debes pasar mucho tiempo sola, hija. ¿Te interesa el puesto?”, respondió la madre de Laura con la secreta esperanza de que su hija, acostumbrada a la clase social burguesa, rechazara de lleno su oferta para convertirse en una simple espía.
“¿Quieres que sea maruja profesional? ¿Convivir con un grupo de mujeres adictas a los programas del corazón e intentar comprender por qué comprarían un recipiente para la ensalada? La verdad es que siendo accionista de Tupperware como eres, yo pensaba que me ofrecerías un puesto de Directora de Recursos Humanos, como mínimo”, comenzó a decir Laura entre risas. “Pero está bien… acepto. Me vendrá bien una mudanza. El trabajo es lo de menos. Se acabó eso de ir al Club de Golf los domingos. ¿Cuándo empiezo, mamá?”.
“¿Has dicho que aceptas? ¿Estás segura? Tengo que reconocerte que no estoy muy segura de si conseguirás adaptarte a este trabajo. Sinceramente, esperaba que lo rechazaras”, confesó finalmente la madre.
“¿Tan poca confianza tienes en mí, mamá? Si he sido capaz de operar a corazón abierto, creo que seré capaz de cambiar mis hábitos de vida y comenzar de cero. Además, tú misma has dicho que sería algo temporal, así que necesito que confíes en mí por una vez en tu vida. ¿Cuándo te he pedido algo? Hasta ahora, he salido adelante bastante bien, ¿no crees?”, comentó enérgicamente una ofendida Laura Luengo.
“Tienes razón Laura, debo confiar en ti. Lo arreglaré todo para que empieces el lunes. No te preocupes por buscar piso ahora. Puedes quedarte en mi casa hasta que encuentres algo, pero no hay prisa”, comentó la madre de Laura, dejando salir una breve sonrisa que percibió la ex-cirujana.
El Pabellón B de la sede de Madrid era de nueva construcción. En su interior, veintiuna habitaciones estaban perfectamente dispuestas para realizar el seguimiento de los grupos que visitaban el nuevo Departamento de Control y Seguimiento, sin duda, atraídos por la comida y el pack de regalo con el que se obsequiaba a cada visitante. Las salas, numeradas del 1 al 21, se prolongaban a lo largo de dos extensos pasillos que cruzaban el pabellón de esquina a esquina. Y al final de la habitación número 21, una puerta conducía hasta un viejo almacén totalmente abandonado que se convertiría, curiosamente, en un lugar bastante frecuentado por Laura Luengo, tal y como le comentó al salir de clase a Claudia Dimaggio mientras ambas chicas se dirigían, como buenas amigas, a tomar unas cañas debido al feeling que recientemente había surgido entre ellas.
“¿Sabes que yo también tengo mi propia habitación 22?”, explicó de forma risueña Laura Luengo a Dimaggio que la miraba con incredulidad.
“¿Qué quieres decir?”, preguntó Dimaggio. “¿No vivías con tu madre en su chalet de
“Sí, vivo con mi madre. Quiero decir que yo también tengo un lugar en donde la psicópata interior que emergió de mis entrañas hace casi seis meses y en la que me he convertido, se venga del mundo que me ha hecho tan desgraciada. Desde que me mudé a Madrid, había buscado sin éxito un lugar en el que me sintiera segura para asesinar, acabar con personas inocentes como el Parkinson precoz acabó con
Hasta que un día crucé, por error, una puerta que siempre había estado en el pabellón donde trabajo pero a la que nunca había prestado atención ni había dado importancia. Aquella tarde salía de una reunión en la que una de las participantes, Patricia, no paraba de hablar del programa del corazón en el que habían pillado in fraganti al hijo de una famosa cantante española saliendo de un prostíbulo. Quién sabe si serían mis ganas por asesinarla allí mismo o quizá el Destino, pero lo cierto es que esa tarde encontré el que sería, a partir de ese momento, mi lugar favorito en la empresa. En aquel pabellón hay 21 habitaciones, todas ellas numeradas, y un almacén justo después de la última puerta. Por eso, no sé si por casualidad o por el Destino, yo también tengo mi habitación
“Pero ese lugar, ¿No está muy concurrido todos los días? ¿Cómo matas en tu lugar de trabajo? Me tienes intrigada, Laura”, inquirió Dimaggio.
“Me llevó cuatro semanas el acondicionamiento de aquel viejo almacén para que todo estuviera a mi gusto, pero al fin estaba listo para estrenarlo. Como acabé un jueves, el viernes esperé pacientemente durante toda la tarde, aguantando las absurdas teorías de mis compañeras María, Nuria, Leticia, Margarita y Patricia sobre cómo el hijo de la famosa cantante era víctima de los medios de comunicación desde que nació, por lo que la culpa de su decadencia no era suya. No te imaginas lo duro que se me hizo no sacarles los ojos con los afilados cuchillos que nos presentaban en ese momento”, explicó Laura Luengo. “Pero una vez finalizada la reunión, las convencí para que me acompañaran al almacén, ya que según les dije, un responsable de Tupperware me había pedido que las llevara allí para recoger los obsequios que nos habían prometido”.
“Y una vez dentro imagino que las asesinas, pero, ¿Cómo lo haces?”, preguntó Dimaggio, bastante intrigada.
“Una vez dentro, como había dejado conscientemente el día anterior la estancia un poco oscura, les indiqué con un gesto que debían continuar caminando por el centro del recinto, por debajo de una fila de focos medio encendidos, hasta una mesa con regalos que había al final del almacén. Allí, podrían recoger sus obsequios. Entonces, sin apenas pensarlo y sin mediar palabra, se apresuraron y se dirigieron hacia la mesa como una jauría de lobos sin saber que, unos metros antes de llegar a la mesa, yo había colocado una inmensa alfombra que disimulaba un agujero en el que podría mantener cautivas, perfectamente, hasta diez personas. Aunque aquel día, como era la primera vez que mataba y me tenían bastante harta de conversaciones absurdas, decidí que solamente fueron cinco las elegidas.
Como puedes imaginar, las cinco cayeron en la trampa y en un abrir y cerrar de ojos, todas imploraban socorro, aunque no comenzaron a darse cuenta de la gravedad de la situación hasta que cerré herméticamente el agujero con una compuerta metálica que había instalado la última semana. Después, por un pequeño agujero, les arrojé un bolígrafo y una revista de prensa rosa con una nota en la que podían elegir entre dos opciones: debían decidir si preferían que sus cuerpos despedazados fueran enviados a casa de la famosa cantante o a casa del presentador de televisión que descubrió el escándalo del hijo de la cantante saliendo del prostíbulo.
Al principio no entendían nada, pero como observé que creían que se trataba de una broma, decidí actuar. Saqué una pistola con silenciador de mi bolso, abrí la compuerta metálica y disparé, sin pensarlo dos veces, a la cabeza de Patricia. Como comenzó a cundir el pánico entre las chicas, les apremié para que escribieran de una vez dónde querían que enviara sus cuerpos, indicándoles que había insonorizado el almacén y que nadie sabía que estaban allí. Tenían diez segundos o dispararía a otra chica a la cabeza. Al no decidirse, disparé a Margarita a la cabeza y cayó fulminada al suelo. Ahora, tan sólo quedaban tres y estaban aterrorizadas, sin entender nada. Les volví a presionar para que escribieran el lugar en el que querían reposar después de descuartizarlas y como siguió sin surtir efecto, decidí acabar por la vía rápida. Tres disparos más, tres caídas fulminantes al suelo.
Tras sacarlas del agujero, comenzó lo realmente divertido. Saqué mi material quirúrgico, compuesto por tijeras, tenazas y varios bisturís, me coloqué mis guantes y comencé a descuartizar con sumo cuidado, una a una, a todas las chicas, comenzando por Patricia, a la que no soportaba. Acerqué a la mesa unas cajas de Tupperware y fui introduciendo en ellas los miembros seccionados de las cinco chicas. Una vez que había acabado con la última de las chicas, aún quedaba por decidir dónde enviaba sus cuerpos metidos en los envases que fabricaba mi empresa y como ninguna había indicado dónde prefería, repartí las 40 cajas en las que había metido a las chicas en dos lotes, que envié posteriormente y como dije, a las casas de la cantante y del presentador, respectivamente”, finalizó Laura Dimaggio.
“Creo que tú y yo vamos a ser buenas amigas”, expresó con gran satisfacción Claudia Dimaggio mientras agarraba a Laura de la mano.
“Por supuesto, Dimaggio. Y cuando acabe el Máster, tú y yo nos vamos a África para hacer la ruta de las mariposas”, concluyó Laura Luengo con una gran sonrisa en la boca.


