“¡Qué casualidad! Esa misma frase me la dijo Vikki antes de subir al avión que nos traía a Madrid”, comentó Luca a Marco Ramírez mientras se dejaba caer sobre una silla de madera junto a una puerta fabricada con algún tipo de metal extraño. “¿Qué hay ahí dentro?”, preguntó Luca, al descubrir un control digital de seguridad situado a la derecha del pasador. Fuera lo que fuese, esa puerta protegía algo muy importante al otro lado.
“Al maestro le encanta esa frase porque fue lo primero que aprendió de su amado mentor, el gran Ichi Zusuchi. Lo que no suele añadir es que muchas veces, es el filo de su espada el que separa la vida y la muerte, así que no metas la pata si no quieres acabar con tu cabeza sobre su particular estante. Conocerás el otro lado cuando él lo estime oportuno”, amenazó Marco, instándole a esperar sentado hasta que alguien saliera a buscarle.
El amplio pasillo que había recorrido junto a Marco (el mismo que le había conducido hasta la silla de madera en la que llevaba sentado algo más de treinta minutos) hizo sentir a Luca que, en otro tiempo, algún marqués o conde adinerado habría residido en esa estancia. Sin embargo, el aburrimiento, la impaciencia y el descaro propio de su juventud se aliaron para que Luca se levantara en más de una ocasión e intentara dar con una clave que le proporcionara acceso al interior de aquella habitación misteriosa. Pero por desgracia para él, ninguna combinación que había probado había dado los frutos esperados y debía seguir esperando una señal del interior que no se produjo hasta una hora y cuarto después de su último intento frustrado.
“El maestro te permite la entrada. Por favor, no lo hagas esperar”, espetó con claridad una voz masculina a través de unos altavoces instalados en lo alto de la sala. “Pulsa HAB22 y presiona ACEPTAR”.
“¡Qué curioso! ¿Por qué habrán elegido HAB22 como clave de acceso? No habría podido dar con ella ni aunque hubiera estado intentándolo durante mil años”, pensó instintivamente el joven italiano. “Supongo que las costumbres de las sectas satánicas varían en función del país. En Italia habrían puesto claves más lógicas como satanás o bercebú”.
Pese a todo, Luca sintió la necesidad de agradecer aquella señal proveniente de los altavoces. Le habían despertado de su aburrimiento y le proporcionaron la clave que necesitaba, pero como nunca le había gustado hablar con las máquinas, se limitó a guiñar un ojo en un tono cómplice dirigido a la cámara de seguridad que había apostada junto al altavoz de la izquierda, ignorando completamente lo que le aguardaba al otro lado.
“Siento haberle hecho esperar, Sr. Grossi”, pronunció una voz desde el fondo de la sala. “Es un placer tenerle aquí con nosotros. Perdone el desorden, pero ya sabe lo que ocurre con los chicos. No se les puede dejar que jueguen dentro de casa si uno quiere que todo esté en su sitio”.
“Por favor, llámeme Luca, señor”, respondió rápidamente el joven, sin duda aún impresionado ante la majestuosa e inquietante estancia que se había abierto ante él. “¿Es usted el maestro?”.
La alfombra repleta de manchas resecas de quién sabe qué y las paredes rojizas a simple vista, (y que al acercarse a la que tenía a su derecha descubrió que eran de color melocotón) no paraban de revolotear alrededor del cerebro de Luca, entremezclándose con otros pensamientos y preguntas que intentaban salir al exterior pero que no lo hacían por miedo y respeto ante aquella figura imponente.
¿Esto es la sala de la iniciación, la habitación que tanto he deseado ver? ¿Conseguiré contactar con el otro lado como me ha prometido Marco? ¿Todo eso es sangre? ¿Volveré a ver pronto la melena dorada de Siver? ¿Qué pensaría ella de esta habitación? ¿Estoy empezando a sudar? ¿Todo eso es sangre, de la de verdad? ¡Son salpicaduras de sangre, no hay duda! ¿Qué esperabas? ¡Ahora juegas en primera división! Tranquilo. Es normal, Luca. Ya no te dedicas a sacarle el dinero a pobres desgraciados que están deseando que alguien les dé una señal para dejarlo todo, hasta su vida si es preciso, para conseguir ser felices. Vas a entrar a formar parte de la mayor secta satánica de Europa. Aquí es normal ver sangre. No te alteres. Aparenta tranquilidad, que ahí viene el maestro. No sudes. ¿Por qué sudas? Estás nervioso y no puedes dejar que te vea intranquilo. Concéntrate. Respira hondo. Aquí viene… ¡Respira!
“Es kétchup”, dijo el hombre que se acercaba parsimoniosamente con una sonrisa en los labios, como si hubiera leído la mente de Luca.
“¿Cómo dice?”, replicó el italiano, secándose el sudor con unos pañuelos de papel que había comprado al llegar al aeropuerto.
“Que es kétchup. Lo de las paredes y lo de la alfombra… es kétchup. Tomate. Empezó como una fiesta de pijamas, los chicos comenzaron a experimentar con algo nuevo y se les fue de las manos. Pareces nervioso y no tienes motivos… aún (susurró). Soy Ariel Mendoza”.
“No estoy nervioso. Tengo un poco de calor”, respondió Luca. “Encantado de conocerle finalmente, maestro. Le quiero agradecer esta oportunidad que me ha concedido. Espero no decepcionarle y prometo seguirle hasta el final, pase lo que pase”.
“Habrá tiempo para todo. No tengas prisa. Primero deberás superar tu iniciación. Como italiano debes saber que el Imperio Romano no se fundó en un día y que para que llegara a su apogeo y máximo esplendor, tuvo que pasar algún tiempo. Piensa que tú eres un bebé romano y que aún te queda mucho camino por recorrer hasta que te conviertas en Imperio, pero no dudes que si me eres fiel, allá por dónde pises, te temerán y caerán rendidos o muertos a tus pies”.