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CAPÍTULO 22: TAMBORES DE VENGANZA

domingo, 29 de marzo de 2009

El rancio reloj del salón marcaba, perezoso, las seis menos diez de la mañana. Era en realidad un regalo de la abuela Marina, suiza de nacimiento y argentina de corazón, que le dejó en herencia al fallecer por una larga y por momentos, dolorosa enfermedad degenerativa que la mantuvo al borde de la locura y de la muerte los últimos 16 años de su vida.

“Cinco minutos más, mamá”, gruñó Marco Ramírez al escuchar lo que le pareció una alarma, sin saber muy bien dónde estaba.

“¿Mamá? ¿A quién llamas tú mamá, gordo estúpido? Ese reloj está parado porque son las cuatro y cuarto de la tarde ¡Te has quedado dormido en medio de la reunión! Tu madre está en el curso de ganchillo al que la has llevado tú hace dos horas. ¡Despierta de una vez, que tenemos que planear cómo vamos a sacar la basura!”, dijo Said Asecas con claro gesto de desaprobación. “Y ese sonido no es ningún despertador. Están llamando a la puerta. Debe ser Tony, que ha bajado a por unas cervezas. Ve a abrir”.

Al dirigirse hacia la puerta con claros síntomas de desorientación y adormilamiento, el picaporte le pareció tan difícil de girar que por un instante se le pasó por la cabeza que se encontraba ante Excalibur, la espada incrustada en la piedra del Rey Arturo que sólo el verdadero rey podría alzar hacia el sol. “¿Quién es?”, preguntó justo antes de escuchar una voz suave, sugerente y sensual que le instaba a abrir la puerta y que parecía la de una mujer que tenía las cosas muy claras.

Transcurrió solamente un segundo, pero Marco juraría ante cualquier juez que se trató de un año entero. Casi superada la sensación de somnolencia y ante la insistencia de esa voz provocativa, Marco consiguió girar el picaporte de la puerta principal del piso de su madre, en el que se había reunido junto al resto de compañeros de grupo. Casi sin enterarse, se encontraba cara a cara con ella y sin tiempo para salir de su asombro, Marco vio que el rostro de una vieja conocida se encontraba al otro lado.

“¿Qué haces tú aquí, Vikki?”, preguntó Marco a la chica que se encontraba al otro lado del umbral de la puerta.

“Yo también me alegro de verte, Marco”, contestó la joven rubia mientras se acercaba al informático y le plantaba un beso en la mejilla. “Me envía mi padre para controlar la misión. Sígueme la corriente. Desde ahora mismo, no me conoces de nada”.

Al entrar al salón, junto a cuatro tapices del joven artista saudí Johnny Meca, de escaso valor histórico y económico pero de un enorme valor sentimental para Marco y para su madre, una enorme mesa imperial, (que había pertenecido a Lord Farning, un antepasado inglés del siglo XII que había servido fielmente a Ricardo I, mundialmente conocido como Ricardo Corazón de León en su periplo como rey de Inglaterra) presidía con autoridad la, por otro lado, diminuta sala.

“Tú no eres Tony, pero te prefiero mil veces antes que a él”, indicó Morcillo, dirigiendo su mirada más obscena hacia la recién llegada. “¿Quién eres tú?”.

“Buenas tardes. Soy de RapidXpress y traigo un paquete urgente para un tal Said Asecas. ¿Es alguno de ustedes?”, preguntó la joven ingenuamente. “Tengo prisa, así que les agradecería que me firméis el justificante de entrega. Y tú deja de babear, paleto”.

“La niña tiene huevos”, dijo Morcillo con la misma expresión de antes. “Si quisiéramos, podríamos hacerte sufrir como nunca en tu vida y acabar matándote aquí mismo”.

“Ya está bien,  Morcillo”, recriminó Marco Ramírez. “Perdone señorita, pero nuestro amigo dejó de madurar hace treinta años. Ése hombre de ahí es Said Asecas. Vamos Said, fírmale a la chica”.

“No haga caso al salido de mi amigo, señorita. No ha estado con una mujer desde… desde nunca, ¿no es así, Morcillo?”, rió Said. “Le firmo encantado. Muchas gracias”, concluyó el angoleño mientras garabateaba lo que parecía ser su firma personal sobre un papel que le entregó la joven repartidora de RapidXpress.

“Muy bien. Qué pasen un buen día, señores”, replicó la chica mientras salía por la puerta y guiñaba un ojo a Marco Ramírez.

La caja que acababa de llegar era relativamente pequeña, casi tan pequeña como una caja de zapatos, pensó Said de forma inmediata. E ipso facto, tras desliar un pequeño lazo que envolvía la tapadera, apareció. Said ni podía ni sabía cómo debía reaccionar, pero hizo un esfuerzo sobrehumano, introdujo su mano derecha en el recipiente recién recibido y, tras hacer a un lado el objeto que tanto le había impactado, sustrajo una nota escrita a mano en cuyo reverso había una fotografía que le hizo rememorar viejos tiempos, tiempos en los que vivía aún feliz. Tiempos en los que para él, la guerra sólo era un juego y los muertos se levantaban del suelo momentos después de que alguien gritara: empezamos otra vez.

Otra vez ese paisaje pobre y desangelado, el mismo que tantas veces había aparecido en sus pesadillas. Pero esta vez venía con sorpresa. Dos adultos y dos niños de unos cinco años cada uno posaban sonrientes en un poblado que éste reconoció al instante. Era Marimba.

Una imagen que inmediatamente le trajo a la retina un recuerdo que, sin duda, había abierto un cajón cerrado en lo más profundo de su subconsciente: Said no era hijo único; tenía un hermano y en cuanto leyó la nota escrita en anverso, supo que algo iba mal.


- Said, conozco tus planes contra mí y sé que tu rabia contenida te ciega la razón. Tu hermano Ricardo está aquí conmigo, deseando verte, por lo que te agradecería que cuando vengas a matarme, traigas contigo los ojos que tan amablemente te he enviado junto a tu viejo tambor. Los necesitará para mirarte, son los suyos. Te espero impaciente. A. M. -


“¿Cómo es posible que lo haya olvidado? Ricardo, mi propio hermano, sangre de propia mi sangre, la misma que asegura que ordenó derramar cruelmente ese bastardo de Ariel Mendoza. Aunque claro, eso si es que realmente el loco ése fuera inmortal como dice. Voy a ir a por él y lo voy a destrozar, poco a poco, hasta que no quede de esa basura ni una mísera víscera para poder pisotear”, se dijo a sí mismo el propio Said Asecas, tremendamente rabioso tras comprobar que, efectivamente, el emisor del paquete había incluido en su interior un par de ojos humanos.

“¿Qué es eso, Said? ¿Qué te han traído los Reyes Magos? ¡Un tambor!”, expresó risueño Tony el Cachas, que en ese mismo momento entraba por la puerta y vio cómo el angoleño extraía del paquete el único juguete que pudo rescatar de Marimba, aquel tambor que le regaló su padre.

“Voy a matar a Ariel Mendoza”, contestó tajante Said Asecas.

“¿Por qué dices eso, Said? Ya sé que puede llegar a ser demasiado desesperante a veces con sus reglas y sus estúpidas normas, pero en el fondo intenta ayudarnos a mejorar como psicópatas”, dijo de nuevo Tony el Cachas, tratando de calmar a Said. “Tómate una cerveza, amigo”.

“Y vosotros me vais a ayudar a matarlo”, comentó sin vacilar ni un instante Said Asecas. “Dice que es inmortal y que ni las balas pueden acabar con él, pero nada impide que lo atemos a una camilla y lo rajemos de arriba abajo para ver si son verdad todas esas tonterías sobre la inmortalidad y su maldición que siempre está contando. Aprovecharemos el día que debemos llevarle a Filipe Santos para matar dos pájaros de un tiro. Voy a llamar a Rodrigo para que se lo comente a sus compañeros. Ariel Mendoza debe morir”.

“¿Por qué íbamos nosotros a ayudarte a matar a alguien que es inmortal?, preguntó aún sonriendo Tony el Cachas. “A mí no me ha hecho nada para que quiera matarlo. Además, no entra dentro de mis cruzadas de purificación humana y yo no soy un asesino. Soy un enviado de Dios”.

“Me ayudarás porque si no lo haces, yo mismo me encargaré de que muy pronto estés junto a ese Dios del que tanto hablas. Me acaba de enviar este paquete con los ojos de mi hermano Ricardo al que debe tener secuestrado, invitándome a intentar acabar con él. Me ha retado”, sentenció Said Asecas con cara de pocos amigos. “Estáis conmigo o estáis contra mí. Vosotros decidís”.

“Me parece una buena idea”, comentó Marco Ramírez. “Últimamente se las daba de listillo y no hay nada más enervante en la vida que alguien que se cree superior a los demás. Cuenta conmigo, Said”.

“Yo nunca digo que no a un asesinato y esta vez no iba a ser diferente. Me gusta ver morir a la gente y el profesor ya me estaba cansando”, replicó Morcillo, apuntándose al plan. “Pero, ¿Cómo hacemos lo de Filipe Santos? ¿Alguien tiene un plan?”.

“No debe ser muy difícil secuestrar a un anciano que todos los días juega su rutinaria partida a la misma hora y en el mismo sitio”, comenzó a decir Said. “Aún faltan tres días para la misión, pero creo que no me reconocerá después de tantos años. Como ahora mismo estoy de mal humor y aún faltan unas tres horas para que comience su partida de ajedrez, pienso secuestrarlo hoy mismo, interrogarlo y torturarlo inmediatamente después hasta que llegue el momento en el que lo llevemos junto a Ariel Mendoza. Vosotros podéis torturar a su contrincante de ajedrez tanto como os guste. Las reglas han cambiado y ese bastardo de Mendoza no es nadie para decirnos qué debemos y qué no debemos hacer, torturar y/o asesinar”.

“Nosotros éramos los metódicos, ¿verdad?”, rió Marco Ramírez. “Creo que más que metódicos, deberíamos ser los impacientes, porque a mí también me apetece torturar ya a algún inocente. ¡Hagámoslo ya!”.

“Yo no pienso participar en la tortura o asesinato de un inocente, pero os prometo que no me interpondré. No es la voluntad de Dios, pero me gusta ver la sangre”, finalizó Tony el Cachas mientras abría otra cerveza.

CAPÍTULO 21: EN HUELGA DE SANGRE

martes, 17 de marzo de 2009

“Sentimos el retraso, compañeros. Nos hemos entretenido con una vieja amiga”, dijo Rodrigo Suárez mientras entraba con una gran sonrisa a la habitación 22 del Hostal Nápoles, justo detrás de Dimaggio.

“No os preocupéis, chicos. Mientras llegabais, nosotros hemos estado hablando sobre qué deberíamos hacer para llevar a cabo la misión de la forma más rápida y limpia posible, pero no hemos tomado ninguna decisión importante al respecto”, comentó Borchi, proyectando un gesto cómplice hacia Chus Fado y Laura Luengo.

“De acuerdo. ¿Por dónde empezamos?”, insistió Rodrigo a la vez que Dimaggio dejaba su material quirúrgico sobre el lavabo, dentro del cuarto de baño, para limpiarlo cuando acabara la reunión.

“Normalmente, empezar por el principio suele estar bien”, respondió en tono jocoso Laura Luengo. “En mi opinión, debemos crear una lista de prioridades y repartirnos el trabajo para ser más eficientes, como hacía yo en mi quirófano antes de… bueno, ya sabéis”.

“No debe ser tan difícil secuestrar a un psicólogo, ¿no creéis?”, interrumpió Chus Fado. “Yo lo veo bastante claro: lo asaltamos en el partido de baloncesto de este viernes y mientras unos entretienen al resto de jugadores, otros lo secuestran e introducen en la furgoneta negra que Borchi alquilará esta tarde y lo llevan al refugio”.

“¿Eso es todo lo que se te ocurre, rapero? Vamos, ¡que somos los creativos! Algo más se podrá hacer, ¿no?”, gritó Dimaggio esta vez desde su arcaica pseudo-cocina, en la que se había metido para tomarse un refresco. “Yo creo que debemos crear una verdadera obra de arte psicópata”.

“Vamos a ver. ¿Qué sabemos del loquero éste? Es un varón español blanco, 37 años, 1,93 cm. de altura y 97 kilos de peso, casado y padre de una niña de seis años. Además, trabaja como coordinador de un grupo de ayuda recién creado por el Ministerio de Justicia y dependiente de Administraciones Penitenciarias”, leyó Laura Luengo.

“Y juega al baloncesto con sus amigos cada viernes a las 20.30 horas en un pabellón deportivo de la Universidad Carlos III”.

“Por lo que sabemos, es el típico padre de familia responsable y a mí, eso sólo me incita a hacerle sufrir. Odio los finales felices”, comentó con cara de tremendo enfado el abogado, Rodrigo Suárez.

“¡Se me acaba de ocurrir una propuesta que nos hará divertirnos mucho más!”, exclamó Chus Fado con rostro ilusionante.

“¿A qué te refieres? Habla Lukas”, continuó Borchi.

“Todos los que estamos en esta habitación sabemos que esta misión es demasiado fácil y monótona. Ir al partido de baloncesto, secuestrar y conducir al refugio sin levantar sospechas. ¿Y si lo hacemos más interesante y dejamos salir a nuestro psicópata interior?”, confesó Chus Fado. “Estoy pensando en hacer un homenaje a nuestro ex-compañero Javi Altorreal, incluyendo en la operación a su familia”.

“¿Quieres matar a una niña de seis años y la mujer del psicólogo? Eso no entra dentro de los planes que nos entregó Ariel Mendoza”, recriminó Laura Luengo con cara de pocos amigos.

“¿Qué pasa, cirujana? ¿Puedes descuartizar a compradoras de Tupperware pero tienes miedo de matar a una niña porque no lo dice tu jefecito?”, dijo de nuevo Chus Fado, mirando desafiante a una sorprendida Laura Luengo. “Lo único que tenemos totalmente prohibido es matar a Carlos Martí antes de llevarlo junto al profesor, pero nadie dijo nada sobre hacerlo sufrir”.

“¿Qué propones exactamente?”, preguntó Dimaggio, ajustándose un sensual top rojo con lunares que se compró días atrás en una tienda del centro de Madrid. “Sea lo que sea, yo propongo grabarlo en vídeo”.

“Quiero ver la cara del psicólogo mientras le amputamos un pie a su mujer o le cortamos un dedo a su hija. Propongo una guerra psicológica contra el psicólogo para ver hasta dónde llega su fortaleza mental. Acuérdate de que la segunda regla que nos dijo Mendoza fue que un psicópata no tiene conciencia”, finalizó el rapero gallego con satisfacción.

“Y tú acuérdate que un psicópata nunca se ríe y tú no has dejado de hacerlo desde que llegaste aquí. Dejemos las reglas a un lado y hagamos de una vez nuestro trabajo”, respondió Laura Luengo. “¿Qué piensas, Borchi?”.

“Nunca he sido partidario de torturar niños. Lo veo demasiado cruel, incluso para un psicópata. Pero, por otro lado, estoy de acuerdo con torturar a su mujer mientras el psicólogo observa sin poder hacer nada. Hagamos que sienta verdadera desesperación y frustración. Juguemos con él hasta que se derrumbe”, dijo Borchi.

“Creo que todos estamos de acuerdo en implicar a la mujer de Carlos Martí en esto. Lo más fácil será abordarla en su casa mañana por la mañana. Uno de nosotros se puede hacer pasar por el técnico del gas o algo parecido y llevar la misión a cabo. Y ahora, avancemos. ¿Y al psicólogo? ¿Lo secuestramos en la cancha de baloncesto o alguien propone un plan alternativo?”, preguntó Rodrigo.

“Se me ocurre que como él no nos conoce, lo cual supone una gran ventaja para nosotros, veo factible la técnica de la infiltración. ¿Y si Rodrigo aparece en la cancha el viernes de baloncesto, les propone unirse al partido, lo narcotiza y lo secuestra en las duchas y lo saca por la puerta de atrás hasta la furgoneta?”, propuso Borchi.

“¿Y si lo seducimos Laura y yo? Lo esperamos a la salida del partido y hacemos que nos invite a unas copas en el bar que hay enfrente del pabellón, para después sacarlo por la puerta de atrás hasta el callejón. Pensadlo. Con la ropa adecuada, ese tío no será capaz de negarnos cualquier cosa que le pidamos”, comentó Dimaggio, volviendo a reajustarse su top rojo con lunares hasta que su pecho creció dos tallas.

“Yo no sé él, pero conociéndote, yo no te negaría nada… por el bien de mis extremidades”, comentó Borchi. “Si no hay más propuestas, votemos. ¿Quién es partidario de la infiltración de Rodrigo y quién lo es de la técnica de seducción de las chicas?”.

Tras unos segundos de deliberación interna y como resultado de una posterior votación a mano alzada, la opción de Rodrigo fue la iniciativa elegida gracias a los votos del propio Rodrigo, Borchi y Chus Fado frente a los dos votos de Dimaggio y Laura Luengo que, de este modo, perdían la posibilidad de trabajar mano a mano, como les hubiera encantado hacer.

“De acuerdo. Rodrigo, ve preparando el pantalón corto que mañana tienes partido”, expresó jovialmente Chus Fado, guiñando un ojo al abogado.

“Rodrigo se infiltra y lo secuestra. Borchi y yo conseguimos una furgoneta de alquiler y lo esperamos en el callejón junto al bar de enfrente del pabellón y Laura y Dimaggio se encargan de la mujer. Después, traemos a la parejita hasta esta habitación para comenzar a jugar a las diez de la noche. ¿Cómo lo veis bien?”, insistió Chus Fado.

“Perfecto. Si no tenéis inconveniente, Dimaggio y yo podemos utilizar nuestro instrumental para la operación”, propuso Laura Luengo mientras asía de la mano a su amiga Dimaggio.

“Sí, sí. Nosotras cortamos, que es lo que mejor se nos da”, reafirmó la bella mafiosa italiana, tremendamente feliz. “Chus se puede encargar de la piel, Borchi puede comer lo que le apetezca y Rodrigo se encarga de deshacerse de los restos del cuerpo en su club. Trabajo en equipo, chicos”.

“¡Buen plan, Dimaggio!”, felicitó Rodrigo. “Hace demasiado tiempo que la incineradora de mi club necesita acción”. “Y tú, ¿qué piensas, Chus?”.

“Me parece genial. Prepararé todo para el envío de la piel a la Facultad. Seguro que me lo agradecen porque no suelen tener muchas donaciones de este tipo”, explicó con alegría en el rostro el famoso rapero. “Borchi, compañero, ¿te ves con el apetito suficiente?”.

“Desde este momento hasta mañana por la noche, me declaro en huelga de sangre”, finalizó el que fuera una gran mascota profesional, provocando una carcajada colectiva que indicaba que el plan iba por el buen camino.

CAPÍTULO 20: PARAÍSO GROSSI (3a PARTE)

sábado, 7 de marzo de 2009

“¡Marco! ¡Aquí! Llevaba un buen rato esperándote. ¿Por qué has tardado tanto?”, preguntó una figura esbelta desde el fondo de la larga fila de taxis. “Creí que lo habías pensado mejor y que no vendrías. Ahora mismo iba a coger un taxi”.

“¡Grossi, Luca Grossi! Tú sí que deberías tener licencia para matar, chaval”, gritó felizmente Marco al reconocer a su amigo en la lejanía. “Pensaba que salías por la otra puerta. Llevo esperando una hora y media”.

Luca estaba tal y como Marco lo recordaba. Bajo unas enormes gafas oscuras de pasta, su inquietante nariz sobresalía de su escuálido y sonrojado rostro italiano. Su camisa rosa, con bordados tremendamente cuidados sobre los ojales de sus cinco botones, indicaban a cualquiera que fuera capaz de percibirlo, que estaba frente a un chico joven, seguidor de una nueva escuela italiana de moda. Una nueva moda a la que él mismo llamaba Ragazzini, por el furor con el que se había impuesto en la clase juvenil italiana. De hecho, Luca era la persona con más estilo a la hora de vestir que Marco Ramírez había conocido a lo largo de su vida.

“Te sienta bien el rosa”, dijo Marco jovialmente.

“Lo sé. Soy italiano. Nosotros inventamos la moda, amico”, respondió Luca estrechándole fuertemente la mano a Marco mientras éste le indicaba el camino a un coche aparcado al otro lado de la acera.

“Vamos Luca, antes de llevarte a tu hotel, quiero enseñarte la sala en la que se celebrará tu iniciación. Será allí donde podrás pasar al otro lado”, dijo sonriente Marco a su recién llegada visita.

“De acuerdo. Estoy ansioso por comenzar”, contestó Luca Grossi. “Pero antes de nada, quiero que sepas que nunca podré agradecerte lo suficiente esta oportunidad, no sólo por la iniciación, sino porque en este viaje a España, he conocido a una chica impresionante que…”.

“Espera. No me lo puedo creer. Si te aterrorizan los aviones, ¿Cómo has ligado en un vuelo? El mundo al revés. Me vas a tener que pagar la residencia de mi madre porque estas cosas no suelen pasarle normalmente a un periodista pirado con un ídolo nazi”, sonrió Luca.

“Quizá venga a verme al hotel o me llame. Me siento como si tuviera 15 años. Ah, y un respeto a Goebbels, que gracias a sus enseñanzas, Vikki ha caído en mis redes”, respondió irónicamente Luca. “Es la chica más bonita que he visto nunca. Te va a gustar cuando la conozcas. Pero ni se te ocurra coquetear con ella, que si no…”.

“Tranquilo, no se me ocurriría ni mirarla. Al menos, si mi madre está delante, porque con lo celosa que es, ella es capaz de hacer que mi muerte parezca un accidente”, sonrió Marco. “Además, para una chica que se fija en ti, sería un mal amigo si intentara quitártela, ¿no?”.

“Si no te matara tu madre, lo haría yo. Pero yo te haría sufrir. Las muertes rápidas no me van, ¿sabes?”, le susurró Luca a Marco mientras le propinaba un leve golpe en el hombro derecho.

“Vale, vale. Mensaje captado, Romeo. Ya me presentarás a tu Julieta. Ahora vayámonos de una vez, que parece que va a empezar a llover y esa camisa que llevas parece de seda natural. No quiero que se estropee”, comentó jocosamente Marco Ramírez mientras ambos amigos subían al Fiat Bravo azul que les aguardaba a unos metros. “Tardaremos apenas quince minutos. Disfruta del paisaje, Luca. Esto es España, la cuna de la Santa Inquisición y del gran maestro, Ariel Mendoza”.

Nadie en su sano juicio podía obviar que se trataba, quizá, del día más feliz de la vida del escuálido amigo de Marco. Volvía a pisar suelo español, se iniciaría en un arte que le apasionaba desde pequeño, le pagarían por ello y, por si fuera poco, creía haber encontrado el amor de forma casual en el aire. Si era un sueño, perseguiría por tierra, mar y aire a aquel que osara despertarlo y sacarlo de su verdadero edén, su auténtico Paraíso Grossi.

“Y pensar que hace unos días estaba dando de comer a los patos…”, se decía Luca una y otra vez a sí mismo mientras observaba como un niño pequeño por la ventana del coche de Marco. “Oye amico, háblame un poco más sobre la iniciación, que solamente sé que durará un día completo y que habrá expertos de diferentes ámbitos. ¿Cómo es que te acordaste de mí para recomendarme al maestro, si no tengo ni treinta años y mi experiencia como torturador es muy pobre? No sé si merezco tal honor”.

“El maestro siempre dice que la edad es de los pocos problemas que se solucionan con el tiempo, Luca. Yo no miro los documentos de identidad de las personas. Veo sus ambiciones, sus intereses y lo que pueden aportarme a mí y a los que represento. ¿De qué me vale traer a un hombre de 80 años si no cumple con las expectativas generadas? Quiero juventud. El maestro busca que los chicos se sientan cómodos, y para ello necesitan un ambiente confiado con personas de confianza”, replicó Marco Ramírez mientras tomaba una salida de la autovía que les dejaría en 5 minutos en la sala de iniciación.

“No quiero defraudar al maestro”, dijo solemnemente Luca Grossi mientras agarraba con fuerza el brazo derecho de Marco, que le lanzó una mirada de hermano mayor orgulloso.

“Estate tranquilo que no lo harás. En Italia has hecho grandes progresos y eso, para el maestro no ha pasado desapercibido. Lo tienes todo para triunfar en el negocio de la muerte”, serenó Marco Ramírez. “Además, el movimiento se demuestra andando”.

“No os defraudaré, amico. Pondré hasta el último gramo de mi ser para llevar a cabo la misión con éxito y con total sigilo. Gracias por todo”, finalizó Luca Grossi, aún pensando en la preciosa melena rubia de Siver.

“Aquí es, Luca. Desde el momento en el que cruces esa puerta, te advierto oficialmente que estás dentro y que ya no hay salida”, le comunicó Marco a un Luca aún impactado por la rapidez de los acontecimientos. “La traición se paga con la vida y como dice el maestro, debes tener en cuenta que la vida y la muerte sólo las separa el filo de una espada”, concluyó Marco mientras cruzaba junto a Luca el desconchado umbral de la puerta.