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CAPÍTULO 20: PARAÍSO GROSSI (3a PARTE)

sábado, 7 de marzo de 2009

“¡Marco! ¡Aquí! Llevaba un buen rato esperándote. ¿Por qué has tardado tanto?”, preguntó una figura esbelta desde el fondo de la larga fila de taxis. “Creí que lo habías pensado mejor y que no vendrías. Ahora mismo iba a coger un taxi”.

“¡Grossi, Luca Grossi! Tú sí que deberías tener licencia para matar, chaval”, gritó felizmente Marco al reconocer a su amigo en la lejanía. “Pensaba que salías por la otra puerta. Llevo esperando una hora y media”.

Luca estaba tal y como Marco lo recordaba. Bajo unas enormes gafas oscuras de pasta, su inquietante nariz sobresalía de su escuálido y sonrojado rostro italiano. Su camisa rosa, con bordados tremendamente cuidados sobre los ojales de sus cinco botones, indicaban a cualquiera que fuera capaz de percibirlo, que estaba frente a un chico joven, seguidor de una nueva escuela italiana de moda. Una nueva moda a la que él mismo llamaba Ragazzini, por el furor con el que se había impuesto en la clase juvenil italiana. De hecho, Luca era la persona con más estilo a la hora de vestir que Marco Ramírez había conocido a lo largo de su vida.

“Te sienta bien el rosa”, dijo Marco jovialmente.

“Lo sé. Soy italiano. Nosotros inventamos la moda, amico”, respondió Luca estrechándole fuertemente la mano a Marco mientras éste le indicaba el camino a un coche aparcado al otro lado de la acera.

“Vamos Luca, antes de llevarte a tu hotel, quiero enseñarte la sala en la que se celebrará tu iniciación. Será allí donde podrás pasar al otro lado”, dijo sonriente Marco a su recién llegada visita.

“De acuerdo. Estoy ansioso por comenzar”, contestó Luca Grossi. “Pero antes de nada, quiero que sepas que nunca podré agradecerte lo suficiente esta oportunidad, no sólo por la iniciación, sino porque en este viaje a España, he conocido a una chica impresionante que…”.

“Espera. No me lo puedo creer. Si te aterrorizan los aviones, ¿Cómo has ligado en un vuelo? El mundo al revés. Me vas a tener que pagar la residencia de mi madre porque estas cosas no suelen pasarle normalmente a un periodista pirado con un ídolo nazi”, sonrió Luca.

“Quizá venga a verme al hotel o me llame. Me siento como si tuviera 15 años. Ah, y un respeto a Goebbels, que gracias a sus enseñanzas, Vikki ha caído en mis redes”, respondió irónicamente Luca. “Es la chica más bonita que he visto nunca. Te va a gustar cuando la conozcas. Pero ni se te ocurra coquetear con ella, que si no…”.

“Tranquilo, no se me ocurriría ni mirarla. Al menos, si mi madre está delante, porque con lo celosa que es, ella es capaz de hacer que mi muerte parezca un accidente”, sonrió Marco. “Además, para una chica que se fija en ti, sería un mal amigo si intentara quitártela, ¿no?”.

“Si no te matara tu madre, lo haría yo. Pero yo te haría sufrir. Las muertes rápidas no me van, ¿sabes?”, le susurró Luca a Marco mientras le propinaba un leve golpe en el hombro derecho.

“Vale, vale. Mensaje captado, Romeo. Ya me presentarás a tu Julieta. Ahora vayámonos de una vez, que parece que va a empezar a llover y esa camisa que llevas parece de seda natural. No quiero que se estropee”, comentó jocosamente Marco Ramírez mientras ambos amigos subían al Fiat Bravo azul que les aguardaba a unos metros. “Tardaremos apenas quince minutos. Disfruta del paisaje, Luca. Esto es España, la cuna de la Santa Inquisición y del gran maestro, Ariel Mendoza”.

Nadie en su sano juicio podía obviar que se trataba, quizá, del día más feliz de la vida del escuálido amigo de Marco. Volvía a pisar suelo español, se iniciaría en un arte que le apasionaba desde pequeño, le pagarían por ello y, por si fuera poco, creía haber encontrado el amor de forma casual en el aire. Si era un sueño, perseguiría por tierra, mar y aire a aquel que osara despertarlo y sacarlo de su verdadero edén, su auténtico Paraíso Grossi.

“Y pensar que hace unos días estaba dando de comer a los patos…”, se decía Luca una y otra vez a sí mismo mientras observaba como un niño pequeño por la ventana del coche de Marco. “Oye amico, háblame un poco más sobre la iniciación, que solamente sé que durará un día completo y que habrá expertos de diferentes ámbitos. ¿Cómo es que te acordaste de mí para recomendarme al maestro, si no tengo ni treinta años y mi experiencia como torturador es muy pobre? No sé si merezco tal honor”.

“El maestro siempre dice que la edad es de los pocos problemas que se solucionan con el tiempo, Luca. Yo no miro los documentos de identidad de las personas. Veo sus ambiciones, sus intereses y lo que pueden aportarme a mí y a los que represento. ¿De qué me vale traer a un hombre de 80 años si no cumple con las expectativas generadas? Quiero juventud. El maestro busca que los chicos se sientan cómodos, y para ello necesitan un ambiente confiado con personas de confianza”, replicó Marco Ramírez mientras tomaba una salida de la autovía que les dejaría en 5 minutos en la sala de iniciación.

“No quiero defraudar al maestro”, dijo solemnemente Luca Grossi mientras agarraba con fuerza el brazo derecho de Marco, que le lanzó una mirada de hermano mayor orgulloso.

“Estate tranquilo que no lo harás. En Italia has hecho grandes progresos y eso, para el maestro no ha pasado desapercibido. Lo tienes todo para triunfar en el negocio de la muerte”, serenó Marco Ramírez. “Además, el movimiento se demuestra andando”.

“No os defraudaré, amico. Pondré hasta el último gramo de mi ser para llevar a cabo la misión con éxito y con total sigilo. Gracias por todo”, finalizó Luca Grossi, aún pensando en la preciosa melena rubia de Siver.

“Aquí es, Luca. Desde el momento en el que cruces esa puerta, te advierto oficialmente que estás dentro y que ya no hay salida”, le comunicó Marco a un Luca aún impactado por la rapidez de los acontecimientos. “La traición se paga con la vida y como dice el maestro, debes tener en cuenta que la vida y la muerte sólo las separa el filo de una espada”, concluyó Marco mientras cruzaba junto a Luca el desconchado umbral de la puerta.

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