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CAPÍTULO 22: TAMBORES DE VENGANZA

domingo, 29 de marzo de 2009

El rancio reloj del salón marcaba, perezoso, las seis menos diez de la mañana. Era en realidad un regalo de la abuela Marina, suiza de nacimiento y argentina de corazón, que le dejó en herencia al fallecer por una larga y por momentos, dolorosa enfermedad degenerativa que la mantuvo al borde de la locura y de la muerte los últimos 16 años de su vida.

“Cinco minutos más, mamá”, gruñó Marco Ramírez al escuchar lo que le pareció una alarma, sin saber muy bien dónde estaba.

“¿Mamá? ¿A quién llamas tú mamá, gordo estúpido? Ese reloj está parado porque son las cuatro y cuarto de la tarde ¡Te has quedado dormido en medio de la reunión! Tu madre está en el curso de ganchillo al que la has llevado tú hace dos horas. ¡Despierta de una vez, que tenemos que planear cómo vamos a sacar la basura!”, dijo Said Asecas con claro gesto de desaprobación. “Y ese sonido no es ningún despertador. Están llamando a la puerta. Debe ser Tony, que ha bajado a por unas cervezas. Ve a abrir”.

Al dirigirse hacia la puerta con claros síntomas de desorientación y adormilamiento, el picaporte le pareció tan difícil de girar que por un instante se le pasó por la cabeza que se encontraba ante Excalibur, la espada incrustada en la piedra del Rey Arturo que sólo el verdadero rey podría alzar hacia el sol. “¿Quién es?”, preguntó justo antes de escuchar una voz suave, sugerente y sensual que le instaba a abrir la puerta y que parecía la de una mujer que tenía las cosas muy claras.

Transcurrió solamente un segundo, pero Marco juraría ante cualquier juez que se trató de un año entero. Casi superada la sensación de somnolencia y ante la insistencia de esa voz provocativa, Marco consiguió girar el picaporte de la puerta principal del piso de su madre, en el que se había reunido junto al resto de compañeros de grupo. Casi sin enterarse, se encontraba cara a cara con ella y sin tiempo para salir de su asombro, Marco vio que el rostro de una vieja conocida se encontraba al otro lado.

“¿Qué haces tú aquí, Vikki?”, preguntó Marco a la chica que se encontraba al otro lado del umbral de la puerta.

“Yo también me alegro de verte, Marco”, contestó la joven rubia mientras se acercaba al informático y le plantaba un beso en la mejilla. “Me envía mi padre para controlar la misión. Sígueme la corriente. Desde ahora mismo, no me conoces de nada”.

Al entrar al salón, junto a cuatro tapices del joven artista saudí Johnny Meca, de escaso valor histórico y económico pero de un enorme valor sentimental para Marco y para su madre, una enorme mesa imperial, (que había pertenecido a Lord Farning, un antepasado inglés del siglo XII que había servido fielmente a Ricardo I, mundialmente conocido como Ricardo Corazón de León en su periplo como rey de Inglaterra) presidía con autoridad la, por otro lado, diminuta sala.

“Tú no eres Tony, pero te prefiero mil veces antes que a él”, indicó Morcillo, dirigiendo su mirada más obscena hacia la recién llegada. “¿Quién eres tú?”.

“Buenas tardes. Soy de RapidXpress y traigo un paquete urgente para un tal Said Asecas. ¿Es alguno de ustedes?”, preguntó la joven ingenuamente. “Tengo prisa, así que les agradecería que me firméis el justificante de entrega. Y tú deja de babear, paleto”.

“La niña tiene huevos”, dijo Morcillo con la misma expresión de antes. “Si quisiéramos, podríamos hacerte sufrir como nunca en tu vida y acabar matándote aquí mismo”.

“Ya está bien,  Morcillo”, recriminó Marco Ramírez. “Perdone señorita, pero nuestro amigo dejó de madurar hace treinta años. Ése hombre de ahí es Said Asecas. Vamos Said, fírmale a la chica”.

“No haga caso al salido de mi amigo, señorita. No ha estado con una mujer desde… desde nunca, ¿no es así, Morcillo?”, rió Said. “Le firmo encantado. Muchas gracias”, concluyó el angoleño mientras garabateaba lo que parecía ser su firma personal sobre un papel que le entregó la joven repartidora de RapidXpress.

“Muy bien. Qué pasen un buen día, señores”, replicó la chica mientras salía por la puerta y guiñaba un ojo a Marco Ramírez.

La caja que acababa de llegar era relativamente pequeña, casi tan pequeña como una caja de zapatos, pensó Said de forma inmediata. E ipso facto, tras desliar un pequeño lazo que envolvía la tapadera, apareció. Said ni podía ni sabía cómo debía reaccionar, pero hizo un esfuerzo sobrehumano, introdujo su mano derecha en el recipiente recién recibido y, tras hacer a un lado el objeto que tanto le había impactado, sustrajo una nota escrita a mano en cuyo reverso había una fotografía que le hizo rememorar viejos tiempos, tiempos en los que vivía aún feliz. Tiempos en los que para él, la guerra sólo era un juego y los muertos se levantaban del suelo momentos después de que alguien gritara: empezamos otra vez.

Otra vez ese paisaje pobre y desangelado, el mismo que tantas veces había aparecido en sus pesadillas. Pero esta vez venía con sorpresa. Dos adultos y dos niños de unos cinco años cada uno posaban sonrientes en un poblado que éste reconoció al instante. Era Marimba.

Una imagen que inmediatamente le trajo a la retina un recuerdo que, sin duda, había abierto un cajón cerrado en lo más profundo de su subconsciente: Said no era hijo único; tenía un hermano y en cuanto leyó la nota escrita en anverso, supo que algo iba mal.


- Said, conozco tus planes contra mí y sé que tu rabia contenida te ciega la razón. Tu hermano Ricardo está aquí conmigo, deseando verte, por lo que te agradecería que cuando vengas a matarme, traigas contigo los ojos que tan amablemente te he enviado junto a tu viejo tambor. Los necesitará para mirarte, son los suyos. Te espero impaciente. A. M. -


“¿Cómo es posible que lo haya olvidado? Ricardo, mi propio hermano, sangre de propia mi sangre, la misma que asegura que ordenó derramar cruelmente ese bastardo de Ariel Mendoza. Aunque claro, eso si es que realmente el loco ése fuera inmortal como dice. Voy a ir a por él y lo voy a destrozar, poco a poco, hasta que no quede de esa basura ni una mísera víscera para poder pisotear”, se dijo a sí mismo el propio Said Asecas, tremendamente rabioso tras comprobar que, efectivamente, el emisor del paquete había incluido en su interior un par de ojos humanos.

“¿Qué es eso, Said? ¿Qué te han traído los Reyes Magos? ¡Un tambor!”, expresó risueño Tony el Cachas, que en ese mismo momento entraba por la puerta y vio cómo el angoleño extraía del paquete el único juguete que pudo rescatar de Marimba, aquel tambor que le regaló su padre.

“Voy a matar a Ariel Mendoza”, contestó tajante Said Asecas.

“¿Por qué dices eso, Said? Ya sé que puede llegar a ser demasiado desesperante a veces con sus reglas y sus estúpidas normas, pero en el fondo intenta ayudarnos a mejorar como psicópatas”, dijo de nuevo Tony el Cachas, tratando de calmar a Said. “Tómate una cerveza, amigo”.

“Y vosotros me vais a ayudar a matarlo”, comentó sin vacilar ni un instante Said Asecas. “Dice que es inmortal y que ni las balas pueden acabar con él, pero nada impide que lo atemos a una camilla y lo rajemos de arriba abajo para ver si son verdad todas esas tonterías sobre la inmortalidad y su maldición que siempre está contando. Aprovecharemos el día que debemos llevarle a Filipe Santos para matar dos pájaros de un tiro. Voy a llamar a Rodrigo para que se lo comente a sus compañeros. Ariel Mendoza debe morir”.

“¿Por qué íbamos nosotros a ayudarte a matar a alguien que es inmortal?, preguntó aún sonriendo Tony el Cachas. “A mí no me ha hecho nada para que quiera matarlo. Además, no entra dentro de mis cruzadas de purificación humana y yo no soy un asesino. Soy un enviado de Dios”.

“Me ayudarás porque si no lo haces, yo mismo me encargaré de que muy pronto estés junto a ese Dios del que tanto hablas. Me acaba de enviar este paquete con los ojos de mi hermano Ricardo al que debe tener secuestrado, invitándome a intentar acabar con él. Me ha retado”, sentenció Said Asecas con cara de pocos amigos. “Estáis conmigo o estáis contra mí. Vosotros decidís”.

“Me parece una buena idea”, comentó Marco Ramírez. “Últimamente se las daba de listillo y no hay nada más enervante en la vida que alguien que se cree superior a los demás. Cuenta conmigo, Said”.

“Yo nunca digo que no a un asesinato y esta vez no iba a ser diferente. Me gusta ver morir a la gente y el profesor ya me estaba cansando”, replicó Morcillo, apuntándose al plan. “Pero, ¿Cómo hacemos lo de Filipe Santos? ¿Alguien tiene un plan?”.

“No debe ser muy difícil secuestrar a un anciano que todos los días juega su rutinaria partida a la misma hora y en el mismo sitio”, comenzó a decir Said. “Aún faltan tres días para la misión, pero creo que no me reconocerá después de tantos años. Como ahora mismo estoy de mal humor y aún faltan unas tres horas para que comience su partida de ajedrez, pienso secuestrarlo hoy mismo, interrogarlo y torturarlo inmediatamente después hasta que llegue el momento en el que lo llevemos junto a Ariel Mendoza. Vosotros podéis torturar a su contrincante de ajedrez tanto como os guste. Las reglas han cambiado y ese bastardo de Mendoza no es nadie para decirnos qué debemos y qué no debemos hacer, torturar y/o asesinar”.

“Nosotros éramos los metódicos, ¿verdad?”, rió Marco Ramírez. “Creo que más que metódicos, deberíamos ser los impacientes, porque a mí también me apetece torturar ya a algún inocente. ¡Hagámoslo ya!”.

“Yo no pienso participar en la tortura o asesinato de un inocente, pero os prometo que no me interpondré. No es la voluntad de Dios, pero me gusta ver la sangre”, finalizó Tony el Cachas mientras abría otra cerveza.

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