“Ave María Purísima”, comenzó Tony el Cachas.
“Sin pecado concebida. Dime hijo, ¿qué te angustia tanto como para levantarme de la cama a las 3 de la madrugada y empujarme hasta el confesionario?”, respondió el Padre Fabián, párroco de la Iglesia de San Pedro ad Víncula, en el barrio madrileño de Vallecas.
“Padre, tengo una duda existencial que me inquieta cada noche y me impide dormir”, prosiguió Tony. “Ya sabe que vengo todos los días a misa y que me gusta su forma de celebrar las homilías, pero la semana pasada dijo usted una cosa que me hizo pensar mucho”.
“¿Y qué fue lo que dije que tanto te atormenta, hijo?, preguntó el párroco.
“Usted aseguró que para Santa Teresa de Calcuta, Dios no pretende de mí que tenga éxito. Sólo me exige que le sea fiel. ¿No es cierto?”, inquirió Tony.
“Así es, hijo. La fidelidad a Dios es algo que todo cristiano debe mantener, sean cuales sean sus circunstancias”, alegó el Padre Fabián. “Y el éxito es algo tan relativo que permite tantas interpretaciones como existencias humanas”.
“Padre, ¿Y quién le ha dicho a usted que el éxito no es importante para Dios? Es cierto que exige fidelidad, pero no creó a la humanidad a su imagen y semejanza para nada. Ya sabe que Él es omnipotente y perfecto. Por eso, el éxito para Dios es tan importante. Y por eso, las personas desgraciadas deben morir. ¿Por qué cree que me ha enviado Dios a este planeta? Soy su justiciero y debo acabar con los indigentes, drogadictos y gente de mal vivir”, dijo Tony.
“¿Qué estás diciendo, hijo?”, preguntó con voz temblorosa el sacerdote. “¿Su justiciero? Dios no envía hombres para matar a otros hombres”.
“Se equivoca, Padre. Sus órdenes fueron claras y yo, como fiel seguidor, las cumplo a rajatabla cuando emprendo una cruzada de purificación humana”, argumentó Tony el Cachas.
“¿Una cruzada de purificación humana? ¿Quieres decir que sales a la calle a cazar personas porque Dios te lo ordena? Hijo mío, yo no puedo ayudarte. Debes acudir a un psiquiatra. Tú no escuchas a Dios. Estás enfermo y debes entregarte a la policía y contarles lo que me has dicho a mí. Ellos te ayudarán”, respondió el Padre Fabián.
“Y si no me entrego a la policía, ¿Qué hará usted, Padre? ¿Piensa delatarme? Rompería el secreto de confesión y usted hizo un juramento”, replicó Tony.
“Si es necesario, lo haré. No puedo permitir que sigas exterminando personas a las que la fortuna les ha dado la espalda. Todos somos hermanos y debemos convivir en paz como Jesucristo nos enseñó”, dijo el sacerdote.
“No será necesario que me delate, Padre. Creo que tiene razón. Voy a entregarme a la policía. Necesito tratamiento especializado porque estoy enfermo. Le debo la vida, Padre Fabián. Muchas gracias. Nunca olvidaré lo que ha hecho por mí”, comentó Tony el Cachas mientras salía del confesionario. “Ahora debo ir a mi gimnasio para dejar cerrados algunos flecos que tengo pendientes, pero después, iré directo a comisaría. Nos vemos pronto, Padre.”
“Ve con Dios, hijo”, se despidió el párroco. “Ve con Dios”.
La madrugada en Vallecas no es muy diferente a la de cualquier otro barrio de Madrid. En ella, cientos de vagabundos, drogadictos y otras gentes sin esperanza conviven en los parques diariamente y eso facilitaba tremendamente el trabajo a Tony el Cachas. Y esa noche, nada más salir del confesionario, Tony había decidido que era el momento idóneo para comenzar otra de sus cruzadas de purificación humana.
“Lo siento, Padre Fabián, pero he cumplir la voluntad de Dios. No he tenido más remedio que mentirle porque estaba dispuesto a delatarme, rompiendo el secreto de confesión. No estoy loco. Debo seguir con las cruzadas. Dios así lo exige”, comentó para sí mismo Tony el Cachas mientras acudía al céntrico parque vallecano de las Tetas para comenzar, por decimoquinta vez, con otra de sus misiones divinas.
Había recorrido apenas 30 metros, pero ya había encontrado a sus víctimas. Un grupo de indigentes había encendido una pequeña hoguera en una esquina retirada del parque y hasta allí se había acercado Tony, con paso pausado pero decidido. Una vez frente al grupo, Tony dirigió su mirada hacia un hombre alto, moreno y de unos 45 años de edad, que parecía ser el líder de aquel grupo de gente caída en desgracia.
“¿Qué hacéis aquí? Por favor, acompañadme a mi gimnasio. Allí podréis pasar la noche resguardados del frío, comer algo de mi despensa y daros una ducha reparadora de agua caliente. No tengo muchos lujos allí, pero tengo catres que os ayudarán a descansar”, expuso Tony.
¿Quién eres tú? ¿Qué pretendes? ¿Vives en un gimnasio? Te hemos visto entrar en la Iglesia con el cura. ¿Eres una especie de misionero? ¿Por qué nos ofreces comida y un lugar donde pasar la noche? No podemos pagarte”, contestó el hombre de mediana edad.
“¿Misionero? Nunca lo había visto de ese modo, pero podemos decir que sí tengo una misión. Dios me ha enviado a este mundo para cumplir su voluntad. Me llamo Antonio, pero desde que tengo uso de razón, mis amigos me han llamado “Tony el Cachas”. Creo que todo el mundo tiene derecho a pasar las noches bajo un techo acogedor”, replicó Tony el Cachas, indicando con su dedo índice hacia el Sur.
“Venid conmigo a mi gimnasio. Vivo allí desde que el ayuntamiento decidió pasar una carretera por mi casa, dejándome con una mano delante y otra detrás. Lo único que me quedaba en la vida era mi gimnasio, el mismo en el que había trabajado toda mi vida: el Tony´s. Allí he entrenado a grandes campeones como Nacho “el avispa” Moreno o Berto “el negro”. Después, Dios apareció en mi vida y la cambió. Venid conmigo. Os prometo que es más acogedor que este frío parque”, finalizó Tony el Cachas.
“Está bien. ¿Qué podemos perder? Llevamos demasiado tiempo sin darnos una ducha de agua caliente. Muchas gracias, Antonio. Te debemos la vida”, comentó otro de los indigentes.
“Llamadme Tony el Cachas. Vamos, el agua caliente os espera”, concluyó Tony, dirigiendo al grupo hasta su gimnasio, situado a unos 10 minutos a pie.
Un edificio semiderruido con un enorme cartel luminoso se había interpuesto en el camino del grupo de indigentes conducidos por Tony. Y según ponía el cartel, habían llegado a Tony´s. Estaban frente al gimnasio y Tony, algo tenso, abrió la puerta y les indicó que antes de comer, debían darse una ducha y ponerse la ropa limpia que había en las taquillas. Los vestuarios estaban al fondo del pasillo.
Ya en los vestuarios, todos los indigentes comenzaron a desvestirse y entraron poco a poco en las duchas en busca de la ansiada agua caliente que tan gentilmente les había ofrecido Tony. Sin embargo, las intenciones de Tony eran bien distintas.
Tony esperó pacientemente, pero una vez que estaban todos dentro, cerró la puerta que custodiaba la zona de las duchas y abrió una llave de paso que, por desgracia para los vagabundos, resultaría ser la llave que abría los conductos por los que saldría, minutos después, el letal Gas Sarín, un gas tóxico que acabaría con sus vidas, recordando siniestramente a lo ocurrido en los campos de concentración durante el holocausto nazi.
Tras girar la llave, Tony se dirigió hacia un escritorio de madera que había puesto en su oficina, se colocó sus auriculares, encendió un antiguo micrófono y conectó un pequeño monitor que mostraba lo que ocurría en el interior de las duchas. Segundos después, Tony se encontraba escuchando las Valkyries de Wagner, como años atrás haría un hombrecillo alemán de rígido bigote llamado Adolf Hitler.
“Quiero que sepáis que moriréis por expreso deseo de Dios”, comenzó a decir Tony por el micrófono. “Y moriréis por el bien común”.
“¿Qué dices? ¡Estás loco! Déjanos salir de aquí. ¿Por qué nos haces esto? ¿Qué es ese ruido que sale de las duchas? ¡Abre la puerta de una vez!, gritaban los vagabundos con voces temblorosas.
“Estad tranquilos. Son los conductos del gas. Sed pacientes, que en unos minutos, ese gas inundará la sala en la que os encontráis. Pronto dejaréis de ser un problema para este mundo. Sois unos desgraciados y debéis pagar por ello… y lo haréis con vuestra vida. Dios me ha enviado para exterminaros de este mundo, a vosotros y a todos los de vuestra calaña que encuentre a lo largo de mi vida terrenal. Este planeta no está diseñado para perdedores”, explicó Tony el Cachas.
“Os explicaré qué ocurrirá. Tengo experiencia en este tipo de exterminación. Vosotros habéis constituido sin saberlo la que ha sido mi decimoquinta cruzada de purificación humana, por lo que otros grupos han muerto aquí mucho antes que vosotros. Primero comenzaréis a sentir un leve adormilamiento, pero cuando vea que estáis llegando al límite, sacaré el gas de la sala. Después, cuando note síntomas de mejora en vuestros rostros, volveré a fumigaros con el gas Sarín durante 3 minutos exactamente. Vuestro corazón comenzará a fallar, los pulmones comenzarán a llenarse de gas y los riñones dejarán de funcionaros cinco minutos después, aproximadamente.
Cuando estéis ya sin fuerzas y a punto de morir, abriré la pequeña compuerta que veréis a vuestra derecha y soltaré un reducido grupo de abejas africanas (que he sacado esta mañana de una colmena que guardo en la sala de calderas) y os picarán hasta que muráis de un paro cardíaco. No temáis, serán solamente unas 500 abejas. Finalmente, volveré a abrir el gas y aniquilaré a las abejas que han hecho el trabajo sucio. Será un placer acabar con vuestras penosas existencias”, finalizó Tony el Cachas, dando por concluida la conexión con la sala de las duchas.
Una hora después de entrar en las duchas, todos los vagabundos yacían ya sin vida en el suelo y siete horas más tarde, una vez descontaminada la habitación, Tony ya había recogido los cuerpos sin vida y los había subido a su furgoneta blanca, (la misma que utilizaba para desplazarse a los combates cuando aún estaba en activo) para arrojarlos posteriormente a una fosa común que él mismo había excavado en un monte situado a unos 150 kilómetros de Madrid.
Sin embargo, una vez cumplida su misión, algo en el interior de Tony le incitaba a volver a la iglesia del Padre Fabián y eso hizo. Allí, el párroco lo acompañó hasta el confesionario con miedo en los ojos.
“Ave María Purísima”, dijo Tony el Cachas.
“Sin pecado concebida. Cuéntame hijo. ¿Qué te trae hasta aquí de nuevo? ¿Fuiste a la policía como hablamos ayer? ¿Has pedido ayuda psicológica?”, preguntó el Padre Fabián.
“Padre, debo confesarme. Anoche consumé otra cruzada de purificación humana. Era necesario. Dios me lo pidió y yo no puedo defraudar a Dios. Después de que me echaran de mi casa esos políticos del ayuntamiento, sólo Él me ayudó a salir adelante. Sólo Dios me perm…”
“¿Has vuelto a matar?”, interrumpió el párroco. “El mal se ha apropiado de tu alma. Satanás te tiene controlado. Voy a llamar a la policía. Te voy a hacer un favor. Te buscaré ayuda. Estás enfermo”.
“Antes de llamar a nadie, escúcheme, Padre. Ya he buscado ayuda. Me he apuntado a un grupo… algo así como un curso de autoayuda que dirige un tipo al que veo todas las semanas. Allí vamos conociéndonos un poco mejor y este tipo nos va enseñando una serie de reglas que nos definen y que nos ayuda para ser mejores”, dijo Tony el Cachas.
“¿Unas reglas? ¿Qué tipo de reglas?”, preguntó con curiosidad el párroco.
“En mi caso, la regla número 6 es la que mejor me define, según el director del curso. Dice que un buen psicópata es cruel y aprende de la Historia”, explicó Tony. “Le diré lo que vamos a hacer ahora. No tenía planeado hacerle nada a un párroco, pero como piensa delatarme a la policía, no puedo dejarle con vida. Debo seguir con mis cruzadas. Ahora, a usted se le presentan 2 opciones: puede venir conmigo a mi gimnasio por las buenas o por las malas. Usted decide, Padre”.
“Tu alma está perdida”, replicó el Padre Fabián.
“Mi alma está con Dios. Soy su justiciero y cuando muera, me tendrá reservado un lugar privilegiado junto a Él”, expuso Tony el Cachas. “Veo que tendré que hacerlo por las malas”.

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