“Perdone sr. Mendoza, pero ¿qué quiere decir?”, preguntó inquieto Chus Fado”.
“Las reglas han cambiado y gran parte de la culpa la tienes tú, Fado, por lo que yo en tu lugar me callaba la boca de una vez. El último día en clase, justo antes de que ocurriera el infeliz accidente de vuestro compañero Javi, me dio la impresión de que se cuestionaban mis métodos, unos métodos que no inventé yo, sino que ya pusieron en práctica a lo largo de sus largas y legendarias carreras psicópatas grandes maestros, como Jack el Destripador o Armin Meiwes, el caníbal de Rotemburgo.
¿Qué os habéis creído? ¿Dónde creéis que estáis? Os lo dije una vez y no lo volveré a repetir: ni esto es un confesionario donde podéis expiar vuestras culpas ni yo soy un cura que me preocupe por vuestras almas. ¡Como voy a ser un cura si a mi me persiguió la Inquisición durante más de una década! Me dan igual vuestras locuras y vuestros ataques de ira. Me dan igual vuestros pasados, vuestros sentimientos y vuestras familias. Yo no tengo sentimientos, ni familia. Sólo tengo una historia que quizá debáis conocer. Soy un psicópata maldito, no tengo sentimientos y hasta ahora, sólo he intentado transmitiros unos conocimientos sobre la profesión que fui adquiriendo con mucho esfuerzo y sacrificio a lo largo de mis diferentes etapas.
Y por si aún no lo habéis deducido por vosotros mismos, os aclararé que hablo de mi evolución psicópata histórica. He tenido muchos nombres y he vivido en muchos lugares. En el siglo XV, más concretamente en el año 1491, viajé al Imperio Japonés para convertirme en samurai. Digamos que por aquel entonces tenía 30 años y mi nombre, Gonzalo Guzmán de Liaño, no era bien visto en la España de los Reyes Católicos, por lo que tuve que emigrar a Japón en busca de una nueva vida. Allí pasé decenas de pruebas hasta conseguir ser adoctrinado por el maestro Ichi Zusuchi en el noble arte del Kendo.
Pero un día, mientras conversaba con mi maestro sobre los sentimientos que surgían en mi interior cada vez que veía a la bella Izu Mikake en el mercado, el acérrimo enemigo de mi mentor, el maestro Nakata, vino en su busca junto a los veinte bandidos más siniestros que el Imperio Japonés ha conocido en el último milenio y lo hirieron de muerte. Se hacían llamar “Los 20 hijos de Zashiki Warashi” (que en la mitología japonesa era considerado como un dios fantasmagórico de la fortuna, que habitaba en las casas japonesas y que las llenaba de prosperidad y buena suerte).
Como era mi deber, me coloqué delante de mi moribundo maestro para defenderlo de los incesantes ataques y conseguí herir gravemente a Nakata y acabar con los 20 hijos de Zashiki Warashi tras una cruenta y feroz lucha por mi supervivencia y por la de mi mentor, que acabó desangrado como un perro apaleado en las sucias calles de Kyoto.
Nakata, por su parte, murió pocos minutos después, no sin antes agarrarme la mano derecha a la vez que me lanzaba una maldición con su último suspiro: “Vivirás eternamente sin sentimientos y nunca morirás, por mucho que salgas en busca de la muerte ella no te encontrará. Olvidarás lo que es el amor y no tendrás un solo minuto de paz nunca más. Te condeno a errar por el mundo como un ser sin alma y allí donde estés, sólo llevarás horror, muerte y destrucción. Tu alma, a partir de ahora, pertenece a Zashiki Warashi”.
Tras eso, solamente recuerdo que desperté en el suelo junto a Nakata y que me sentía diferente. Desde entonces, he tenido muchos nombres y he viajado durante siglos por muchos países buscando incesantemente la muerte, inmiscuyéndome en batallas que no me correspondían con la única esperanza de morir, descubriendo cada vez que aquella maldición se hacía realidad, día a día, batalla a batalla.
Me han atravesado con espadas, me han acribillado a balazos, me han intentado quemar, me han torturado hasta límites que vuestros diminutos cerebros no son capaces ni siquiera de vislumbrar lejanamente… pero siempre he sobrevivido. Mi cuerpo sana inmediatamente y no me deja secuelas”, explicó Ariel Mendoza, convirtiendo el escepticismo inicial de sus alumnos en rostros atraídos por conocer el resto de su historia.
“Pero si es cierto todo lo que ha contado, ¡Debería tener más de 500 años y nadie diría que tiene más de 30!”, exclamó Laura Luengo.
“Para ser exactos, 547. Imagino que Nakata no contaba que maldiciéndome con la inmortalidad, mi cuerpo no envejecería debido a la autoregeneración”, respondió Mendoza.
“¿Y dónde has estado desde entonces? Cuéntanos cómo has llegado hasta aquí”, dijo Said Asecas.
“Sería difícil sintetizar tantos años en cinco minutos que restan para finalizar la clase, pero creo que os haré un resumen. Quizá disipe algunas dudas y os ayude a sacar a vuestro psicópata interior”, manifestó Ariel Mendoza.
“Durante años, he llevado la destrucción y el mal allá por donde viajaba. Volví a España y con el nombre de Carlos Vázquez, participé en la aniquilación del Imperio Inca junto a Pizarro. Después, viajé a Estados Unidos y como Joe Benson batallé en la Guerra de Independencia. Mucho después, participé con el nombre de Éric Fabatier en la I Guerra Mundial y en la II Guerra Mundial, primero como soldado del ejército francés y posteriormente, como sargento a las órdenes del General Besson, luchando en la frontera suiza.
Más adelante, a finales de 1950 me nacionalicé portugués y con el nombre de Joao Costa participé en la Guerra de Independencia de Angola dirigiendo la Segunda Brigada de Artillería portuguesa desplegada en el país africano. Finalmente, estuve brevemente en Irak y volví a España. Ahora, como no existe nadie como yo y tengo todo el tiempo del mundo, intento encontrar personas a las que transmitirles mi legado”, finalizó Mendoza.
“¿Entonces conociste a mi padre?”, preguntó inquieto Asecas.
“Claro que lo conocí. De hecho, conocí a tus dos padres: al biológico y al adoptivo. Tu padre biológico estaba de mi lado antes de iniciar la guerra y después me traicionó. Ordené su asesinato, junto con el del resto de su familia. Si no hubiera sido por el cobarde de tu padre adoptivo, al que envié para mataros y no cumplió mis órdenes, ahora estarías muerto. Después, descubrí que seguías vivo, pero no temas, no quiero matarte.
¿Por qué crees que te fui a buscar? Quería que participaras en este Máster. Sé lo que hicimos en Marimba. Soy consciente de que eras un niño traumatizado y quién mejor que tú, un chico que ha vivido tantos años atormentado con la imagen mental del asesinato de sus padres, para seguir mis pasos? Si me obedeces y mantienes tu estilo, creo que tu nombre pasará a la inmortalidad”, finalizó Ariel Mendoza.
“¿Y si después de conocer esto, no sigo tus pasos?, preguntó mordazmente Said Asecas.
“Si quieres salir vivo de esta sala, los seguirás”, respondió Mendoza, dando por concluida la clase.

0 comentarios:
Publicar un comentario