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CAPÍTULO 12: REINVÉNTATE... Y ANDA (1ª PARTE)

domingo, 7 de diciembre de 2008


“Me gustaría comenzar la clase de hoy agradeciéndoos la implicación que estáis demostrando cada día en esta primera fase del curso. Sin vuestra entrega y esfuerzo, este Máster no tendría sentido”, empezó a decir Ariel Mendoza ante la atenta mirada de sus alumnos. “También quiero deciros que he recopilado un CD con las canciones que me habéis entregado y he creado el disco de música que utilizaréis a partir de la próxima semana, en la asignatura con la que comenzará la segunda parte de vuestro aprendizaje: Teatro Psicópata”.

“Pero antes de pasar a la segunda fase, debéis conocer aún dos reglas que os ayudarán a no perder el Norte psicópata”, prosiguió el profesor. “Regla número 9: UN PSICÓPATA SIEMPRE SE REINVENTA y Regla número 10: UN BUEN PSICÓPATA SIEMPRE TRABAJA SÓLO”, concluyó Mendoza mientras extraía de su cartera de piel un sobre cerrado y lo colocaba sutilmente sobre su mesa.

“¿Qué tienes en ese sobre?”, preguntó curiosamente Chus Fado.

“Eso, de momento, no te importa. ¿No sabes que la curiosidad mató al gato?”, respondió fríamente el profesor.

“No, no lo mató la curiosidad, jefe. Fui yo, que lo trituré en mi querida picadora industrial de la que estoy hablando tooooodo el tiempo”, interrumpió jocosamente Borchi, imitando a su compañero Morcillo, que lo tomó como una afrenta personal.

“Cállate de una vez, Papá Pitufo”, respondió Morcillo. “Ningún enano se ríe de mí”.

“Dejad a un lado vuestros problemas personales si no queréis conocer personalmente el filo de mi katana”, interrumpió bruscamente y con tono intimidador, casi paternal, Ariel Mendoza. “Chicos, ahora Borchi y Morcillo, esos dos hombres que tanto saben y que osan interrumpir mi clase y mi tiempo con peleas de patio de colegio, os iluminarán y explicarán por qué las reglas nueve y diez son tan importantes para un psicópata. Empezará Borchi con la regla número nueve y finalizará Morcillo con la diez. Debéis empezar ya. Tenéis diez minutos cada uno”.

“Pero…”, tartamudeó Borchi sin saber muy bien cómo seguir.

“Vamos Borchi. Tú eres un buen ejemplo de por qué un psicópata debe reinventarse. Cuéntanos tu historia”, insistió el profesor.

“Está bien. Como algunos sabéis, mi historia como psicópata comienza en 1992. ¿Os acordáis de Curro, la mascota de la Expo de Sevilla? Pues no quiero risas, pero el que se metía dentro de ese angustioso disfraz era yo. En esos tiempos, necesitaba trabajo y lo único que conseguí fue un empleo como mascota. Después, le acabé cogiendo cariño a ese trabajo y ahora me gano la vida como mascota profesional”, comenzó Borchi, imponiendo un tono solemne a su discurso.

“¿Y cuál es el problema? De acuerdo, eres mascota profesional, pero eso no les explica por qué eres un ejemplo de psicópata que se reinventa”, anotó incisivamente el profesor.

“¿El problema? Pues el problema es que yo siempre quise tener un reconocimiento y en la profesión de mascota profesional de eventos hay mucha competencia, demasiada competencia… y yo odio la competencia. Cada día hay más y más eventos que necesitan un reclamo simpático con el que el público se identifique y la masificación de mascotas impedía que mi trabajo adquiriera una proyección internacional. Por ello, decidí que la única manera de conseguir el hueco que merecía dentro de la profesión era acabando con la todos los competidores”, explicó Borchi.

“Con lo que has dicho, aún no has demostrado cómo te reinventas”, volvió a criticar el profesor, esta vez con un rostro de claro enfado.

“Yo soy como una versión moderna de Lázaro, al que Jesucristo le dijo que se levantara y caminara. En mi momento de máxima frustración, algo en mi interior me dijo que después de cada asesinato, debía reinventarme, cambiar mi modus operandi para no ser descubierto jamás. Por eso, nunca repito en la forma de ejecución e intento no dejar nada a la improvisación”, finalizó Borchi.

“Entonces eres algo así como un psicópata cuya máxima en la vida es la de reinvéntate… y anda, ¿no es así?”, preguntó pausado Ariel Mendoza, encandilado por la forma en la que Borchi se había definido a sí mismo, así como a su manera de actuar.

“Sí, así es. Hasta el momento, doce mascotas han pasado por mis manos desde que comencé en el negocio en 1992. Y con ellas, doce formas diferentes de acabar con sus vidas que, gracias a mi buena memoria, recuerdo perfectamente”, sonrió Borchi.

“Te quedan aún cinco minutos. Cuéntales a tus compañeros tu primer y tu último asesinato, para que puedan contrastar tu evolución psicópata y puedan decidir por ellos mismos si realmente te reinventas en cada crimen”, interpeló Ariel Mendoza.

“Está bien. Pues mi primera víctima fue a nivel provincial. Acababa de finalizar la Expo de Sevilla y la popularidad de Curro primero y mi ego después, hicieron que mi autoestima se encumbrara hasta el Olimpo de las mascotas profesionales. Sin embargo Rizinho, (la mascota creada en una agencia de publicidad sevillana para la inauguración de una nueva peluquería brasileña en Triana) intentó hacerme la competencia, apareciendo en un anuncio de la televisión local comparándose conmigo. ¿Dónde se ha visto que unas simples tijeras pudieran hacerle sombra a la mejor mascota española de la Historia?

Así que decidí actuar e ir a por Rizinho. Lo atosigué, lo acosé y lo traumaticé con anónimos hasta que llegó el día en el que decidí que debía morir. Lo seguí hasta su casa, lo abordé en el portal y lo obligué a entrar en su vivienda sin levantar la voz, colocándole una pistola en el centro de su columna vertebral. Una vez dentro lo amordacé, abrí mi maletín y le clavé 619 tijeras por todo el cuerpo mientras le decía que nadie le hacía sombra a Borchi, y mucho menos un payaso disfrazado de Eduardo Manostijeras”, dijo Borchi, bebiendo un vaso de agua y cogiendo aire para continuar con su exposición. “Después, me lo comí entero”.

“¿619 tijeras? ¿Y después te lo comiste?”, preguntó con curiosidad Laura Luengo mientras miraba con recelo al pequeño hombrecillo.

“¿Desde cuándo un psicópata necesita explicar por qué utiliza cualquier artilugio para matar? Me gusta ese número, tenía hambre y me apetecía acabar con su vida con tijeras. Creo que era un final romántico para su situación, ¿no crees, Laurita?”, rió Borchi. “Continúo, que aún me quedan 2 minutos”, dijo llevándose la mano a su antiguo reloj marca Casio.

“Resumiendo… que Rizinho pasó a la Historia, como también pasó hace unos meses mi última víctima, Fluvi la mascota de la Expo 2008 de Zaragoza”, continuó Borchi, dando un toque de misterio a su narración.

“¿Mataste a la mascota de la Expo de Zaragoza? ¿Cómo lo hiciste y qué te había hecho?”, volvió a preguntar Laura Luengo con un disimulado gesto de escepticismo.

“No me había hecho nada diferente a lo que me hicieron las otras mascotas a las que asesiné. De hecho, ni la conocía personalmente hasta que acabé con ella. Simplemente, estaba en el lugar equivocado en el momento menos indicado y por eso, debía morir. Odio la competencia”, volvió a incidir Borchi.

“¿La mataste sin motivos?”, preguntó esta vez Marco Ramírez.

“Estáis muy pesaditos con el tema, eh. ¡Un psicópata no necesita un motivo para matar! Se supone que es nuestro trabajo, para lo que hemos nacido, ¿No es así, maestro?”, preguntó Borchi airadamente al profesor que se había sentado en la antigua silla de Javi Altorreal (ahora forzosamente vacía) para sentirse como uno más del grupo.

“Así es, Borchi. Es nuestro Destino y a eso no hay que buscarle explicaciones. Si nacen carpinteros, periodistas o panaderos, ¿Por qué no iban a nacer psicópatas? Sigue con tu explicación, por favor”, concluyó Ariel.

“Gracias maestro. Pues decía que maté a Fluvi ahogándolo con su propia sangre. Descubrí dónde vivía, lo seguí durante dos semanas y lo secuestré a la salida de su otro trabajo, ya que la mayoría del tiempo ejercía como administrativo en una empresa agrícola de Zaragoza.

Después, lo subí amordazado al maletero de un coche de alquiler y nos trasladamos hasta una cabaña abandonada situada a unos cien kilómetros de Toledo. Durante tres días fui extrayéndole la sangre, muy poco a poco, hasta que al tercer día estaba tan débil que creí que moriría en menos de una hora. Y fue en ese momento en el que decidí taponarle la nariz y administrarle por la boca su propia sangre mezclada con una droga llamada LSD. Al cabo de veinte minutos, Fluvi ya había muerto”.

“¿Y te lo comiste?”, cuestionó con gran interés Dimaggio.

“Nunca me como a los que he envenenado antes. A Fluvi lo enterré en una fosa profunda que hay cerca de la cabaña. Allí nadie lo descubrirá”, finalizó Borchi. “Y me han sobrado treinta segundos”, rió satisfecho.

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