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CAPÍTULO 18: PARAÍSO GROSSI (1a PARTE)

lunes, 16 de febrero de 2009

Hacía tiempo que no estaba en Ciampino y a Luca le pareció que desde la última vez, todo allí había dado un brusco y largo giro hacia delante. Sin embargo, no tuvo problemas para encontrar la ventanilla número doce, la misma en la que su amigo Marco Ramírez había dejado un billete reservado a su nombre con destino Madrid.

“Buenos días. Tengo un billete reservado a nombre de Luca Grossi”, dijo Luca en un español bastante bueno, ya que quería ir practicando para su futura llegada a España.

Aquí está el billete. ¿Sería tan amable de mostrarme su identificación? Es pura rutina”, respondió con amabilidad la chica encargada de esa ventanilla del aeropuerto romano de Ciampino.

“Por supuesto. Aquí tiene. Perdóneme, pero es que los aviones me ponen de los nervios”, comentó Luca Grossi a la vez que extendía su mano para entregarle su documentación.

“De acuerdo. Le entrego su billete. Que tenga usted un buen vuelo. Puede facturar sus maletas cuando quiera. Diríjase a la salida catorce. Muchas gracias”, dijo la chica mientras le devolvía su identificación, señalando una calle a la derecha de su mostrador.

Una vez facturada su enorme maleta, aún quedaba más de una hora y media para que el vuelo despegara, por lo que decidió dejar pasar el tiempo sentado en una silla roja colocada en una sala casi vacía, muy cerca de la zona de embarque.

El panorama que desde ahí podía divisar era bastante desolador. Apenas había 10 personas adormiladas en sus sillas, dentro de una sala con capacidad para unas doscientas almas.

“Siempre me pasa lo mismo. No voy a aprender en la vida. ¿Por qué siempre tengo que hacer las cosas con tanta antelación?”, se dijo para sí mismo Luca, sin duda, maldiciendo su exceso de responsabilidad y de puntualidad ante la desalentadora ausencia de movimiento.

Las personas allí reunidas no eran nada del otro mundo. Mientras que una mitad dormía y roncaba con tal potencia que Luca dudaba si despertarían ante una batalla nuclear, la otra mitad leía o jugaba a algún videojuego para pasar el rato. De hecho, la situación continuó sin novedades hasta que unos minutos después, la puerta de la sala se abrió lentamente permitiendo la entrada a una bella y jovencísima mujer que parecía educada a simple vista y tremendamente presumida. La señorita, de estatura media y que portaba un precioso abrigo de piel blanco sobre sus aparentemente gélidos hombros, fue directamente a sentarse a la silla que había a la derecha de Luca Grossi.

“Perdona, ¿Puedo sentarme aquí? Es que aún queda más de una hora para que salga mi vuelo y no me gusta estar sola en estos lugares”, dijo la desconocida.

“¿Sola? ¡Si llevas medio Arca de Noé encima de tus hombros! Pero bueno, como quieras. La mayoría está durmiendo o leyendo. La gente no sabe qué hacer para que el tiempo vaya más rápido. Es que no se puede facturar con tanta antelación. Si no, pasa lo que pasa”, dijo Luca mientras esbozaba una coqueta sonrisa italiana en su boca al tiempo que su nueva vecina hacía un gesto de aprobación.

“Es piel sintética. Nunca he hecho daño ni a una mosca. Veo que tú te has decidido por jugar con tu portátil para salvar al mundo, ¿no?”, dijo la desconocida con tono jocoso.

“No, qué va. Lo llevo conmigo para una reunión de trabajo. No te enfades, era sólo una broma”, contestó firmemente Luca Grossi.

“¿Una reunión de trabajo? Yo he asistido a cientos de reuniones en mi vida. Me encantan. Dicen que en el país de mi madre hay una reunión de trabajo por cada 60 habitantes”, espetó divertidamente la recién llegada. “¿Sobre qué va tu reunión?”.

“Sí, bueno, es algo complicado de explicar. Perdona mi curiosidad, pero me has dejado intrigado: ¿De dónde eres? Hablas muy bien español y tus rasgos me hacen pensar que no eres española. ¿Eres rusa?”.

“¿Y tú eres español? ¿Es que tengo cara de rusa? Soy española, no rusa, y sí, soy culpable de ser rubia natural”, se apresuró a decir la joven. “Mi nombre es Lindsay Victoria Siver, pero todos me llaman Vikki ó Siver porque odio el nombre de Lindsay. Mi madre es sueca, pero yo nací y he pasado en Mallorca toda mi vida”, dijo la elegante compañera de silla de Luca.

“No, yo soy italiano pero me defiendo en español. Y tranquila, no pienso denunciarte por ser rubia”, le susurró Luca. “¿Y qué fue de tu padre? Lo siento, es que me inunda la curiosidad y ya se sabe que los periodistas…”

“¿Eres periodista? Ahora entiendo lo del Arca de Noé”, sonrió Vikki. “La verdad es que no conozco a mi padre personalmente. Mamá dice que cuando descubrió que estaba embarazada, él la abandonó. Pero de eso hace ya 22 años y lo cierto es que desde hace unos meses, me manda cartas para que no conozcamos. ¿Y qué hija no quiere conocer a su padre? Y lo que es la vida… Él ahora vive en Madrid y me ha pagado este billete para que nos encontremos allí”, comentó la vecina de silla de Luca. “Por cierto, ¿Tú cómo te llamas?”, exclamó Siver.

“Perdóname. Vayamos por partes, como Jack el Destripador”, sonrió el joven, consciente de que ese chiste dejó de hacer gracia a la gente hace miles de años. “Me llamo Luca Grossi, soy periodista y actualmente trabajo sobre un, digamos, curso de iniciación. Además, me gusta tu abrigo y quiero conocer a tu estilista”, dijo proyectando una mueca casi imperceptible para Vikki Siver. “Parece que vamos a ser compañeros de vuelo. Nunca está de más conocer a alguien en estos casos. Si nos estrellamos, siempre es bueno morir junto a una chica tan guapa porque dicen que así a San Pedro se le ablanda el corazón”, aseveró un galán italiano, sorprendiéndose incluso a sí mismo ante tal descaro. 

“Vaya, nos ha salido donjuán el ragazzo. Bueno, si es por eso, no te preocupes. Este avión es totalmente seguro y puntual. Creo que se construyó en Irak”, bromeó Siver.

“Ah, me dejas mucho más tranquilo. Un avión construido en Irak, potencia mundial en ingeniería aeronáutica. Gracias por destrozarme la vida. ¡Yo sólo quería ir a una reunión de trabajo, nada más!”, dijo Luca mientras se acomodaba en una silla que, de conocerla, habría sido empleada en las torturas chinas de hace cuatro siglos.

“La vida es riesgo, Luca. Como me dijo mi padre en su última carta, la vida y la muerte sólo las separa el filo de una espada”, espetó Vikki Siver casi sin inmutarse.

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